COMUNIDADES GUERRERAS: PLANTEAMIENTOS PARA OTRA FORMA DE ORGANIZACIÓN MILITAR EN EL MUNDO ANTIGUO

Keltoi

 En el presente artículo se trazan líneas interpretativas para plantear un marco teórico del contexto socio-político en la mitad norte de la Península Ibérica prerromana, en función de la existencia y operatividad de comunidades de guerreros como institución económico-militar.
Los trabajos sobre historia militar en el mundo antiguo en el contexto de la conquista militar de la Península Ibérica, por parte de Cartago y Roma, han presentado hasta fechas muy recientes una acusada tendencia a centrarse de forma exhaustiva y técnica en ámbitos recurrentes: repertorios tipológicos (PERALTA, 2009: pp. 81-89), seguimiento y localización de acuartelamientos (MORILLO, 2008: pp. 93-94) o ubicación de escenarios bélicos (RAMÍREZ, 1999: pp. 171-200) han sido temas estrella en los que se ha trabajado mucho y bien. Análisis de este tipo son fundamentales, pero su preponderancia ha llevado, en cierto modo, a eclipsar otro tipo de planteamientos o, directamente, a catalizar la atención académica.

La naturaleza interna de la organización sociopolítica de la Península Ibérica prerromana septentrional es uno de los ámbitos en los que planteamientos analíticos con un enfoque y contenido complejo son un producto relativamente reciente (ALMAGRO, 1997: pp. 35-36). En buena medida, las líneas maestras de interpretación del mundo prerromano en el norte peninsular han sido herederas de los conceptos consolidados a través de dos vías: la percepción de las fuentes grecolatinas y los tópicos historiográficos construidos, especialmente, a lo largo del siglo XX.

La historia antigua peninsular es, hasta el siglo I d.C., en buena medida la historia de su conquista, narrada generalmente de mano de su último vencedor, el mundo grecolatino. Por ello, la percepción que las fuentes clásicas hicieron de quienes fueran sus oponentes durante casi dos siglos, la imagen de pueblos bárbaros, salvajes sin “civilizar” e incapaces de vivir en paz, se erigió como elemento clave de un constructo muy estereotípico (GONZÁLEZ, 2009: pp. 249- 260). A éste se añadirían, en los pasados dos siglos, proyecciones anacrónicas como la del bandolerismo decimonónico  (BERNALDO  DE QUIRÓS y ARDILA, 1988: p. 12), o la visión idealizada, no exenta de contenido político-ideológico (ÁLAVAREZ-SANCHÍS y ZAPATERO,1998: pp. 42-44), de unos originarios “españoles” de características humildes que, como una suerte de buen salvaje, habrían resistido heroicamente frente a una conquista extranjera (GARCÍA y BELLIDO, 1986: pp. 13-60).

El resultado es un bien conocido relato lineal en el que la historia de los pueblos prerromanos es la de su progresivo sometimiento a las potencias mediterráneas (cartaginesa, romana, etc.), sin más aproximación a la naturaleza de la organización interna del “enemigo de Roma”, leyendo entre líneas en las fuentes clásicas.

Comunidades de guerreros: una institución arcaica para nuevos enfoques Las “cofradías” o comunidades de guerreros han sido estudiadas en profundidad a lo largo del siglo XX, especialmente por parte de la historiografía alemana, en las llamadas männerbünde (literalmente, “bandas de hombres”)1. A grandes rasgos, consisten en la identificación de agrupaciones de jóvenes armados que habrían desarrollado contenidos culturales internos propios. Estos trabajos se desarrollaron al calor del indoeuropeísmo de los años treinta, los rasgos comunes de estas agrupaciones se han detectado desde la cultura feudal indo-irania hasta la céltica britana e irlandesa, incluyendo el mundo germánico, escandinavo, griego, itálico y galo; las männerbünde habrían constituido una suerte de “cofradías” de jóvenes guerreros, de orígenes indefinidamente arcaicos, de los que en ciertas sociedades habrían surgido las figuras individuales de autoridad, actuando como círculo originario de las élites guerreras. La mayoría de los trabajos existentes se centran en elementos, fundamentalmente míticos, que consistirían en el reflejo del corpus ritualístico e ideológico de estas agrupaciones:

