ÁRBOL GENEALÓGICO DE ÁSATRÚ

198243_1753979700705_5017405_nDesde que el ser humano surge como tal en la Tierra, ha tenido alguna forma de espiritualidad. Somos el único animal capaz de tener una capacidad de abstracción que nos permite plantearnos cuestiones filosóficas y que van más allá de la mera supervivencia, por lo que incluso el más convencido de los ateos, en el fondo, sigue alguna forma de espiritualidad, consciente o no, una serie de ritos y un simbolismo. Por este motivo es complicado encontrar los orígenes de nuestra fe, puesto que no es algo que se conforme de un día para otro, no se puede poner una fecha exacta de cuando comenzó el Ásatrú. Además a día de hoy seguimos conformando día a día nuestra fe, nuestra espiritualidad y nuestro modo de entender la vida, como individuos y como pueblo, por lo que no se debe caer en la trampa de copiar el pasado de manera total o de hacer una suerte de “arqueología de fe” para vivir nuestra religión y para sentir lo que sentimos hoy.
No obstante, en la era de la información en la que nos encontramos, en la cual el principal problema para encontrar algo no es, por lo general, la falta de información, sino la sobrecarga de la misma que nos dificulta diferenciar cuál es fiable y válida y cuál no lo es; es importante tener claros los cimientos del edificio espiritual que construimos día a día y entender que dichos cimientos los pusieron nuestros antepasados y que nuestros descendientes, seguirán construyendo el edificio. Lo que ocurre en el Microcosmos, repercute en el Macrocosmos, y viceversa. Cada vez que honramos a los dioses, proyectamos una parte de nosotros que identificamos con los atributos que le damos a la divinidad concreta que adoramos, y así mismo, proyectamos nuestra propia identidad como pueblo, por lo que nos fortalecemos a nosotros mismos. Así mismo, la energía que nosotros, como clan, como comunidad, proyectamos a los dioses repercute en todos nosotros, pues nuestra alma es comunitaria y nuestros ancestros forman parte de ella, aunque ya no estén con nosotros, así como los dioses.
Como es arriba, es abajo. La propia física cuántica tiene en cuenta este principio. Así pues, si nuestra cosmovisión se basa en el Yggdrasil, árbol que simboliza el Multiverso; nosotros como persona también somos como un árbol, y todo árbol, para crecer fuerte y sano, necesita tener buenas raíces. El materialismo y el universalismo de nuestros días, a lo que aspira es a arrancarnos las raíces, porque un árbol sin raíces es muy fácil de talar. La importancia de conocer nuestras raíces como personas y como pueblo nos lleva a mirar a nuestros antepasados, a la Historia, pero no para recrearnos en ella, sino para entender el presente y entendernos a nosotros mismos y nuestra realidad.
Si nos remontamos muy atrás, hasta nuestros primeros antepasados podemos apreciar la unidad espiritual de la especie humana, si nos remontamos aún más atrás, a los simios de los que descendemos, sentiremos la unidad espiritual que tenemos con el resto de animales. Así, retrotrayéndonos más y más, a través de millones de años, sentiremos la unión espiritual que tenemos con todos los seres vivos y si nos remontamos a hace miles de millones de años, al polvo estelar del que todo procede, nos daremos cuenta de que somos uno con todo el Universo, con todo lo que existe, ha existido y existirá. Si pensamos en qué somos en comparación con la inmensidad del Universo, nos creeremos insignificantes ¿qué es nuestra nación, nuestra raza, nuestro clan… comparado con los cientos de galaxias que existen? No obstante, el planteamiento lo podemos hacer a la inversa: nuestra nación, nuestra raza, nuestro clan y nosotros mismos somos parte de esa inmensidad inimaginable, por lo que no somos seres insignificantes, somos parte de Midgard, y de ese gran Yggdrasil al que se unen todos los mundos y todos los planos de la realidad.
