El hecho chamánico.

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-Desde la llamada hasta la función social del chamán.
-Las formas de una posible experiencia de actuación de lo numinoso: elección, despedazamiento y renacimiento del candidato.
-Transformación de lo numinoso a partir del estado de conciencia chamánico
 

La religión –tal como la conocemos en nuestros días o revestida con el aspecto que presenta entre los pueblos y civilizaciones que han experimentado un desarrollo de lo institucionalizado-religioso a lo largo de los tiempos históricos- no es el único medio de expresar las manifestaciones de lo Sagrado, ni tampoco la única alternativa que haga posible reaccionar frente a las energías misteriosas de lo Numinoso-primordial, cuando éstas se manifiestan.

Entre las modalidades o formas que los seres humanos han desarrollado con ese fin, es decir, habilitándose para reaccionar ante las manifestaciones muchas veces extrañas y hostiles que acarrea la división del continuum espacio-temporal en dos fracciones – lo sagrado y lo profano- el chamanismo resulta ser, quizá, una de las más antiguas y también una de las más originales, pues, según apunta la psicóloga Jean Houston, a pesar de los milenios que llevan desarrollándose las actividades, rituales y prácticas

chamánicas y de la extensión de ellas a casi todas las culturas antiguas y modernas, el chamanismo siempre ha sido y continúa siendo hoy, allí donde todavía se conserva, una forma posible de vivir experiencias religiosas sin pasar por las estructuras impuestas de una iglesia o de una doctrina. No la única, desde luego, pero si una de las más importantes.

La tradición chamánica de la mayoría de los pueblos antiguos y modernos de los que tenemos noticia, recoge algo que casi podría ser considerado como uno de esos universales con los que se fundamenta la propia experiencia humana: la existencia, en el principio de los tiempos, de un mundo absolutamente distinto al que hoy nos toca vivir. Un mundo en el que siempre se gozaba de paz, felicidad y armonía con el universo. Un mundo en el que no existía la muerte ni la enfermedad y del que se hallaban excluidas todas las desgracias. Un mundo en el cual la comunicación directa e inmediata con los dioses estaba asegurada y derramaba calma y sosiego sin límites sobre los seres humanos.

Pero ese mundo se perdió. O mejor dicho, se transformó completamente a raíz de una especie de cataclismo o conmoción general de la que han guardado memoria todas las tradiciones. Interrumpida la comunicación con los dioses, la oscuridad y la muerte se enseñorearon de la existencia humana. Desaparecido por completo ese mundo ideal del principio, el cosmos quedó fragmentado o separado en tres niveles: el mundo inferior o reino de los muertos, el plano intermedio que corresponde a nuestro mundo cotidiano y el ámbito superior, morada de los dioses y de cierto tipo de entidades espirituales que no siempre resultan ser benignas o estar bien dispuestas hacia los seres humanos. Sólo el chamán –después de una larga, metódica y compleja preparación- puede atravesar las barreras que separan estos mundos tan dispares y, sobre todo, sólo él es capaz de regresar a nuestro mundo con éxito, tras haber realizado en los reinos del Más Allá diversos tipos de misiones y tareas impuestas por su oficio.

El chamán es por tanto, además de algunas otras cosas, un mediador entre nuestro mundo y los mundos superior e inferior, en los que moran las divinidades, los demonios, ciertas entidades de naturaleza poco conocida y, desde luego, también las almas de los muertos y los espíritus desencarnados. Muy probablemente es desde esos mundos de donde provienen las manifestaciones de lo Numinoso-primordial que los chamanes deben controlar mediante sus técnicas. Y el desempeñar con acierto ese papel fundamental determina no sólo la tranquilidad del grupo humano que tiene depositada su confianza en dicho especialista, sino también la integridad y la salud psíquica del propio chamán.

En la inevitable confrontación que, tarde o temprano, termina por surgir durante la convivencia de los seres humanos con todas las manifestaciones de tipo sobrenatural o extraordinario que pueden producirse, destacan sin duda las relativas a lo numinoso. Tal como hemos visto, los especialistas de lo Sagrado-institucionalizado pueden hacerles frente mediante el concurso de un aparato ritual complejo. De lo que se trata ahora es de comprobar que esos otros especialistas que son los chamanes, aun no siéndolo exclusivamente desde el punto de vista religioso, ya que el chamanismo es un fenómeno que abarca un campo más amplio, si poseen en efecto un sistema propio de control y canalización de lo numinoso perfectamente adecuado para las circunstancias por las que atraviesan en sus funciones específicas.

Si hemos de hacer caso a Eliade, el chamán es sobre todo un especialista particularmente acreditado en el viaje extático –dentro de cuyo campo de acción se cuentan, entre otras funciones, tanto el vuelo mágico como la magische Flucht o huida mágica sobre los que hablaré en los próximos epígrafes- y también en las relaciones con el mundo de los espíritus y de los dioses. No es por tanto un sacerdote ni un hechicero en sentido estricto, aun cuando pueda desempeñar tales funciones en determinadas circunstancias.