  1. Identificación con un animal (lobo, oso, etc.) y asimilación de sus rasgos físicos en un pro- ceso de afinidad zoo-antrópica de los miembros.
  2. Práctica de ritos de transición o furor, vin- culados generalmente al consumo de sustancias alucinógenas de connotaciones sagradas, como forma de implementación de la fuerza del guerrero, en un estado salvaje de la misma cuyo rasgo más llamativo era la desnudez en combate.
  3. Vinculación con el tránsito al nuevo año y la ritualización del mismo, en una festividad vinculada con una victoria mítica o épica del grupo, así como con la figura de un ejército de deidades o de muertos, al que la comunidad encarnaría: razias nocturnas, ropajes o pintura corporal negra, etc.
  4. Elementos estéticos identificativos como tocados, peinados, pieles de animales o danzas, especialmente a la hora de entablar combate.

1 Para  estudios  clásicos  sobre  las  männerbünde, véanse Dumézil (1929), Höfler (1934), Wikander (1968). Más  recientemente,  Snorri  (1983;  1987;  1997),  Elíade (1985: pp. 13 ss.), Kershaw (2000).

  1. Ritos iniciáticos de los integrantes, relacionados con inmersiones, saunas, cuevas y, en de- finitiva, el mundo de las divinidades ctónicas vinculadas con el renacer en vida, la transformación o transición a un nuevo estadio tras el proceso.

Obviamente, se trata de un conjunto muy parco de rasgos identificativos, e incluso plenamente discutibles como hilo conductor de un modelo cultural común. No obstante, junto a los profundos análisis planteando el contenido simbólico de la guerra en el seno de la sociedad celtibérica o cántabra (PERALTA, 2000; SOPEÑA, 2004: pp.56-108), en los últimas dos décadas el modelo de las männerbünde ha sido retomado como motor explicativo complementado con registros arqueológicos como las llamadas pedras formosas del noroeste peninsular (ÁLVAREZ-SANCHÍS y ALMAGRO, 1993: pp. 177-254), representaciones plásticas bien conocidas como la Estela de Zurita, el Vaso de los Guerreros, la cerámica nu- mantina o los llamados “guerreros lusitanos” (o galaicos), así como en análisis basados en el estudio de comparativos etnohistóricos, interpretaciones derivadas de la casuística de los mismos y pequeñas referencias puntuales en las fuentes clásicas (ALMAGRO, 1999: pp. 17-64; MUÑIZ,2000: pp. 229-242; BLÁZQUEZ, 1999: pp. 305-318). Sin embargo, el modelo de las comunidades guerreras tiene un interesante potencial en el norte peninsular como motor explicativo de la organización interna del plano sociopolítico en amplia escala, puesto que, como veremos, implicaría todo un complejo de relaciones internas y externas en la zona septentrional de la Hispania prerromana.

¿Männerbunde en el norte de la Península Ibérica?

Plantear la naturaleza del sistema de “comunidades guerreras” en la Península Ibérica exige reducirlo a su expresión fundamental, en la medida en que nos permitirán las fuentes, es decir, aceptar como hipótesis fundamental la mera existencia de esta estructura organizativa, aun  con variaciones sobre el tema. Por tanto, sería al desarrollado entramado de relaciones socio-políticas derivadas del mismo al que Roma se habría enfrentado durante casi siglo y medio, hasta la conquista definitiva.  Existen  dos  referencias  “clásicas”en las fuentes para el estudio de las sociedades prerromanas del norte peninsular, así como para el caso de las comunidades guerreras:

…en la región entre el Tajo y el país de los Artrabos habitan unas treinta tribus (…) la mayor parte de estas tribus ha renunciado a vivir de la tierra y se dedican al pillaje, luchando constantemente entre sí y cruzando el Tajo para atacar a los pueblos vecinos

Estrabón, Geografia, III.3.5

(sobre los Lusitanos) Cuando sus jóvenes llegan a la culminación de su fortaleza física, aquellos de entre ellos que tienen menos recursos, pero que exceden en vigor corporal y audacia, se equipan con nada más que su valor y sus armas y se reúnen en las montañas, donde forman bandas de tamaño considerable

Diodoro Sículo, Bibliotheca Historica, V.34.6-7

Atendiendo al pie de la letra ambos textos, la presencia de comunidades guerreras parecería patente. Ambas fuentes hacen referencia a territorio lusitano, y su zona de contacto con vettones y galaicos, pero lo cierto es que menciones tangenciales de autores como Floro (I.33.15), Apiano (Iberia, 56-57, 67-70) o, más tardíamente, Orosio (V.5.12), sobre razias en Lusitania, Beturia, Vettonia y Gallaecia, que cada vez tendieron más a atacar zonas más ricas, llevan a pensar que el fenómeno de los ataques de saqueo tenían cierta entidad en el mundo hispano septentrional, más allá de casos localizados.

