Manifiesto por un Odinismo moderno

foto-ampliada-842-1e¿Cuáles son las características religiosas en el odinismo actual? Hay posturas que tienen un carácter más laico y profano, que por su oposición a cualquier referencia teológica, no reconoce la importancia de lo sagrado, que tanto papel juega en posturas semejantes a la suya. No obstante, en las otras manifestaciones del odinismo se asume con normalidad su carácter religioso y la fuerza de lo sagrado, que todo lo envuelve y lo penetra. Asimismo todas las posturas que se distancian del cristianismo se alimentan también de la fuerza de lo sagrado.

Además de este carácter religioso, hay algunos rasgos que nos permiten acercarnos a una más adecuada comprensión del odinismo.

  1. Es la religión de la Naturaleza. La Naturaleza es concebida como un organismo vivo, que se basta a sí mismo y que en este sentido es «eterno». Por tanto se excluye la idea de creación, que supone a un Dios (personal) que contrapone al mundo, a la Naturaleza. La única divinidad tangible es la fuerza y la energía de la Naturaleza que percibimos a través de los Dioses Ases, una concepción indoeuropea celeste, que se complementa y tienen su contrapunto a través de las divinidades Vánicas.

Queda excluida también la concepción propia de la mentalidad científico-tecnológica que ha desencantado o desacralizado el cosmos. La Naturaleza está dominada por espíritus y fuerzas que son las que animan y unen en un único cuerpo a todo lo que existe. Eso es lo divino y lo sagrado:

-Algo que no podemos dominar ni controlar y que por el contrario envuelve, penetra y alienta a cada uno de los seres. Lo sagrado natural no separa cielo y tierra, existencia mundana y vida ultraterrena.

-Si hubiera un Dios diferente, un Dios que fuera realmente otro respecto al mundo, establecería separaciones, escisiones, divisiones, y por ello divisiones antinaturales.

  1. Al igual que no hay creación, tampoco hay resurrección ni encarnación. La muerte no debe ser comprendida ni como acabamiento ni como aniquilación, pero tampoco como paso a un mundo que sea distinto del que ahora ya experimentamos. Se da una pervivencia o prolongación en la dinámica del mismo mundo, como partícula de la energía inagotable de la Naturaleza. En este sentido resulta comprensible (más aún, prácticamente inevitable) la idea de reencarnación: una prolongación que no exige la conservación de un yo personal:

Tras la muerte el hombre continúa existiendo, si bien cambiando de soporte energético, al modo como se puede mantener información en soportes de carácter virtual. También en este caso la energía (impersonal, en cualquiera de sus concepciones) queda sacralizada, impregnada de un calor y fundamento divino. Pero al menos (y esto es lo que se pretende) al hombre se le ofrece una respuesta que aporta sentido al hecho de su muerte.

  1. El odinismo es ante todo una celebración de la Vida. Es una manifestación del modo de entender la Naturaleza. Una y otra deben ser escritas con mayúscula porque es la realidad máxima y única, que designa la totalidad en un cuerpo común. Se puede hablar de inclusión cosmobiológica: cada uno de los seres está incluido en la totalidad, que es el cosmos en su dinamicidad interna. El odinista sabe que cada animal, cada planta, cada forma mineral, desarrolla a su modo la Vida. También el hombre. Por eso, todo hombre debe recordar las fuerzas que nos elevan y nos sostienen para venerarlas. La vida y la conciencia son los regalos que nos ofrece la Vida, y por eso a ella debemos dirigirle nuestro respeto y nuestro honor. Lo divino es el aliento y la atmósfera que hace posible que ese conjunto vital despliegue todas sus virtudes y potencialidades. Por eso la celebración odínica puede concebirse y plantearse como una auténtica danza cósmica en la que todos y cada uno de los seres son actores.

Esta pertenencia a la Vida es lo que permite salir de la propia soledad. Cada ser, sobre todo si es consciente, se siente separado, desgajado, dividido interiormente, en el caso de que no se descubra integrado en una plenitud que todos comparten y a la vez realizan. Si las plantas brotan y los frutos granan, el ser humano debe gozarse de que la misma Vida se manifieste en una variedad tan rica y abundante de formas y de figuras.