Si entendemos esto, si entendemos que estamos ligados espiritualmente a todo lo que existe en este y en otros planos, entenderemos la esencia de cualquier religión, de cualquier forma de espiritualidad, que no es ni más ni menos que una interacción con el cosmos, siendo los poderes sagrados que percibimos o intuimos, los dioses, de la misma esencia que nosotros, solo que una magnitud abismalmente superior.

ANIMISMO
Nuestros primeros antepasados ya sabían esto, como si de una memoria ancestral trasmitida durante milenios de evolución se tratase. Del principio de que lo que ocurre en el Microcosmos y lo que ocurre en el Macrocosmos está relacionado, surge la magia simpática, los rituales para atraer la caza, la lluvia, la fertilidad… Nuestros ancestros ya intuían a los poderes sagrados, sabían que más allá de un puñado de huesos y músculos, el homo sapiens y el resto de animales, plantas, lugares… tienen una parte espiritual, más allá de la física. Esa creencia en que hay una realidad espiritual más allá de la material es la primera forma de religiosidad, el animismo, es decir, la creencia de que todo tiene un alma. Sabemos que desde los orígenes del hombre, hace 100.000 años, esta creencia está presente en todos los grupos humanos. Así pues, dado que el ser humano no tiene instintos tan fuertes como el resto de animales, no hubiera podido sobrevivir sin la cultura y sin su trasmisión de generación en generación. Esto quiere decir que, aunque todos los seres humanos tengan lenguaje articulado, existen diferentes lenguas humanas y, del mismo modo, aunque sea común el animismo como religiosidad de toda la Humanidad, cada pueblo desarrolló una forma de animismo adaptada al lugar donde vivía y a su cultura, y así mismo, entendió a los poderes sagrados de una manera diferente.
El ser humano, por su propia naturaleza, es tribalista. Tiende a socializar y a agruparse en clanes, en tribus, en bandas… como el resto de animales se agrupa en manadas, sólo que, por nuestra mayor capacidad para organizarnos, nuestras manadas son mayores que las de otros mamíferos. Como ellos, tenemos el concepto del Yo frente a los Otros dentro del grupo del que formamos parte, y del Nosotros frente al Ellos, pensando de manera comunitaria. La familia, el clan, la tribu… son agrupaciones, cada vez más grandes, que nos permiten sobrevivir y que, en el plano espiritual se traducen a sentir un alma comunitaria, un espíritu común de la colectividad, del grupo del que formamos parte. Así mismo, el culto a los ancestros, está presente desde los primeros momentos, pues el ser humano tiene conciencia de la muerte y entiende que aquellos que ya no están en este plano de la conciencia, siguen ligados a los vivos, a los que aún habitan este mundo. Por lo tanto cada clan o cada tribu tendrá ancestros en común, o un origen común, real o simbólico, que en todo caso sirve para identificarse con la Comunidad con la que se forma parte.
Esto es así en todos los lugares de la Tierra, en todas las culturas. Desde los nativos americanos, hasta los aborígenes australianos, pasando por cualquier etnia que se nos ocurra. Trasmitidas de generación en generación por vía oral, las historias sobre los antepasados se convierten en leyendas y en mitos, y cada generación incorpora sus valores y su visión del mundo a la herencia recibida, para trasmitirla a sus descendientes. Así, nuestros mitos, la historias sobre los dioses y los héroes, nos llegan a nosotros hoy, a través de milenios, como si nuestros antepasados nos hablaran alrededor del fuego, igual que hace miles de años, hacían los abuelos con sus nietos, y estos con los suyos, y así hasta que alguien los puso por escrito hace solo unos cuantos siglos.
Dado que el ser humano es tribal por naturaleza, cuando un grupo humano era demasiado grande, tendía a desgajarse en grupos más pequeños. Del mismo modo, los grupos pequeños, tendían a unirse con otros. De esta forma, los clanes de una misma tribu serán autónomos, pero se sentirán parte de un mismo tronco común, y las familias de un mismo clan, cada hogar, cada pareja con sus hijos alrededor de un fuego, será parte de un clan. Por ello, uniéndose y separándose, según las circunstancias, nacen las diferentes comunidades humanas, siendo todas de la misma especie. Sin embargo, cuando en un momento dado la sabana africana no fue suficiente para abastecer a todos los seres humanos, cuando los hielos del norte se retiraron un poco, comenzó una gran migración que llevó al ser humano a poblar la práctica totalidad del planeta.