Por las mismas razones, tampoco los hechiceros y sacerdotes al uso pueden considerarse incluidos dentro del rango de los chamanes, si bien pueden coincidir a veces en esos desempeños o en el tratamiento y control de sus consecuencias. Estamos hablando, por tanto, de especialistas en el manejo de lo Sagrado en varios de sus aspectos y en algunas ocasiones, testigos de las manifestaciones de lo numinoso, a las cuales pueden canalizar y adecuar a los límites humanos, pero en cualquier caso, diferentes a los que nos encontramos en el ámbito de lo religioso-institucionalizado. Tales diferencias atañen tanto al señalamiento o sistema establecido para escoger a los futuros chamanes, como a la formación técnica y espiritual que éstos recibirán durante su aprendizaje.

En primer lugar, el hecho de que alguien, en un momento dado de su vida, quiera ser chamán o dedicarse a ese menester, se encuentra según creo mucho más vinculado a la actuación de lo numinoso de lo que suele ocurrir cuando hablamos de un sacerdote o de un hechicero en idéntica circunstancia. En numerosos ejemplos que podemos observar recogidos en la literatura especializada 73, es posible poner de relieve un rasgo relacionado con la elección de los chamanes, que difícilmente aparece en las promociones de los otros especialistas: esto es, la resistencia a veces encarnizada del candidato a recibir esa investidura. La confrontación que entonces se plantea entre la divinidad y el individuo que no acepta tal encomienda, suele presentar un desenlace dramático que demuestra con una gran claridad el carácter invasivo y tremendo de lo numinoso, que se proyecta hacia el ámbito humano de una manera brutal ante la que difícilmente cabe la opción de resistirse.

En segundo lugar, la actuación de lo numinoso sobre el individuo escogido para ser chamán, supone por un lado, la completa aniquilación simbólica de su estructura corporal y anímica –el candidato sufre la experiencia de ser despedazado por los dioses o por los demonios, lo que demuestra precisamente en dicha ambivalencia el auténtico rostro de lo numinoso- y por otro, su posterior recomposición cuando esas potencias sobrenaturales le proporcionan órganos y miembros nuevos –incluyendo a veces la carne que recubre sus huesos de tal manera que el individuo que surge al final del proceso, no sólo está señalado por lo numinoso o por lo sagrado en su caso, sino que es un individuo nuevo y renacido o vuelto a crear por las potencias sobrenaturales.

Estos dos son los rasgos que distinguen netamente al chamán de los demás especialistas de lo sagrado-institucionalizado, y que, al mismo tiempo, le acerca más que a ellos a esa fuente de la que parte lo Numinoso-primordial en sus proyecciones hacia el ámbito humano. Así, tanto en sus desempeños como en su especialización, el chamán se halla más próximo a lo Numinoso primordial que cualesquiera otros especialistas semejantes o más evolucionados de lo Sagrado o de lo Sagrado-institucionalizado, pero no por razón de un mayor primitivismo de su práctica, sino precisamente, debido al origen y a la modalidad de su investidura.

Otro aspecto que define la singularidad del hecho chamánico es la aparición en sus practicantes de los denominados estados alterados de conciencia o estado de conciencia chamánica (ECC) mediante los cuales será posible una mejor interrelación con lo numinoso, una adecuación más afinada ante la presencia de esas fuerzas extrañas, innombrables y peligrosas frente a las cuales el chamán deberá actuar innumerables veces a lo largo de su vida como especialista. Es quizá culminando tales estados de conciencia cuando el chamán representa verdaderamente la posición más auténtica de lo humano en relación con lo numinoso. Ante la extrañeza y lo ajeno que supone esa fuerza terrible que actúa sobre el universo de los hombres, el practicante chamán no aparece desnudo ni desprovisto de cualquier posibilidad de resistencia, sino que él mismo, mediante su práctica, se eleva, por decirlo así, hasta un nivel simbólico-cognitivo equivalente a dicha fuerza primordial o, cuando menos, se coloca en un estado corporal y mental –pues el estado alterado de conciencia afecta a los dos planos de la existencia- que mantiene un cierto grado de independencia sensorial y al mismo tiempo, de capacidad para actuar a niveles mucho más sutiles y finos que aquellas que sería posible alcanzar con una sensibilidad normalizada.

Tal posibilidad de actuación llevando a cabo una conexión entre poderes de rango semejante, produce asimismo modificaciones sobre lo numinoso, igual que ocurre en el plano de acción de lo religioso. El paso desde lo numinoso hacia lo Sagrado es por tanto consecuencia de un proceso cultural que puede manifestarse, al menos, en esas dos formas singulares –lo religioso y lo chamánico- sin que ello implique la satisfacción de ninguna necesidad de comparación ni de competición entre dichas formas. Cada una de ellas se expresa a su modo y en sus condiciones históricas o en su continuum espaciotemporal concreto.