El odinismo se entiende como una religión «verde», es decir, preocupada por defender, mantener y conservar el equilibrio de la Vida de la naturaleza. En este sentido se opone a la explotación y abuso que la humanidad ha ejercido sobre la naturaleza y las diversas manifestaciones de la Vida. Esta actitud destructora e irresponsable se debe ciertamente a la técnica moderna, pero igualmente al cristianismo, que concibió la tierra como un objeto que le ha sido entregado para el dominio y el control. En el antropocentrismo propio de la tradición moderna y cristiana, el odinismo pone en el centro la Naturaleza/Vida porque es el único modo de respetar a todo lo que existe.

  1. Esta concepción queda abierta también a derivaciones de carácter histórico y político. La presencia del cristianismo en Europa contribuyó a debilitar las energías propias de los anteriores habitantes de Europa. La fe cristiana, en consecuencia, ha sido negativa para la identidad y la vitalidad del hombre europeo. Consiguientemente hay que dar origen a una política que promueva el retorno a los valores antiguos, estableciendo como paréntesis todos los siglos de cristianización.
  2. El yo humano debe ser considerado como naturaleza y vida. Hay que resituar por tanto al hombre en su lugar exacto, como parte de un universo del que recibe su energía y su fuerza. Sólo así podrá encontrar su armonía y su equilibrio. Esto no significa que el odinismo deba ser concebido como un materialismo. El hombre no es simple materia comprendida en su estructura química o física. El odinismo enseña que en su intimidad más profunda están escondidas una sabiduría y una memoria peculiares que deben ser despertadas y desplegadas como una armonía que le permite entrar en contacto profundo con todos los seres. Por eso vive del asombro y de la veneración hacia todas las cosas, que nunca utilizará como objeto de manipulación. Más materialista resulta, a los ojos del odinista, el modo de actuar de la sociedad de consumo. Y no menos materialista aparece el cristiano que reduce todo lo que existe (salvo los seres humanos y divinos) a mera cosa, materialmente considerada.

La sabiduría que ilumina al hombre proviene del fondo de la naturaleza y de la Vida. No hay por ello revelación, es decir, una palabra que proceda desde más allá de la Naturaleza y que le pueda comunicar desde fuera verdades que deba conocer o máximas de comportamiento que deba seguir. La única revelación posible es el desvelamiento de las dimensiones profundas de la naturaleza que se expresan a través de la intimidad del hombre y a través del resto de las cosas, cuyo lenguaje el hombre puede captar ya que se encuentran en una sintonía radical.

  1. Propia del odinista es la moral del respeto a la Naturaleza y a los otros. Respecto a los seres no humanos ya ha quedado suficientemente expresado: no puede ser destruida ninguna forma de vida, cada una de ellas debe ser favorecida y potenciada. Eliminada la voluntad de dominio y de control por parte del hombre, la Naturaleza podrá desplegar su Vida con libertad y espontaneidad, en la hermosa e inmensa pluralidad de manifestaciones.

Respecto a los seres humanos podríamos resumir en esta fórmula el criterio ético fundamental: haz lo que quieras mientras no perjudique a nadie. Se respetan de este modo las apetencias y deseos del hombre. Con ello se deja espacio para que también su espontaneidad y su libertad no queden coartadas. Pero ello no debe ser concebido de modo absoluto o aislado. Ello iría en contra de la «inclusión cosmobiológica». El otro también tiene sus derechos, su libertad, su espontaneidad. Pero en la Naturaleza ambos deben integrarse y encontrarse, ya que forman parte del mismo cuerpo global. Lo que no se debe admitir es ninguna norma o ley que proceda desde fuera o que reprima las tendencias naturales del hombre. De este modo se desarrolla una ética que procede de la Vida y sirve a la Vida.

  1. La sacralización de la naturaleza y la exclusión de un Dios transcendente y personal lleva consigo la proclamación del politeísmo. La fuerza vital de la naturaleza no puede expresarse en una única figura o en un único ser. Cada una de las energías de la Vida debe ser honrada, venerada y cultivada. Lo divino se manifiesta de modos múltiples y todos ellos deben ser acogidos con cordialidad y como oferta para el desarrollo mismo de la vida del hombre.

Esta concepción politeísta de la divinidad permite una mayor flexibilidad y creatividad. Lo divino no es algo cerrado o clausurado ni concentrado en un solo momento. Por eso a través de los siglos y de las circunstancias puede haber desvelamientos nuevos de la plenitud de la vida. La espontaneidad y la libertad quedan de este modo reconocidas a lo divino, que no puede ser controlado ni domesticado por ningún grupo especial de mediadores ni puede ser fijado en fórmulas doctrinales definitivas o inmutables.

