Odinismo en femenino

IsaEl Odinismo particularmente se percibe como una creencia eminentemente masculina, con todos los valores que llevan inherentes los guerreros, sin embargo tiene una faceta femenina que es igual de importante. Para conectarnos con la naturaleza, tanto los hombres como las mujeres usamos la intuición y la sensibilidad, quizá a las mujeres  nos sea más fácil sentirnos en comunión con las fuerzas naturales, pero incluso los guerreros más temibles eran sensibles en sus relaciones familiares, con sus Dioses y con su medio natural, los ríos, las fuentes, los bosques, y no por eso eran «menos hombres», quizá las mujeres tengamos aquí un papel importante, en odinismo, a la hora de acercarnos a algo tan íntimo como es la Madre Tierra.

Entre las formas de conocimiento ancestral que Europa perdió durante dos milenios y ahora está recuperando, el Odinismo tiene en nuestros días una relevancia enorme por dos motivos:

-A nivel social, porque debe resolver la crisis ecológica creada por la visión del antagonismo hacia la naturaleza de la cultura judeo-cristiana. La omnipresencia de lo sagrado es inherente a nuestra religión. Consideramos que la dignidad humana proviene de su continuidad con los dioses, culminando en el hombre la naturaleza emanada de los Inmortales. La continuidad de la naturaleza divina se extiende a los animales, a las plantas y al conjunto de la naturaleza, comprendidos en ello también los minerales y los objetos inanimados. Muchos animales, en particular las aves, han sido consideradas como las mensajeras de los dioses. Las corrientes de agua son divinizadas, son representaciones de los antiguos dioses Vánicos. Si la irrupción en los últimos años del ecologismo ha sido una innovación necesaria, no lo es menos dotarlo del elemento sagrado que lo eleva a categoría de divino.

-A nivel individual, porque nos conecta con los ritmos naturales de la naturaleza y con el fluir de las energías en nuestro cuerpo, sentir como se desarrollan estas potencias es sentir a los Dioses dentro de nosotros mismos.

Para estudiar lo anterior debemos considerar dos conceptos básicos:

1.- El orden natural y cíclico en el que se desarrollan todos los aspectos de nuestra vida, Y es que la naturaleza no entiende de orden o desorden en el sentido que habitualmente hablamos: son conceptos puramente que la mente humana crea en su afán por hacer inteligible el entorno. La naturaleza entiende de minimización de la energía y maximización de posibilidades. El orden debe ser interpretado como el resultado de una fuerza sagrada, divina, efectiva, direccional y multifacética, aquello que nos proyecta hacia nuestro ser celeste.

2.- Resonancia cósmica. En el universo la vida empieza por la vibración de las partículas más elementales, desde los Quark hasta las moléculas.  La vibración produce unas ondas que son propias y específicas de cada uno de ellos, pues bien, la interactuación entre ellas se llama resonancia. Cuando están sincronizadas, se complementan, y se multiplican, decimos que están en un universo resonante, cuando por el contrario se anulan, se limitan, forman una antiresonancia que es el fundamento y origen de lo que llamamos «enfermedad»

El Odinismo-Asatru es una cosmovisión que excluye en concepto de ley en sí misma, como elemento estático, inmutable, permanente y eterno y que lo sustituye por el de ORDEN; este orden general es una especie de ritmo que armoniza otros ritmos de entidad menor. Nos hallamos pues ante una postura de orden «asociativo o coordinativo» Esta concepción intuitivo-asociativa tiene su propia causación y lógica natural. No es supersticioso ni primitivo, sino una forma de pensamiento estrictamente autóctona y original del alama indoeuropea. En contraste con la doctrina judeo-cristina que es esencialmente «subordinativa», donde el ser humano ocupa la cima de la pirámide natural siendo el resto de los animales, plantas y cosas, elementos secundarios que están a su servicio, con una causación externa que hace de éste «el rey de la creación». En el Odinismo-Asatru, los conceptos vitales no se subordinan unos a otros, sino que se sitúan en el mismo plano, en estructuras paralelas que se entrecruzan unas con otras, que interactúan entre ellas y se modifican constantemente. Los sucesos, el Wyrd y su trasfondo, el Ørlog, no se influyen unos a otros por actos de causación mecánica, sino por medio de una especie de «inducción cuántica». Mediante este concepto de «orden», las cosas se comportan de un cierto modo, no necesaria ni únicamente a acciones anteriores o impulsos de otras cosas, sino debido a que su posición en el universo cíclico en perpetuo movimiento, les confiere una naturaleza intrínseca que les condiciona a realizar este comportamiento. Si no se moviesen de esa manera, perderían sus posiciones relativas en el conjunto y se convertirían en otra cosa. La naturaleza de una cosa es determinada por su posición relativa dentro del conjunto, de ahí la importancia de su estructura.