Estos movimientos migratorios tuvieron como resultado que ciertas tribus y clanes, se asentaran en el gran continente Eurasiático, que por aquel entonces, estaba poblado por otra especie homínida, los neandertales. Son muchos los enigmas sobre la relación que tuvieron sapiens y neandertales, quizás el mito de los trolls proceda de la imagen que nuestros antepasados tenían de esos animales, parecidos a los hombres, pero que no eran hombres, cuando se topaban con ellos. En todo caso, ambos grupos se evitarían mutuamente o, quizás en algunas ocasiones, por alguna circunstancia, tuvieron contacto, tal vez hubo hibridación o tal vez las dos especies eran demasiado diferentes, sino biológicamente, sí culturalmente. Sea como sea, lo cierto es que nuestra especie acabó siendo la única sobre el planeta y los neandertales desaparecieron.
Durante milenios separados, alejados de los primeros hombres que permanecieron en África, y por adaptación al nuevo clima, surgieron las razas. Podemos diferenciar tres troncos raciales o quizás cuatro: el tronco racial negroide, los que permanecieron en África y, de los que migraron a Eurasia, podemos distinguir dos troncos raciales, caucasoide o europoide, y mongoloide. Un supremacista negro diría que la raza negroide es la más pura, un supremacista blanco o asiático dirá que es la menos evolucionada. Ambas afirmaciones son absurdas. Sencillamente, es la más antigua y, genéticamente, la más diferenciada de las otras dos. De este origen de las razas podemos ver claramente que no hay razas superior o inferiores, sencillamente la especie se adaptó al medio natural como todas las especies animales.
Esta adaptación al medio natural fue física, con algunos cambios fenotípicos como el color de la piel, que es el más llamativo (razón por la que tradicionalmente se
nombra a las razas por colores, cosa que desde mi punto de vista es una simpleza) pero fundamentalmente, dado que la adaptación humana más importante es la cultura, se trató de una adaptación cultural. Esto quiere decir que cuando hablamos de nuestra raza y ponemos énfasis en preservarla, no nos referimos tanto el plano biológico como fundamentalmente, a preservar la cultura ancestral de la que somos hijos. Sin embargo, es evidente que las razas existen y negarlo forma parte de la obsesión del universalismo de pretender que todos seamos iguales, cuando la propia esencia de la especie, como hemos visto, es su diversidad, dentro de la unidad espiritual que nos liga a todos por el hecho de ser humanos y que nos liga con toda la naturaleza y con todo el cosmos, porque tenemos un alma.
Para algunos existe una cuarta raza, el tronco racial australoide, si bien para otros los aborígenes de Oceanía serían, en algunos casos, mongoloides, y en otros, negroides. Se trata de una cuestión de que la que se encarga la genética y la antropología, pero que escapa a mis conocimientos determinar. En cuanto al tema que nos ocupa, que es el espiritual, surgen aproximadamente en el 40.000 a.C., cuando ya las razas están diferenciadas, diferentes tipos de animismo, y el que nos interesa a nosotros, es el animismo europeo.

CHAMANISMO
Si la primera forma de espiritualidad es el animismo, el saber que todos los seres que nos rodean y nosotros mismos, tenemos alma, el siguiente paso intuitivo es entender que hay diferentes planos de la realidad, que hay un plano o varios que no percibimos, pero intuimos. Sabemos que existen muchas dimensiones, pero nuestros sentidos sólo pueden percibir tres. Del mismo modo sabemos que existen conceptos matemáticos como el infinito, que no podemos imaginar, pues nuestra capacidad es finita, pero sí podemos intuir, representar y hasta operar con ellos.