A la vez esta perspectiva permite mantener la libertad y la espontaneidad de los hombres. Nuevas situaciones y circunstancias producen nuevas necesidades espirituales o vitales, pueden permitir el despliegue de nuevas tendencias y apetencias o una renovada vivencia de las dimensiones del ser humano. Si tales necesidades son auténticas, encontrarán sintonía y respuesta en la plenitud de la Vida, que continuará ofreciéndose a la aspiración humana. La religión y su modo de vivirla pueden por ello ir evolucionando y cambiando. La religiosidad no será anquilosamiento o encorsetamiento, sino cadencia y melodía de la Vida misma.

  1. El politeísmo así entendido garantiza la tolerancia, el respeto, la comunicación y el encuentro entre los hombres. Ningún odinista moderno afirmará que su camino es el único modo de revelación de la divinidad. Menos aún reclamará poseer el camino único de la salvación. No tenemos, como ya decíamos, necesidad de ser salvados. El hombre es inocente y encuentra su yo más íntimo en el ritmo mismo de la Vida. En base a esta convicción fundamental, el odinista admite que todas las divinidades son expresiones multifacéticas de un principio vital superior y concreciones provisionales de la misma Vida que vincula a todos los hombres y que hace posibles todas las religiones.

Contemplamos la frecuencia y normalidad con la que los exponentes de la posmodernidad defienden y propugnan el politeísmo. De valores y de Dioses. La modernidad era también monoteísta: todo debía ser sacrificado a la Razón, a la Ciencia, al Progreso. Con ello quedaban oprimidas y reprimidas otras necesidades humanas y otras dimensiones de la realidad. Esas dimensiones y necesidades deben ser consideradas como más sagradas que las grandes palabras y los grandes proyectos, que siempre son abstracciones. El politeísmo, que es más humano y más tolerante, se acomoda mejor a la experiencia vital del hombre contemporáneo. Ello es lo que el odinismo legitima y potencia.

  1. Desde la confianza y la sintonía con la Vida el odinismo puede presentarse como la religión del optimismo y de la esperanza. En la sintonía y la armonía con la vida se puede experimentar un cobijo y una seguridad que permiten mirar el futuro con serenidad.

Los hombres pueden, además, apoyarse sobre sí mismos, sobre el fondo de energía que brota desde su intimidad, para desplegar sus posibilidades y para satisfacer sus propias necesidades. No hay que esperar una salvación desde fuera. Desde su energía interior puede ir encontrando respuesta a sus preguntas y aspiraciones. El pagano es por eso radicalmente optimista, pues celebra la vida de la que ya está gozando y que se le ofrece con todos sus tesoros.

Con ello la responsabilidad experimenta notables desplazamientos. No se puede hablar de responsabilidad en cuanto estar frente a un Ser superior que llama e interpela. Por supuesto, tampoco se puede hablar de una ley que pueda desatar la experiencia de culpa, menos aún de un pecado original. La responsabilidad no puede consistir más que en la fidelidad a la tierra y a los Dioses celestes, éste es uno de los puntos centrales de la confrontación con el cristianismo. Hay, por otro lado, en este optimismo primigenio y espontáneo una objeción que no puede ser disimulada ya desde este momento: la vida que se ofrece generosamente al hombre es a la vez profundamente cruel e inmisericorde. ¿Cómo mantener esa confianza en medio de la crueldad de la Vida?:

Esa es la clave que nos hace movernos a lo largo de la vida, caminando como lo haría un sonámbulo sobre el filo de la navaja, porque sentimos y amamos a nuestros Dioses, a la Naturaleza y a la vida misma y sabemos que la muerte no es sino la sombra de la luz, dos partes inseparables de una misma realidad.

Eugenio y la última batalla de los paganos de Roma

Roma-imperial

El cine de Hollywood ambientado en la Antigua Roma nos ha ido inculcando a lo largo de los años como los cristianos fueron brutalmente perseguidos por los crueles emperadores paganos del Imperio. El Nerón enloquecido, los gladiadores sedientos de sangre o los fieros leones devorando cristianos nos han hecho creer que aquellos primeros seguidores de Jesús eran pacifistas que sufrieron el martirio únicamente por profesar su fe. Sin embargo, la realidad histórica como siempre termina siendo bien distinta.