Un elemento clave ha condicionado el potencial análisis de las comunidades guerreras proyectadas en el norte peninsular: la consolidación de la idea, heredada de las fuentes clásicas, de la naturaleza más estrictamente “bandolera” de los grupos armados, entendiendo ésta como su condición alejada de la sociedad, así como marginada de la misma: individuos rechazados por sus comunidades de origen que hacían de las razias su forma de vida (DOMÍNGUEZ MONEDERO, 1984: pp. 204-207). Es una percepción vinculada con el tópico historiográfico creado por autores antiguos en torno a la pobreza del norte hispano como explicación para formas de vida vinculadas al robo y el saqueo (Estrabón, III.3.5), así como a la naturaleza bélica y salvaje de pueblos aún no “civilizados”, desde la perspectiva romana (Silio Italico, Púnica, III.331-332)Esta naturaleza de “parias” gestó una percepción marginal del elemento bélico prerromano, desgajándolo en cierto modo de los mecanismos internos de las comunidades. Por ello, es esencial en la proyección del sistema de las comunidades guerreras en el norte peninsular integrar la guerra dentro de sus esquemas sociales, no sólo como un elemento implícito sino, en cierto modo, necesario e identificativo, por cuanto la guerra se ha revelado como un factor fundamental en la construcción de las sociedades celtíberas, lusitanas, vacceas, cántabras o astures, vertebrando aspectos sociales, económicos e incluso culturales de las mismas, con rasgos de contenido simbólico interno propio e identificación identitaria (SÁNCHEZ MORENO,  2002:  pp.  141-174;  ALMAGRO,2005:  pp.  151-186;  GARCÍA  RIAZA,  2003;GARCÍA FERNÁNDEZ-ALBALAT, 1990).

A través de esta percepción podemos plantear el elemento clave para la definición de un esquema de “cofradías” guerreras en la Península Ibérica: el establecimiento de una relación unívoca entre los grupos armados de guerreros y sus comunidades de origen. Las explicaciones economicistas, heredadas directamente de Estrabón, impedían plantear la posibilidad de que la partic- ipación en las “cofradías” guerreras pudiera ser una forma de “ocupación” más en el seno de las comunidades prerromanas e, incluso, una vía de adquisición de prestigio individual o posible conformación de élites locales (SAYAS ABENGOE- CHEA, 1988: pp. 701-714).

Este es el punto de inflexión hacia el modelo planteado a continuación, en el que las männerbünde hispánicas, al margen de su posible contenido simbólico, estarían implicando grupos arma- dos que actuarían fuera de su lugar de origo (razias, incursiones a convoyes, etc.) pero revirtiendo el beneficio de su actividad en el mismo, así como en el propio grupo de guerreros. Una implicación en el terreno económico que sistematizaría el saqueo por parte de las “cofradías”, fuera de su territorio de origen, como forma de importación de bienes a través del botín obtenido, así como de obtención de prestigio interno y externo a través de la realización de hazañas “heroicas” individuales, actos de pillaje, etc.

Así, el vínculo fundamental entre comunidad (castro, oppidum, etc.) y comunidad guerrera sentaría la base para lo que podríamos llamar una “relación circular” de tipo flexible entre ambos: las männerbünde realizan una actividad exterior, con rituales, prácticas y (cabe suponer) formación propia en sus propios entornos de actuación, con una marcada movilidad territorial en sus activi- dades, pero todo ello en función de un “débito” con el enclave de procedencia.