Las «cosas de la misma especie se energizan mutuamente». La idea que las cosas que pertenecen a las mismas clases (como por ejemplo, la madera, el agua, los árboles, el viento) resuenan juntas y se energizan unas a otras, no implica una indiferenciación primitiva, en la que cualquier elemento puede afectar a cualquier otro, sino que es una hipótesis del universo en la que las cosas solo interaccionan unas con otras cuando poseen la misma esencia. No carece de causa, pero ésta no tiene un origen mecánico. El Odinismo-Asatru en su íntima concepción, cuando explicamos la regularidad de los procesos naturales, no piensa en el gobierno de una ley externa al conjunto, sea dictada por los hombres o lo eterno, sino más bien como una adaptación mutua a la vida comunitaria y del kindred. Una evolución continúa dentro del eterno retorno de todas las cosas.

La armonía se prefigura pues, como concepto básico de este orden del mundo, «espontáneo y orgánico ». Este principio lo denominamos Ørlog, las cuerdas básicas, el trasfondo a través del que se tejen nuestros actos, la existencia misma, nuestro Wyrd, que conforman nuestro principio cosmológico universal. No solo en la sociedad humana sino también en el mundo de la naturaleza, existe un «toma y daca». Un especie de reciprocidad mutua, en lugar de una competencia —Que es la característica fundamental de la civilización moderna— entre las personas  y los procesos entre ellas y los seres animados e inanimados, en fin una obtención de soluciones por compromisos  y así evitación de la violencia gratuita y conflictos innecesarios, que motiven un desperdicio de nuestra energía interna, direccionar nuestras fuerzas en elementos creativos, donde la construcción personal sea una continuación del entorno natural donde nos desarrollamos.

El Odinismo-Asatru tiene una postura definida ante la revolución industrial y postindustrial:

La tecnología no es la panacea del desarrollo humano, no nos llevará a culminar nuestro peregrinar sobre el mundo, ni nos dará la felicidad, ni las claves de nuestra existencia. Un exceso de tecnología es nocivo, es un veneno contra la propia vida. Sin embargo, al igual que existe el día y la noche, los europeos hemos desarrollado dos caminos de avance desde el primitivo pensamiento de participación mística, uno desarrollado por los griegos que refinan el concepto de causación hasta la explicación de los fenómenos naturales que les da Demócrito y el otro, seguido por los pueblo germánicos, donde se sistematiza el universo de las cosas y sucesos en una configuración o estructura orgánica, según las cual se ordenan las influencias mutuas de las partes en el Todo. En la visión del mundo griega, si una partícula de materia ocupa un punto en el espacio-tiempo, es porque otra partícula la ha empujado de su anterior emplazamiento. En la visión Odínica,  el hecho se produce porque la partícula toma su lugar junto a otras, dentro de un campo de fuerza cuántica, dicha de otra manera, si juntamos dos partículas y las separamos en el espacio y hacemos girar a una, la otra girará en sentido contrario, experimento ya demostrado científicamente. El misterioso “giro” de las partículas cuánticas las convierte en fermiones o partículas de materia, o en bosones o partículas de fuerza. En partículas impenetrables o en partículas capaces de sumar su fuerza para dar mayor o menor intensidad a las interacciones de la materia.