Las hordas paleocristianas, presas del fanatismo de la nueva religión monoteísta que obligaba a someterse a un único dios todopoderoso, se lanzaron a la destrucción de los templos paganos y a la persecución de los practicantes de dichas religiones politeístas, al tiempo que incendiaban bibliotecas y clausuraban teatros y festividades populares como los Juegos Olímpicos, ya que el conocimiento científico, la reflexión filosófica y el entretenimiento deportivo o cultural eran vistos por los cristianos como comportamientos idólatras, heréticos y demoniacos.

De hecho, su llegada al poder no se debe al heroico martirio que nos muestran dichas películas, sino a dos factores esencialmente maquiavélicos. En primer lugar, a una magistral campaña de propaganda por los confines del Imperio con un mensaje de salvación muy simplificado que podía ser asumido por cualquier persona iletrada, y en segundo lugar, a una infiltración en las esferas de poder que terminaron provocando que hubiese emperadores cristianos. De hecho, el primero de ellos, Constantino, impuso la nueva fe mediante las armas en la Batalla del Puente Milvio en el año 312, y tan solo unos meses más tarde, promulgaba el “Edicto de Milán”, el cual otorgaba vía libre a los cristianos para la imposición de la fe monoteísta. Paralelamente, Constantino concedió a los obispos enormes privilegios y los situó en puestos clave del gobierno.

Durante las siguientes décadas, una sucesión de emperadores cristianos fue otorgando cada vez mayor hegemonía a la nueva fe monoteísta, mientras las legiones romanas dejaban vía libre a las hordas cristianas para hostigar a los practicantes del resto de religiones, incluyendo a los filósofos y pensadores, que eran acusados de infieles. De esta manera, se iniciaba la destrucción de todo el caudal de conocimiento que tanto griegos como romanos habían legado a la humanidad desde el siglo de Pericles. La deriva fundamentalista alcanzó su cénit en el año 380, cuando el “Edicto de Tesalónica” promulgado por el nuevo emperador Teodosio proclamaba al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano, condenando a la desaparición y a la persecución a todas las demás. Dicha política destructiva se consumó en el Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla. donde el cristianismo era mayoritario y los reductos de paganismo podían ser destruidos más fácilmente (recuerdo al lector que por aquel entonces el Imperio se encontraba ya de facto dividido en dos zonas).

Sin embargo, en Occidente la represión cristiana se encontró con la resistencia del Senado y de las clases ilustradas. Al ser Roma su capital, la ciudad eterna que concentraba todo el legado intelectual, cultural y artístico de la milenaria civilización, imponer una fe bárbara y extranjera como la cristiana era más complicado, ya que los ciudadanos romanos no estaban dispuestos a ver arrasados sus templos, festividades y costumbres así como así. El aumento del fanatismo cristiano durante el mandato de Teodosio no hizo sino empeorar las cosas, ya que Valentiniano (el Emperador en Occidente) actuaba como un títere de Teodosio ejecutando sus políticas persecutorias sin tener en cuenta la realidad romana. Por ello, los senadores paganos liderados por el erudito Nicómaco Flaviano, así como el ejército comandado por el “magister militum” Flavio Arbogastes, también pagano, estaban cada vez más recelosos de Teodosio y Valentiniano, y cuando murió este último en el año 392, se negaron a aceptar que Teodosio desde Constantinopla nombrase a un nuevo emperador cristiano para Roma. Entonces, elevaron a la púrpura (al trono imperial) a Flavio Eugenio, un reputado profesor de gramática que era partidario de las tesis paganas.

Una vez en el poder, Eugenio nombró a Flaviano como prefecto imperial, y asimismo consolidó a Arbogastes como magister militum. Desde las instituciones romanas occidentales, este triunvirato pagano paralizó inmediatamente las persecuciones religiosas, limitó el poder de los cristianos e inició una política destinada a recuperar el esplendor de la cultura politeista romana. Durante los dos años siguientes fueron restaurados el Altar de la Victoria dedicado a los dioses romanos en el Senado, así como el Templo de Venus de la ciudad. Igualmente, volvieron a celebrarse los espectáculos de entretenimiento como el teatro y el circo, al tiempo que la llama sagrada custodiada por las sacerdotisas vestales era prendida de nuevo. Del mismo modo, al limitar el poder de la jerarquía eclesiástica, muchos manuscritos fueron salvados de la quema, y la filosofía y la ciencia pudieron volver a desarrollarse en el Imperio occidental al amparo de esta nueva política pagana de Eugenio. Sin embargo, la alegría no les duró mucho. El poderoso obispo de Milán, Ambrosio, lanzó fuertes acusaciones contra el gobierno de Eugenio acusándole de llevar a cabo una política herética, y sus palabras llegaron a la corte de Constantinopla en Oriente.