Si extrapolamos este modelo al territorio norte peninsular, incluido en la red de relaciones entre comunidades a escala territorial amplia, se configuraría un entramado de situaciones de alianza, protección, enemistad, competencia, etc., en el que los grupos armados serían tanto un elemento ejecutor de los intereses de su comunidad local como dependientes de la misma, puesto que cabe suponer que cuanto mayor es la posición de fuerza de una comunidad (apoyos, pactos de no agresión, amistades, etc.), mayores opciones a medios como la movilidad o los refuerzos ten- drían sus guerreros.

A este respecto, conviene recordar las eviden- cias arqueológicas arrojadas por los ajuares de enterramiento en necrópolis de la mitad norte peninsular, especialmente el fenómeno de la presencia de panoplias no especialmente densas ni suntuarias, salvo por la significativa presencia de arreos u otros elementos que apuntan al uso de caballo (RUIZ VÉLEZ, 2005: pp. 5-82; SANZ SERRANO et al., 2002: pp. 293-321), características acordes con una actividad de sesgo más guerrero que militar, propias de conjuntos armados móviles y marcados por una élite de combatientes montados.

No obstante, el problema fundamental de la documentación arqueológica al respecto gira en torno a la coincidencia temporal entre los registros materiales en necrópolis con ajuares guerreros y el contexto de contacto violento con po- tencias expansionistas (Cartago, Roma), entre los siglos IV-III a.C. (RUIZ VÉLEZ et al., 2006: pp. 55-86). La ausencia, hasta la fecha, de registro material funerario de la cultura castreña anterior al último estadio de la Edad del Hierro mantiene abierta la cuestión en torno a si la hipotética organización militar prerromana en las comunidades de la Península Ibérica era una elemento estructurador de sus sistemas socio-políticos o, por el contrario, surgió como reacción/resultado de la presión originada por la expansión (púnica o ro- mana) en territorio peninsular.

Las comunidades guerreras, aun siendo la “representación armada” de  los  intereses de su comunidad, gestionarían interna y, en cierto modo, independientemente su organización y actividad (sus lugares propios), incluyendo jerarquización interna, métodos de cohesión, simbología, etc., elementos bien conocidos en el estudio de la guerra en la antigüedad (GARLAN, 1975; QUESADA SANZ, 1997: pp. 33-52). A este respecto cabría plantear el papel que podría haber jugado una institución tan fundamental como la devotio, como forma de cohesión de, al menos, un núcleo fundamental de componentes de cada comunidad guerrera en torno a un jefe (dux), reproduciendo en menor escala el sistema de lugares centrales en jefaturas unipersonales (GONZÁLEZ RUIBAL, 2005: pp. 267-284).

La “red” de comunidades guerreras móviles en el territorio estaría siendo indirectamente expresada en las fuentes a través de las numerosas menciones de jefes militares (duces), más o menos destacados pero siempre presentes como elegidos o promocionados hacia una función de liderazgo de grupos armados que obtienen y reparten botines, defienden “ciudades” e interactúan con otras comunidades. Por tanto, las “cofradías” estarían actuando, a su vez, como fuente de élites militares propias, en paralelo a los representantes del poder en las comunidades locales. Esta doble vertiente de élites, guerreras y locales, podría ser la realidad subyacente tras la distinción entre la “juventud guerrera” (iuventus, puber caterva) y los “consejos de ancianos” que aparecen decidiendo sobre la colectividad de una localidad (toma de postura, rendición). Recordemos, a este respecto, el episodio de Apiano sobre la civitas de Lutia y su intento de apoyo a la asediada Numancia:

en Lutia, que era una ciudad opulenta que distaba de los numantinos trescientos estadios, los jóvenes tomaron partido a favor de los numantinos, y empujaron también a la ciudad a una alianza con ellos, pero los ancianos los delataron en secreto a Escipión.

Apiano, Iberia, 94

La divergencia en la toma de postura respecto a Numancia, así como las respectivas posiciones (la juventud, néoi, defendiendo la intervención militar y los ancianos imponiendo su autoridad delatándoles), podría estar reflejando, por un lado, la presencia de esta doble naturaleza de grupos de élite en las comunidades prerromanas, y por otro lado el modo en que la intervención romana está afectando a los mecanismos de poder en el seno de las comunidades, generando líneas de conflicto a través del temor, el colaboracionismo,