Si imaginamos que nuestros sentidos sólo pudieran percibir dos dimensiones (altura y anchura), ¿cómo percibiríamos a un ser tridimensional? Pues como una proyección en dos dimensiones, sin profundidad. Así mismo, podemos percibir realidades de cuatro o más dimensiones en tres dimensiones, nuestro ojo no puede ver la cuarta dimensión, pero a partir de la proyección, podemos deducir que un objeto tiene cuatro dimensiones. Este ejemplo es válido para decir que hay una realidad que no vemos, que no sentimos, pero que sí podemos intuir. Por ejemplo, no vemos las ondas de radio, ni las podemos tocar, escuchar… pero están ahí.
La existencia de otros planos de la realidad está presente en la filosofía desde sus comienzos y ya sería intuida por nuestros primeros antepasados. La concepción de esos otros planos y la relación de estos con el plano en el que nos desenvolvemos conscientemente, varía según la cultura y según la corriente filosófica. Para Platón, los planos están separados, y esta misma concepción será propia de las religiones del Medio Oriente, entre ellas, el cristianismo, que no deja de ser un neo-platonismo judaizado. Sin embargo, para nosotros y para otras muchas tradiciones, esos diferentes planos de la realidad están interrelacionados y conectados entre sí, formando un Multiverso que representamos en el Yggdrasil.
Poniendo el ejemplo de antes, un ser bidimensional intuiría a los seres tridimensionales por su proyección en dos dimensiones, por su sombra, y puede pensar que se encuentran en otro mundo, pero lo cierto es que están en el mismo mundo que él, solo que en otro plano que no puede ver. Si tuviera que representar a esos seres tridimensionales, lo haría en dos dimensiones. Hay pues, interrelación entre los planos de la realidad, y un ser de tres dimensiones podría actuar en un plano bidimensional e incluso proyectar su sombra sobre dos dimensiones siendo un ser inter-dimensional. La muerte sería entendida como el paso de un plano a otro de la existencia, siendo la muerte una percepción de nuestra consciencia: consideramos que alguien muere cuando ya no está en nuestro plano de la realidad.
El chamanismo consiste en que ciertos individuos tienen la capacidad para acceder a esos otros planos en determinadas circunstancias, o tienen una segunda visión para percibir a seres que habitan en ellos, especialmente, a los espíritus de los antepasados o de los difuntos en general. Ese otro plano de la realidad, al que muchos han llamado plano astral, y que dividen en diferentes regiones, es el plano al que accedemos durante el sueño o mediante la meditación. Multitud de personas con experiencias cercanas a la muerte afirman haber visto sus propios cuerpos o escuchado conversaciones cuando estaban inconscientes. Deducimos pues que todos, en ciertas circunstancias, podemos acceder a otros planos de la realidad. Pero los chamanes tienen una facilidad superior para ello, tiene una segunda visión, que les permite entrar en contacto con esos mundos, abrir una puerta a esos otros planos.
Así mismo, el tiempo y el espacio son relativos, nosotros intuimos el pasado, el presente y el futuro, pero lo cierto es que no existen como tal, lo que existe es lo que fue, lo que es y lo que puede ser, que nosotros, en nuestra tradición, representamos con las Nornas. Por lo tanto, en otros planos de la realidad, no hay esa diferenciación entre tiempo y espacio, por eso en los sueños podemos viajar a la velocidad del pensamiento de unos lugares a otros, o dar saltos en el tiempo. Partiendo de la base de que, lo que recordamos de los sueños es sólo una mínima parte “decodificada” de lo que hemos soñado, por lo tanto, filtrada y traducida a la realidad que conocemos. El acceso a esos otros planos de la realidad, más allá de nuestra concepción del espacio-tiempo, lleva a ver lo que nosotros conocemos como el futuro. Por eso, las personas con esa segunda visión, los chamanes, pueden adivinar lo que va a acontecer o actuar como oráculos.