Teodosio, que había perdido el control de Occidente tras la entronización de Eugenio, no había dejado de conspirar desde entonces para acabar con dicha resurrección del paganismo, y utilizó las acusaciones del obispo Ambrosio como excusa para declarar la guerra al gobierno pagano de Eugenio, Flaviano y Arbogastes. Así, en el año 394, tan solo dos años después de la restauración del paganismo en Roma, Teodosio lanzó a sus tropas a la conquista de Occidente para imponer de nuevo la hegemonía cristiana. Eugenio envío sus legiones para defender Roma, y el choque decisivo tuvo lugar en la batalla del Río Frígido, en la actual frontera entre Italia y Eslovenia. El combate fue igualado, ya que Arbogastes había logrado tejer una red de alianzas con las tribus francas y lombardas, por lo que momentáneamente las legiones paganas de Occidente lograron contener a las poderosas tropas cristianas de Oriente. Sin embargo, las condiciones climatológicas inclinaron la balanza a favor de Teodosio, y el ejército de Eugenio fue finalmente derrotado, siendo el propio emperador capturado y ejecutado por orden de Teodosio. Arbogastes, acorralado, no tuvo otra opción que suicidarse, mientras que Flaviano, también acabó con su vida al darse cuenta de que era el final de la Roma clásica.

Así, tras la batalla del Frígido, Teodosio puso fin al resurgimiento pagano en Roma, y antes de morir nombró a su hijo Honorio como Emperador en Occidente. Muertos Eugenio, Arbogastes y Flaviano, no quedó nadie que pudiese volver a articular una contraofensiva pagana, y en las décadas siguientes, el fanatismo cristiano terminó de destruir los últimos reductos que aún quedaban de la cultura politeista. En menos de un siglo, el Imperio romano occidental culminó su proceso de cristianización, barbarización y desintegración, y en el año 476, el último emperador fue depuesto por los hérulos, iniciándose la oscura época medieval hegemonizada por la Iglesia y que terminó sepultando y condenando al olvido durante más de mil años toda aquella refinada civilización grecorromana que, posteriormente, descubriríamos que nos había legado nada menos que la filosofía, la ciencia y la democracia, pero que sin embargo, fue destruida bajo el fuego de la barbarie cristiana. En resumen: la implantación del cristianismo no fue pacífica ni armoniosa, se hizo con el hierro de las espadas y a costa de la destrucción de una avanzada civilización que luchó por su supervivencia hasta el final. Pero como la historia la escribieron los vencedores, en la escuela estudiamos a Teodosio en lugar de a Eugenio, y a San Agustín en vez de a Hypatia.

Universo 25: el colapso demográfico explicado por ratones

Cada vez más expertos aseguran que vivimos en un sistema en el cual la extracción de alimentos y recursos energéticos es insostenible en un mundo superpoblado. Todas -absolutamente todas- las civilizaciones que han existido en la historia han terminado colapsando tarde o temprano. La única que no lo ha hecho aun es la civilización occidental actual, considerada la civilización más grande de la historia por consecuencia de la globalización. ¿Es posible que haya un colapso demográfico?

El etólogo John B. Calhoun estuvo décadas experimentando los efectos de la superpoblación con ratones. Creaba “mundos” (el los llamaba Universos) utópicos en los que los ratones tenían toda la comida e infraestructuras que necesitaban libres de depredadores, enfermedades y de los rigores climatológicos. Lo único que tenían limitado -evidentemente- era el espacio. El más famoso de estos mundos ideales lo creó en 1968 y fue llamado el Universo 25. Cuatro años después, sus resultados fueron asombrosos y a la vez perturbadores.

John B. Calhoun en  el recinto del Universo 25
– Foto vía Wikipedia

Universo 25

El Universo 25 era un recinto cerrado de 2,5 m2 de superficie y 1,37 metros de altura, diseñado para ser el paraíso terrenal de los ratones: alimento, agua, material de nidificación y lugares para construir nidos ilimitados durante todo el experimento. Las condiciones de temperatura y humedad se mantenían ideales y el recinto se limpiaba completamente cada cierto tiempo. Se comenzó introduciendo 4 parejas de ratones perfectamente sanos y seleccionados para el experimento. Lo que sucedió a partir de entonces, se puede describir en 5 fases.