Más adelante, Apiano cuenta cómo  Escipión Emiliano forzó la entrega de los jóvenes líderes (hasta cuatrocientos) y que a estos les fueron cortadas las manos, una forma de castigo por sublevación o resistencia militar para la que tenemos referentes en otros episodios de la conquista de Hispania, como en la campaña de Lucio Aemilio contra los cántabros en 24 a.C. (Dion Casio, LIII.29), y cuyo posible contenido simbólico se ha llegado a plantear, más allá de la sencilla explicación de imposibilitar el uso de las armas (SOPE- ÑA , 2008: pp. 271-286). Asimismo, la identificación de la élite guerrera, sensu stricto, con la “juventud” y la local con los “ancianos” podría estar sugiriendo la naturaleza de la relación circular en- tre guerreros y comunidades que mencionábamos, en el sentido de que los miembros veteranos en las actividades de ataque, defensa y saqueo de las “cofradías” de guerreros hubieran podido, incapaces ya para la lucha, aspirar a regresar al seno de la comunidad de origen y, contando con un prestigio militar adquirido, a una posición cercana a la élite local de “ancianos”, donde encajarían los ajuares funerarios de tipo militar en necrópolis celtibéricas o vettonas (ÁLVAREZ-SANCHÍS y ZAPA- TERO, 2002: pp. 253-277; LORRIO, 1999). Ello implicaría una identificación unívoca por edades entre las élites prerromanas (CIPRÉS, 1990: pp. 173-188; QUESADA SANZ, 2003: pp. 101-158  ), lo que explicaría el empleo del término iuventus en las fuentes, sin más especificación, a la hora de designar a los individuos en edad de combatir: una iuventus que se destaca con iniciativa, por tanto, no estaría representando sino a líderes de comunidades guerreras (duces) actuando.

Un episodio en el contexto de las últimas resistencias “residuales” en el norte peninsular contra la presencia romana resulta especialmente significativo, indirectamente, respecto a esta posible naturaleza no centralizada de las élites. Se trata del pasaje de Dion Casio, LIV.11.22, sobre la rebelión cántabra que, en 20 a.C. provocaría la llegada de Agripa un año después:

Los cántabros hechos prisioneros en la guerra y vendidos como esclavos, asesinaron a sus dueños y se fueron a sus casas: convenciendo a muchos, tomaron y fortificaron unas posiciones y se prepararon a asaltar las guarniciones romanas.

El pasaje sugiere una flexibilidad interna del seno del poder: el hecho de que se reorganice todo un intento de contraataque, en una situación oficial de sometimiento (por tanto con presencia de efectivos militares romanos en la zona), por parte de individuos fugados que aglutinan “tropa” de vuelta en la zona cántabra para un ataque contra el mismo núcleo de las fuerzas romanas destacadas (los acuartelamientos) parece un episodio que recopilase elementos que hemos venido mencionando a lo largo del presente artículo:

1.Remite a la residencia de origen como centros desde los que coordinar la actividad militar, entendiendo asimismo que la presencia romana habría dificultado la posibilidad de articular cauces de poder de mayor entidad.

2.El hecho de que se trate e esclavos que matan a sus dueños y reorganizan una defensa apunta a que estaríamos tratando con un colectivo de in- dividuos jóvenes, lo que conectaría con el hecho de que fueran esclavizados, dada la conocida pref- erencia romana por los jóvenes esclavos (Plinio, Epistolae, 8: 16.1-2; Cicerón, Contra Pisón, 67); pero, significativamente, eran conocedores del medio militar: fortificándose y decidiendo atacar a los núcleos campamentales, una acción con tintes desesperados pero que refleja cierta planificación consciente. En el marco de nuestra interpretación, podríamos plantear que nos encontraríamos con individuos anteriormente pertenecientes a comunidades guerreras que huyen y vuelven a plantear una nueva estrategia de defensa contra el invasor.

Una consecuencia añadida de la existencia del sistema de comunidades guerreras consistiría en que un episodio de ataque, saqueo o castigo po- dría haber sido percibido desde una óptica dis- tinta de lo que para los romanos sería un perfecto casus belli, al menos en aquellas regiones donde el sistema estuviera implantado, sin implicar un conflicto de gran escala en el contexto lusita- no, vettón o cántabro. Tengamos en cuenta que el modelo derivado de la institución de las “cofradías” (término que hay que entender como analogía a falta de otro concepto mejor) o bandas guerreras haría de la actividad guerrera de ataque, saqueo y huída en la zona norte de la Península un elemento interno más del ciclo económico del territorio de origen, confiriéndole un plano aña- dido al de la simple contienda o amenaza militar entre partes o bandos.