Por otro lado, las dolencias físicas tienen una parte espiritual y es posible aliviar una dolencia física actuando sobre el plano espiritual. Muchas enfermedades son meramente psicosomáticas, en otros casos, una buena actitud sirve para curar. Es lo que solemos llamar “efecto placebo”. Por este motivo, los chamanes en la época ancestral que nos estamos refiriendo, también actuarían como curanderos, puesto que no se diferenciaba como ahora la sanación física de la espiritual. La medicina moderna, en una actitud de soberbia y de fetichismo tecnológico, ha subestimado técnicas de medicina tradicional que en otros lugares, especialmente en Asia, tienen grandes resultados. Las persecuciones a las “brujas” durante los siglos más oscuros de la Europa cristianizada tienen la culpa de que gran parte de ese saber milenario se haya perdido en nuestra cultura.
Del mismo modo que el animismo, el chamanismo se desarrolló de forma diferente según la cultura. Tenemos muchos tipos de chamanismo, del que luego surgirán las religiones de la Antigüedad siendo estas prácticas chamánicas la base de la religión en las primeras civilizaciones. No existe, sin embargo, un chamanismo europeo propiamente dicho, pero sí tiene que ver con nosotros el chamanismo de origen siberiano y de los Urales, propio de los pueblos del Ártico que se asentaron en el norte de Escandinavia, como los saami o los ugro-fineses. El chamanismo no surge a la vez en todos sitios, teniendo las primeras formas de chamanismo en Asia más de 14.000 años de antigüedad, pero el origen del chamanismo ártico que nos ocupa, se remonta aproximadamente al 8000 a.C.

POLITEÍSMO
A medida que la sociedad se vuelve más compleja, sus creencias también se empiezan a ocupar de fenómenos abstractos, no sólo de las fuerzas de la naturaleza o de otros planos de la realidad. Muchos ateos se agarran a decir que los dioses son una construcción humana, en un intento de negar su existencia. Pues bien, los dioses son una construcción humana… del mismo modo que las personas lo son ¿duda alguien de la existencia de las personas? Cuando un niño nace sus padres le ponen un nombre, nombre que tiene unas connotaciones concretas, que tiene un significado para ellos. Es el primer acto por el cual se entiende que el recién nacido es parte de la familia, es parte del grupo. Como no nacemos aislados sino que nacemos siendo parte de una cultura, el recién nacido irá adquiriendo los elementos propios de su cultura, desde que aprende a hablar, e irá conformando su propia identidad. La identidad se compone de muchos aspectos: su identidad sexual, su ideología, su religiosidad, sus gustos… y todo ello hace que sea algo más que músculos y huesos, que sea un producto de la cultura, es decir, una persona. Si se acaba con la identidad de alguien, se le destruye como persona, si se acaba con la identidad de un pueblo, se lo destruye como pueblo. Eso es, en el fondo, lo que pretenden hacer quienes promueven una visión materialista de la existencia.
Así pues, si desde un aspecto material tenemos un cuerpo, unos órganos, un esqueleto… que nos hace ser homo sapiens, desde un punto de vista cultural tenemos una identidad que nos hace ser personas y desde el punto de vista espiritual tenemos un alma que es nuestra esencia y nos hace ser parte del cosmos; los dioses también tienen una naturaleza múltiple. Del mismo modo que en matemáticas intuimos el concepto de infinito y podemos representarlo y operar con él, pese a que sea un concepto que nos supera, desde tiempo ancestral nuestra especie ha intuido el concepto de divinidad, lo ha representado y ha operado con él. Así mismo, poniendo el mismo ejemplo, sabemos que hay muchos infinitos (la suma de los números impares es infinita, la suma de los números pares, los múltiplos de cualquier número, los decimales del número Pi…) que no son iguales entre sí, intuimos el concepto de divinidad (como el de infinito) pero sabemos que hay muchos dioses. Nace así el politeísmo.
Un dios o una diosa no es sólo la intuición de un poder sagrado, sino que además es el reflejo del alma del pueblo que los ha creado, que los representa a su imagen y
semejanza y se identifica con ellos, y también les atribuye determinados atributos y características abstractas. Hay varios tipos de dioses, en función de su naturaleza, y el dios o la diosa nos sirven como un canalizador a la hora de central nuestra energía, nuestra espiritualidad, hacia aquello que proyectamos de nosotros mismos, y hacia aquello que buscamos del Macrocosmos hacia nuestro Microcosmos personal.