Fase A: días 1 al 104

Los primeros 104 días fueron de cierta alteración en un nuevo entorno y con nuevos compañeros, pero una vez familiarizados, comenzaron a procrear.

Fase B: días 105 al 315

Esta es una fase de rápido crecimiento en un entorno ideal. Cada 55 días la población se duplicaba. Para el día 315, había más de 600 ratones en el hábitat organizados en 14 grupos sociales con un macho dominante y roles sociales bien definidos para cada uno de los individuos.

Fase C: días 316 al 560

A partir de los 615 individuos la tasa de crecimiento se redujo y la población pasó a duplicarse cada 145 días. Empezaba a faltar el espacio ya que más de 300 machos competían por conquistar y mantener el territorio para poder reproducirse. Ante el estrés de tener que defender la posición constantemente, muchos machos dejaron los territorios y perdieron el atractivo por parte de las hembras, bajando la tasa de reproducción. Las hembras fértiles por su parte trataron de ocupar el rol abandonado de los machos para proteger los nidos. Esta agresividad de trasladó a las nuevas camadas de ratones: el periodo de lactancia se redujo y muchas crías fueron abandonadas o atacadas y devoradas por sus propias madres. La sociedad estaba empezando a colapsar.

La agresividad aumentó y se generalizó. Los machos más débiles quedaron acorralados en el centro del hábitat lejos de los recursos. Estos machos se rindieron a la desidia con una inactividad casi total, pero ocasionalmente, y sin mediar nada, parecían montar en cólera y atacaban en masa a otros ratones. Calhoun llamó a este grupo la Cloaca del comportamiento.

Para el día 520, la población llegó a 2.200 ratones que vivían en un mundo anárquico, violento y casi sin sexo.

A partir del día 560, ya no había más crecimiento: morían más ratones de los que nacían.

Fase D: días 561 al 1471

En esta fase, la violencia entre grupos -y dentro de ellos- es normal y hay canibalismo de crías con bastante frecuencia.

Un grupo de machos se atrincheró en una zona protegida y se dedicaron en exclusiva al cuidado extremo del cuerpo acicalando su pelaje todo el día mostrando una total apatía, sin entrar en peleas y sin mostrar el más mínimo interés por la hembras. Calhoun los bautizó como “los guapos” porque no tenían heridas ni cicatrices.

La mayoría de las hembras que nacen ya no se quedan embarazadas ni tienen comportamientos maternales y pocas crías de las nacidas llegan a la edad adulta. Con este escenario, el día 600 nació el último ratón que se convirtió en adulto.

El día 920, la tasa de nacimiento es cero. En este momento, la edad media de la población es de 776 días, 200 días más que la edad que marca la menopausia en los ratones.

El día 1471 finaliza el experimento. Quedan vivos 27 ratones: 23 hembras y 4 machos. El más joven de todos, tenía 987 días edad, el equivalente a 90 años de vida humana.

Los efectos de la superpoblación en el Universo 25 fueron devastadores

Colapso en la abundancia

Lo más llamativo del experimento es que los ratones tuvieron en todo momento recursos de sobra, incluso en el clímax de máxima población jamás les faltaron agua, comida o lugares de nidificación. La superpoblación eliminó la estructura social y mental de los ratones incluso con abundancia de recursos.
El propio Calhoun dijo que en realidad el colapso se produjo cuando los ratones dejaron de comportarse como ratones, en algo que él llamo “la primera muerte”. A pesar de que algunos ratones del Universo 25 fueron extraídos y colocados en nuevos ambientes sanos, su comportamiento ya no cambió. Y cuando se introdujeron ratones nuevos y normales en edad de procrear en el Universo 25, no mostraron conductas reproductivas.

Extrapolar el comportamiento de los ratones a los humanos es cuando menos difícil y arriesgado dada nuestra mucho mayor complejidad. No obstante, hay similitudes que son evidentes y que como poco, invitan a la reflexión.

¿Quizá estemos mas cerca del Ragnarök? …Seguro, pero lo afrontaremos sin miedo, solo nos falta ser conscientes un poco.