En las Periochae, 48, Livio refiere cómo, en su campaña de 151 a.C., Lucio Licinio Lúculo sometio a los vacceos, a los cántabros y a otros pueblos de Hispania hasta entonces desconocidos, con el objetivo oficial de proteger a los carpetanos, sometidos ya al dominio romano, de los frecuentes ataques de sus pueblos vecinos. Se trata de la capitalización por parte de Roma (de ahí que conozcamos el episodio) de la protección de un territorio ya conquistado, obte- niendo con ello un motivo para llevar a cabo una nueva campaña, por otro parte desastrosa.

Más de un siglo después, Roma se vio “movida” por las mismas motivaciones para emprender la campaña contra las tribus cántabras: los ataques llevados a cabo por estos contra los pueblos vecinos, ya conquistados. Sin embargo, un pasaje de Dion Casio, LI.20, apunta a una diferencia fun- damental respecto a esta situación, refiriéndose precisamente a dichos ataques de cántabros sobre vacceos y cismontanos:

…disturbios frecuentes estallaban sucesivamente entre cada uno de estos pueblos. Pero como no tuvieron ninguna consecuencia grave, no se consideró entonces estar en guerra.

¿Podían ser los “disturbios frecuentes” la actividad de comunidades guerreras que no tenían “ninguna consecuencia grave” puesto que eran contemplados como parte del “ciclo económico” de las comunidades, por así decirlo? No podemos sino conjeturarlo, pero es significativo el modo en que un mismo fenómeno de intervención aparece reflejado retrayéndose territorialmente en la medida que progresa el avance romano, pero es la presencia de Roma la que resalta (y aprovecha) estos ataques. En este mismo sentido podríamos interpretar la mención de Apiano, Iberike, 56, al “caudillo” lusitano Púnico:

…los llamados Lusitanos, con Púnico como caudillo, devastaban las partes sometidas a los romanos [presumiblemente territorio vettón]… Púnico (…) llevó a cabo acciones hasta el océano, y tras añadir a los vettones a su ejército asediaba a los pueblos sometidos a los romanos.

Llama la atención el hecho de que los vettones, poblaciones saqueadas, se incorporen a las fuerzas lusitanas, saqueadores, en su avance hasta el océano (cabe suponer que la costa cantábrica). Si bien es cierto que el contexto de este pasaje es inmediatamente posterior a la infame actuación del legado Licinio Lúculo sobre Cauca y Palan- tia (SOLANA SAINZ, 1983: pp. 37-53), enclaves vettones (Iberike, 50-55), lo que puede llevar a en- tender la unión a las filas lusitanas como una aso- ciación frente al enemigo común, cabe destacar que Apiano se cuida especialmente a la hora de distinguir que quienes sufren esta nuevo episodio de razias son “las partes/los pueblos sometidos a los romanos”, mientras que a sus fuerzas se incorporan “los vettones”.

Debemos tener en cuenta que, si bien las fuertes nos han transmitido una imagen de los pueblos prerromanos como grandes áreas bajo un nombre común (vettones, celtíberos, lusitanos, etc.), no debemos olvidar que en los episodios bélicos concretos, así como en el esquema de las comundidades guerreras que presentamos, la uni- dad política de decisión se identifica con las comunidades locales, oppida o castra cuyas élites son quienes interactúan con la oficialidad romana a la hora de fijar los términos de una rendición, pacto, etc. (PITILLAS SALAÑER, 1997: pp. 81-94; y 2003: pp. 69-92). Por tanto, a pesar de los grandes conjuntos identitarios a los que nos refieren las fuentes, no podemos descartar que las líneas de intereses y competencias entre núcleos y comunidades implicase un entramado de mayor complejidad, relaciones que las fuentes habrían ignorado (o desconocido), en un relato en el que la “resolución” en la construcción de la imagen del otro no era una prioridad.