Por poner un ejemplo claro, los godos tenían a Gaut como su dios nacional, y se denominaban a sí mismos gautas, es decir, descendientes de Gaut, ligándose como un ancestro común con el dios. Así pues tenemos de una parte la intuición de un poder sagrado, la unión con los ancestros y con el propio pueblo, y la construcción de un arquetipo concreto, como Padre, dios de la guerra, de la sabiduría… pues de Gaut evoluciona Wotan, como era nombrado por todos los pueblos germánicos, y finalmente de Wotan deriva la palabra Odín, hasta hoy. Del mismo modo que nosotros como cinco años y con veinte somos la misma persona, pero hemos evolucionado, también evolucionan los dioses y el concepto de Odín en el siglo IX no es el mismo exactamente que tenemos hoy, ni el que tendrán nuestros nietos.
La naturaleza de los dioses es compleja y siendo los mismos dioses, no todos los vemos igual. Pero lo que sí está claro es que los dioses son propios de cada pueblo, precisamente porque han sido elaborados por una cultura, son la proyección del mismo pueblo y de los propios ancestros, por lo que no puede existir un dios universal, todo lo más, el dios de un pueblo barrerá a los dioses del resto de pueblos si su pueblo elimina al resto de pueblos de la Tierra. Del mismo modo que todos hablamos una lengua y no hay una lengua “verdadera” siendo las demás “falsas”, con independencia del número de hablantes que tenga; cada pueblo tiene sus dioses, fruto de su cultura, y no hay unos “verdaderos” frente a otros “falsos”. Los diferentes pueblos irán elaborando su concepción de los dioses, entre ellos los indoeuropeos, que lo harán aproximadamente en el IV Milenio a.C.
El politeísmo indoeuropeo nace en la zona de los actuales India e Irán. Los pueblos indoeuropeos migrarán desde esa zona originaria hacia el este, estableciéndose en Irán, los indo-arios, y conformando el politeísmo indo-iranio posteriormente, propio de la civilización persa y del cual se derivará posteriormente el mitraísmo y el mazdeísmo. Otros migrarán a la actual Europa y a la península de Anatolia, y un tercer grupo se establece en el Valle del Indo, conformando el politeísmo védico, antecesor del hinduismo entre otras religiones.
De la fusión de los pueblos indoeuropeos con los habitantes pre-indoeuropeo del continente, que podemos denominar cromañones, y con los pueblos de origen siberiano establecidos en el Ártico, nace la milenaria cultura europea de la que somos hijos. Los indoeuropeos tenían una cultura guerrera y patriarcal, que se fusionó con la cultura campesina y matriarcal de los cromañones, de pueblos como los vascones, los iberos, los estonios o los etruscos, indo-europeizando también a estos pueblos. Este proceso, en nuestra tradición, se explica mediante la guerra entre los Ases y los Vanes, y la paz entre ellos, con intercambio de rehenes. Así pues, el culto a divinidades telúricas y a las fuerzas de la naturaleza, así como a la Diosa Madre, propio de los cromañones, se fundió con el culto a los fenómenos atmosféricos y los dioses que representan conceptos abstractos, propios de los indoeuropeos, y con el chamanismo del Ártico.
De ese origen indoeuropeo surgen varias familias de pueblos: los germanos, los celtas, los grecolatinos, los eslavos y los baltos, desarrollando cada uno de ellos su propio politeísmo, del mismo modo que desarrollaron su propia lengua y costumbres, pero todos hermanos de sangre y, por tanto, con muchas características comunes. Entre estas características el hecho de la división social en tres estamentos: sacerdotes, guerreros y campesinos; fruto de la fusión entre el sustrato pre-indoeuropeo y los indoeuropeos. Esta división social se plasma en una tríada de dioses principales, que generalmente tienen que ver con estos aspectos, que en nuestro caso serían Odín, Thor y Freyja o Freyr. De esta división triple, el cristianismo derivará a la Santísima Trinidad (que a todas luces es politeísta, por muchas vueltas que le den) y la división social medieval entre clero, nobles y campesinos.