El mundo es fundamentalmente indivisible, no puede analizarse a partir de elementos aislados que funciones de manera independiente, los conceptos de no limitación y de causalidad implican que la estructura de la materia no es mecánica, donde el universo se configura como un «gran pensamiento» en lugar de una «gran máquina», la estructura de la materia es en definitiva una estructural mental. Por ejemplo, si observamos una partícula y queremos medirla, nuestra decisión consciente de cómo queremos hacerlo, modificará las propiedades de la misma. No se puede hablar de la naturaleza sin hablar de uno mismo. Los modelos que observamos en la naturaleza están vinculados a los procesos de nuestra mente, interactuamos y nos reequilibramos mutuamente con ella, la estructura del Ørlog determina en el universo una red de relaciones vinculadas entre sí, y esta red cósmica es intrínsecamente dinámica. La materia, nuestro soporte vital, no es algo inerte, sino algo que se mueve constantemente, danzando y vibrando, cuyo modelo rítmico los configura nuestro espíritu. En definitiva, los átomos se componen de partículas y éstas no están hechas de materia. Cuando las observamos podemos comprobar que la materia no existe, no la encontramos por ninguna parte, sino solo unos modelos dinámicos en continua transformación: la danza continúa de la energía.

Mientras el pensamiento griego se apartó de las ideas primitivas de homología hacía conceptos de causación mecánica que nos llevaría el judeo-cristianismo platónico, el pensamiento germánico desarrolló el aspecto orgánico, visualizando el universo como una jerarquía de partes y todo, infundidos por una armonía de voluntades. El marco conceptual del pensamiento asociativo y coordinador germánico fue algo radicalmente distinto del pensamiento «causal», «legal» judeo-cristiano, por el contrario, es una imagen extremada y precisamente coordinada y ordenada, en la cual las cosas encajan con tal exactitud que sería imposibles acoplarla de manera mecánica. Es un universo en el cual esta organización no proviene de decretos dictados por un legislador-creador supremo como en la cosmología judeo-cristiana, ni del choque físico de innumerables bolas de billar, impulsadas al azar, sino que hablamos de una armonía ordenada de voluntades, como en los movimientos espontáneos pero ordenados con el sentido del ritmo que ejecutan los bailarines de una danza.

La idea de correspondencia tiene una gran significación en Odinismo-Asatru, y reemplaza a la de causalidad—de la nada— las cosas están más «conectadas» que «causadas». La implicación es que el universo es un vasto organismo en que, ora un componente, ora otro, toma el liderazgo. La convicción de que el universo y cada uno de los todos que lo componen tienen naturaleza cíclica, y está sometido a alternancias, hacen muy dinámica su concepción, no existiendo pues, ni un origen concreto ni un fin determinado. Lo mecánico y lo cuantitativo, lo obligatorio y lo expuesto externamente están ausentes de nuestra cosmovisión, donde el concepto de «orden» explica mejor que al de «ley». Sin duda es la gran reacción espiritual de nuestra época contra la física mecanicista. Esta visión organicista es necesaria para extirpar las raíces filosóficas de nuestra crisis ecológica, entre otras, raíces que consisten en las dualidades hombre-naturaleza, espíritu-materia y Dios-Creación, introducidas erróneamente por la tradición judeo-cristiana.

Desde el punto individual, el Odinismo es una religión dirigida a poner al individuo en contacto con los ritmos de la naturaleza. Su objetivo en enseñar al hombre a integrarse en la naturaleza, a comportarse como ella, a compenetrarse de tal modo que llegue a experimentar en el propio cuerpo los ritmos. Por ejemplo, los ritmos naturales cortos, como el oleaje del mar, el pulso del corazón o el goteo constante de la lluvia, y los ritmos naturales largos, como el amanecer y el crepúsculo, la sequía y la lluvia, las estaciones, las fases lunares —cuando se contemplan e internalizan—cuando somos realmente conscientes de ellas, nos van comunicando el ritmo natural a nuestro interior.

El Odinismo se compone de muchas facetas, el contacto y la vinculación con la naturaleza son básicos y fundamentales a la hora de vivirlo plenamente, por eso debemos estar en contacto con ella, pero no como meros espectadores, sino como auténticos protagonistas de esta aventura inmensa que es la vida.

Haiþnō

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