El modelo de comunidades guerreras contribuiría, así, a la interpretación del desarrollo de la campaña de conquista romana de la Península Ibérica, planteando un nuevo sentido a la natura- leza del combate entablado contra Roma. El progresivo avance romano no sólo estaba introduciendo la presencia de una nueva (y superior) fuerza militar en el mosaico peninsular, sino que el territorio bajo dominio romano podría estar solapándose a las áreas de actividad de las comunidades guerreras, precipitando con ellos episodios conflictivos que podían ser adoptados desde la perspectiva romana como motivos suficientes para una nueva intervención militar.

Con su política expansiva y su naturaleza militar “profesional”, Roma importaba un modelo de gestión de la guerra que no encajaría con el modelo de las männerbünde, en el que una intervención de saqueo puntual no arrastraba necesariamente a dos comunidades extensas a la guerra. Por tanto, en la incompatibilidad entre la percepción de la estabilidad y la guerra entre Roma y los pueblos peninsulares podría estar la base de la continua situación de tensión militar que caracterizó a la zona durante los dos últimos siglos de la República.

El pasaje de las Periochae que veíamos anterior- mente podría estar revelando, en la acción conjunta de vacceos, cántabros y “otros pueblos”, una convergencia de intereses de todas estas comunidades en el territorio atacado, a una distan- cia respecto a sus hábitats de origen que hablaría del desarrollo y consolidación de líneas de actuación de grupos guerreros en amplia escala territorial. Si concebimos un mapa de distribución de la actividad de las männerbünde en territorio lusita- no, vacceo, vettón, astur y cántabro (estableciendo un espacio básico), ¿cabe plantear que las diversas “cofradías” contasen con medios de comunicación entre ellas para delimitar áreas de actividad propias, de modo que tratasen de establecer un “equilibrio de competencias” entre ellas? Esta posibilidad sería, además, coherente con los análisis arqueológicos que vinculan, material, cultural y comercialmente la cultura castreña de la meseta norte con el ámbito cismontano (IGLESIAS GIL, 1986-87: pp. 433-436; y 1991: pp. 41-54).

¿Podrían las “cofradías”, como conjunto, con- tar con medios y vías propios de intercomuni- cación entre sí, de modo que conformasen instituciones de “segundo nivel” de poder? En el fondo, estamos hablando de grupos guerreros, con amplia movilidad y volcados a la actividad bélica (dotados de amplia experiencia interna), con las potenciales circunstancias derivadas de esta situ- ación: conflictos entre grupos, posibilidades (o imposibilidades) de fusión/escisión, pérdida de lealtades, competencia por el territorio de actu- ación, etc.

Los episodios de “laxitud de lealtades” no hacen sino incidir en las complejidades inherentes a un sistema como el que presentamos, reflejado a través de la organización defensiva ante Roma, en referencias como la de Estrabón (III.3.8) sobre los cántabros Coniaci y Plentusoi colaboraron con las armas romanas en la conquista de 25 a.C., el famoso episodio de la traición de los Brigaecinos a los astures ante Publio Carisio. (Floro II.33.55- 60 y Orosio VI.21.9-11), o la posibilidad de que hubiese pueblos vecinos, ya bajo la esfera roma- na, implicados en la conquista militar, aspecto sobre el que incluso se han planteado trazas en el registro arqueológico (MARTÍNEZ VELASCO, 2009: pp. 133-139).

Recordemos a este respecto el episodio del “caudillo cántabro” Corocotta:

Se irritó tanto (Augusto)  al  principio  contra  un tal Corocotta, bandido muy poderoso en Iberia, que hizo anunciar una recompensa de 200.000 sestercios para quien lo apresase; pero más tarde, como se pre- sentó voluntariamente ante él, lejos de hacerle daño al- guno le dio la suma prometida.

Dion Casio, LVI.43.3

Se estaría presentando un formato de cambio de lealtades unipersonal, no a escala de comunidades coordinadas, de modo que es un individuo con autoridad (Corocotta) quien se encarna como figura tanto de resistencia (en un principio) como de decisión a la hora de aceptar el “pago” por par- te de Augusto. Aunque es quizás una percepción demasiado osada, el célebre “bandido” podría haber sido un líder en el seno de una comunidad de guerreros, a la que habría rendido poniendo sus armas al servicio del hasta entonces enemigo romano, en aras de un mayor beneficio para su grupo armado (VV. AA., 2008: pp. 60-62).