Son muchas las características comunes de las religiones de origen indoeuropeo, pero principalmente podemos entender que hay una cosmovisión formada por las fuerzas primigenias de la naturaleza desbordada (gigantes, titanes, fomorianos…) que representan el caos, en antítesis a las fuerzas de la naturaleza creadora y dadora de vida, y de los dioses atmosféricos y que representan conceptos abstractos, que representan el orden. A diferencia de las religiones del Próximo Oriente, cuya cosmovisión se basa en una antítesis entre el Bien y el Mal, la cosmovisión indoeuropea se basa en la antítesis
entre el Orden y el Caos, que se suceden de manera cíclica: a un mundo le sucede otro del mismo modo que las estaciones se suceden o que hay que morir para volver a nacer.
Entre todos esos politeísmos se encuentra el politeísmo germánico, que surge aproximadamente en el 1700 a.C. Este es origen de nuestra fe actual, aunque lógicamente, después de casi 4.000 años, estando proscrita los últimos diez siglos en toda Europa, nuestra forma de entenderla ha cambiado sustancialmente a como nuestros antepasados la concebían en el II Milenio a.C. No obstante, la esencia sigue siendo la misma, los valores siguen siendo los mismos, que hace 4.000 años. Los dioses de la naturaleza serían los Vanes, los dioses de la guerra, del trueno, de la templanza, de la justicia, de la venganza… serían los Ases, y el chamanismo o la magia rúnica, el seidr y el galdr, procedería del chamanismo ártico. Esta fe dio a los pueblos germánicos, ya fueran godos, francos, longobardos, alamanes, getas, marcomanos, suevos, vándalos, burgundios, hérulos, vikingos… una serie de valores y una visión del mundo.
Esta visión del mundo y esa espiritualidad, persistió en ellos pese al barniz cristiano, y se extendió por toda Europa con las migraciones e invasiones germánicas durante la Edad Media, para fusionarse con el sustrato celta, eslavo, báltico o grecolatino y conformar las naciones europeas, desde los Urales hasta Lisboa. Desde que Islandia se convirtió formalmente al cristianismo por votación de su Althing, para evitar la invasión de los reyes noruegos, en el año 1000, la vieja religión germánica que quedó relegada frente al Cristo blanco del Medio Oriente. Desde que los godos entraron en el Imperio Romano y se inició una lucha entre los partidarios de romanizarse y cristianizarse, liderados por Fravitas, y los partidarios de mantener su identidad y sus creencias, liderados por Eriulfo, hasta los últimos vestigios escandinavos, hubo una dura lucha entre los germanos y finalmente las élites impusieron el cristianismo al pueblo, pues este servía bien a sus propósitos de dominación.

MONOTEÍSMO UNIVERSALISTA
La religiosidad natural de los pueblos, cuando estos son libres y no están sometidos al yugo de una minoría, es totalmente contraria a dogmas e imposiciones, y mucho menos al concepto de universalismo. Nadie, hasta los últimos dos milenios de la Historia de la Humanidad, pretendió “convertir” a otro pueblo a su religión, porque la religión era una cuestión, sobre todo, identitaria. Un celta adoraría a los dioses celtas, un germano a los dioses germanos, un egipcio a los egipcios, un sumerio a los sumerios…
y nadie pretendía a otra cosa. Sin embargo cuando surge la dominación de unos seres humanos sobre otros, surge el Estado y con este, la casta sacerdotal como un órgano separado del resto de la población, que aleja la religión, antaño al alcance de todos, y se autoproclama como único interprete de la Divinidad. No se trata de la función sacerdotal, que antaño llevaban a cabo algunas personas, con especial prestigio social por ser responsables de esta función, pero que a fin de cuentas era fruto de un reparto de tareas (hay quienes se dedican a los dioses, como hay artesanos, campesinos o pescadores). Cuando se establece una casta cerrada, privilegiada, se da el paso de una sociedad jerarquizada pero igualitaria, a una sociedad estratificada, con desigualdades sociales. Es en este momento cuando la religión pasa de ser algo popular, a ser un instrumento de dominación, y se crean los dogmas y el concepto de pecado. Este proceso se dio en el Próximo Oriente, cuna de los primeros Estados, pero en Europa fracasó cuando se produjo en la civilización micénica, siendo los europeos un pueblo libre organizado en Comunidades, pero no en Estados. Cuando estas Comunidades (polis, civitas, confederaciones tribales…) degeneraron, surgen los Estados y se copiaran los usos orientales, propios de la teocracia, en lugar de los usos europeos, propios de una democracia comunitaria, identitaria, donde los hombres libres elegían a sus jefes como primeros entre iguales. Cuando un Estado, parapeto ideológico de una minoría que domina al pueblo, aspira no solo a dominar a su propio pueblo, sino también a otros pueblos, surgen los Imperios. El Imperio es el máximo grado de la dominación política en una sociedad, glorificado hasta la saciedad, sin embargo es el reflejo de la decadencia y la muerte de la libertad. Es en el seno de los Imperios, cuando se pretende acabar con la identidad de los pueblos y convertir así a la gente en masa, fácilmente esclavizable y sumisa, cuando surge el concepto de Dios único y verdadero, frente a los “falsos ídolos”.