Este hecho de transformación o de adecuación de un poder de características tan absolutamente extrañas como lo numinoso-primordial mediante la actuación del chamán transportado hasta un estado especial de conciencia, será posible tan solo en determinadas circunstancias y cuando el practicante reúna ciertas condiciones. En ningún caso, ni el chamán ni los que puedan demandar sus servicios, pretenderán que esa modificación sea permanente, ni mucho menos querrá obtener un beneficio o conseguir un comportamiento favorable de tales fuerzas sin proporcionar algo a cambio.

El do ut des sería en este instante crucial una norma necesaria para que se desarrolle una relación biunívoca equilibrada entre los humanos y lo numinoso ya devenido en Sagrado a través, precisamente, de dicha relación.

La posibilidad de establecer un equilibrio respecto a la actuación de lo numinoso en el ámbito humano, implica ya el comienzo de la transformación de aquello a lo que hemos denominado Absolutamente otro en algo más accesible a los métodos de análisis y más fácil de abordar por los procesos mediante los cuales se establece una imagen coherente del mundo, una cosmovisión o, simplemente, una manera de estar en el seno de una estructura social determinada. El chamán suele participar en la resolución de problemas comunes a la mayoría de los seres humanos, como los relativos a la salud del cuerpo y del espíritu, o aquellos otros más directamente relacionados con los sistemas de creencias característicos de cada grupo social. Debemos considerar que la acción directa de lo numinoso va a condicionar en ciertos casos las respuestas que los grupos humanos tratan de dar a sus planteamientos trascendentales y que es en el desarrollo de dichos procesos cuando el chamán interviene como un agente especializado en establecer contactos con aquellas fuerzas y en controlar sus manifestaciones.

El chamán representa una realidad alternativa y también una convicción que aparece íntimamente vinculada con ella: la de que es posible acceder a una conciencia ampliada de la realidad que nos envuelve. Dentro de las posibilidades que proporciona dicha conciencia ampliada se cuentan las que permiten actuar en el terreno de lo numinoso primordial con una cierta seguridad y con la desenvoltura proporcionada por la posesión y el dominio de un conjunto complejo de técnicas y de procedimientos. Porque el chamán puede restituir un poder perdido con la misma facilidad que es capaz de recuperar un alma extraviada en los procelosos territorios del Más Allá, arrancándoselos, en ambos casos, a las potencias hostiles que residen en esos ámbitos.

Tal como afirma Michael Harner, el especialista recupera ese poder sustraído por lo numinoso o por alguna entidad maligna, y lo restituye a este mundo nuestro, para reforzar mediante él la salud, el bienestar o simplemente las ocupaciones de la vida cotidiana de sus pacientes. No se trata tanto de curar una enfermedad concreta y puntual, como de contribuir al refuerzo y salvaguardia del sistema de salud en su conjunto. Y esa actuación general es la que confiere a la práctica chamánica su auténtico sentido como alternativa prevista para satisfacer una necesidad compartida por todos los seres humanos: la de poseer respuestas coherentes frente a las incertidumbres que plantea la actuación en el universo cultural de lo numinoso-primordial o de lo Sagrado que de allí deriva. Todo esto parece concernir de una manera importante a algo que, en última instancia, resulta esencial para el espíritu humano de todos los tiempos y que, por otra parte, puede aflorar también mediante el recurso a disciplinas y técnicas como las  que se ponen en práctica en la psicología o en la clínica modernas.

El chamán puede desplazarse por los tres niveles que forman su cosmología –el superior, el intermedio y el inferior- a través del Árbol o Eje del Mundo. Utiliza así un camino que en el principio de los tiempos era de uso común para todos los seres humanos, pero que resultó dañado y se perdió como consecuencia de un acto cometido por alguna criatura poco cuidadosa o por los propios hombres que no tuvieron en cuenta dos de las propiedades fundamentales del universo: equilibrio y fragilidad. Ambas resultaron profundamente alteradas a raíz de aquellos sucesos ocurridos en el comienzo del tiempo cósmico.

El ser humano, tal como lo conocemos hoy, surge, precisamente, a partir de esa ruptura y, tal vez, como una consecuencia de ella. Aquello que se le enfrenta y opone, eso a lo que denominamos numinoso-primordial y Sagrado, estaba ya presente antes del tiempo. El chamán en su campo –como el sacerdote o el hechicero dentro de los suyos- tratan de dominar las técnicas que permitan sostener tal enfrentamiento. Para ello, como dice Eliade, necesita conocer lo mejor y más directamente posible los cielos, los infiernos y todas las criaturas, entidades y habitantes que en ellos moran.

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