En su avance hacia frentes cada vez más sep- tentrionales, Roma se habría insertado progresivamente en las redes de relaciones entre comunidades, que en el plano militar se desarrollarían en función de las männerbünde, aprovechándolas hasta colapsarlas, puesto que la naturaleza de su imperium no era comparable con la capacidad de la élite de cualquier gran oppidum septentrional. Así, en un contexto de conflicto militar activo, la autoridad romana se implantaría supliendo a la de las élites en su propio formato: recordemos la importancia que las clientelas unipersonales tuvieron durante el episodio sertoriano y, posterior- mente a través de Pompeyo, en la primera guerra civil republicana en el escenario hispánico (AME- LA, 2003: pp. 105-132).

Conclusiones: más preguntas que respuestas

En definitiva, debemos considerar que este modelo teórico no representaría sino una vía de gestión de la violencia en un entorno cultural, del mismo modo que se desarrollaron en otros contextos los ejércitos de ciudadanos o las tro- pas profesionales; además, la naturaleza de la organización que presentamos cuenta con una ventaja significativa para las comunidades de origen: la actividad militar, encarnada en las “cofradías guerreras”, se proyecta fuera del territorio (RUIZ GÁLVEZ, 1988: pp. 189-191), y con potencial beneficio para éste, sin plantear necesariamente un estado de guerra abierta (ALMAGRO, 1999: pp. 28-29).

Antropológicamente,  se  podría   considerar como un mecanismo social que libera no ya el estrés demográfico, sino un potencial bélico (jóvenes con aptitudes guerreras pero sin bienes propios) que, en lugar de permanecer como latente fuente de conflictos internos, sale de los hábitats de origen y se mueve en otros entornos, sin perder la vinculación con su comunidad para beneficio de ambos (económico, militar, etc.).

La propuesta interpretativa representa actual- mente un marco teórico con mucho más potencial que resultados, susceptible de futuras contribuciones y enfoques relacionados con la complejidad de líneas de investigación vigentes. Sin ir más lejos, dada la amplia escala territorial del sistema de comunidades que planteamos: hasta qué punto cabe suponer un papel en el mismo de una in- stitución tan debatida como el hospitium ibérico, dada su capacidad como herramienta de control y gestión del territorio anexo a las comunidades lo- cales (BALBÍN CHAMORRO, 2008: pp. 73-82).

En este mismo plano de posibles aspectos integrables en el sistema de männerbünde, podría plantearse el fenómeno del mercenariado ibérico (QUESADA SANZ, 2009).  La  mencionada relación entre “cofradías” y comunidades locales, caracterizada por una flexibilidad interna que no vinculaba necesariamente a los guerreros a la presencia en el territorio, haber sido lo suficientemente laxa como para que las männerbünde permanecieran alejadas del territorio largos periodos de tiempo y en colaboración con diversos tipos de aliados, siempre y cuando su actuación revirtiese en beneficio del grupo (botín, incorporación de nuevas tropas, prestigio, comunicaciones con otras élites locales, etc.); por otro lado, cabría entender, al menos parcialmente, la profusión de referencias a tropas mercenarias de origen peninsular como un resultado indirecto del sistema: grupos armados que, destruida o disuelta su comunidad, hubieran puesto sus armas al servicio de intereses mediterráneos, para los que la Península Ibérica no era en absoluto ajena.

Es mucho cuanto aún se podría profundizar en la línea planteada por el presente marco teórico, sin descartar, por otro lado, las mencionadas posibles variantes regionales de la estructura de bandas, o de las formas de gestionar sus institu- ciones: distintas proyecciones de la identidad cultural se pueden entender entre el noroeste peninsular (“saunas castreñas”, guerreros lusitano-galaicos, castros), la meseta norte (verracos, grandes oppida) o el mundo celtibérico (estandartes, élites ecuestres). Todo un potencial complejo de relaciones, medios y gestión de la guerra que, cuanto menos, plantea una realidad muy alejada de la famosa cita de Estrabón, Geografia, III.3.7:

… los que están situados en el lado septentrional de Iberia, los galaicos, astures y cántabros, hasta los vascones y los montes Pirineos, pues es semejante el género de vida de todos ellos.

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David Serrano Lozano
Licenciado en Historia (UCM)
Doctorando de Historia Antigua (UCM)

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