No hay que confundir este monoteísmo con la monolatría o el henoteísmo, siendo la monolatría el culto por encima del resto de dioses de uno en concreto, generalmente un dios nacional, pero admitiendo la existencia de otros dioses para otros pueblos; y el henoteísmo la creencia de que todos los dioses son manifestaciones de diferentes aspectos de un único ser divino. Esta corriente henoteísta es una visión filosófica o teológica que puede perfectamente convivir con otras, del mismo modo que hoy en día, en el hinduismo hay escuelas panteístas, politeístas y henoteístas, e incluso
variantes no teístas, y todas son hindúes. Sin embargo lo que ocurrió en el Imperio Romano, cuando el henoteísmo empezó a tener mucha aceptación entre las élites culturales, es que el poder imperial aprovechó esto para tender, poco a poco, hacia el monoteísmo. Del culto al Divino Augusto se fue pasando al culto al César, como dios viviente, copiando los usos orientales.
La influencia asiática del despotismo oriental en el aspecto político, también tuvo implicaciones religiosas, entre ellas la introducción del culto a dioses orientales como Mitra o Cibeles, que fueron asimilados por el panteón romano. Por la influencia oriental surgieron los cultos mistéricos, entre los cuales estaba el hermetismo y el gnosticismo, y que serán el germen de la teosofía y posteriormente del ocultismo y de sociedades secretas como la masonería, los rosacruces, la aurora dorada… así como de religiones que tienen influencias de diversas fuentes, como el Thelema o la Wicca e incluso, por la lógica influencia cristiana, del luciferismo.
Una de las influencias religiosas orientales fue la llegada de la secta judía de los nazarenos, que había sido helenizada por Pablo de Tarso, recibiendo influencias de intentos fallidos de monoteísmo como el atenismo en Egipto así como del monoteísmo persa, el mazdeísmo. Toda esta mezcla de influencias dio como resultado el cristianismo.
En un primer momento el cristianismo fue considerado una superstición y los cristianos fueron perseguidos por negarse a rendir culto al Divino Augusto. Los intentos de instaurar un monoteísmo por parte del Imperio fueron más bien centrados en el culto solar, por influencia egipcia, y se intentó con Helios, pero la tentativa no tuvo éxito. Fue Constantino el que se dio cuenta de que el cristianismo le venía muy bien para consolidar la idea de “un solo Dios, un solo Imperio y un solo Emperador” y despenalizó a los cristianos, creando una versión oficial basada en el dogma trinitario, universal (es decir, católica) para todo el Imperio y desterrando el resto de herejías y sectas cristianas. Construyó la Nueva Roma, Constantinopla, sin un solo templo de la vieja religión romana y convirtió el cristianismo en una religión romana judaizada. Teodosio fue más lejos aún, declarándola religión oficial del Imperio, y proscribiendo a las viejas religiones de Europa. Comenzaba así el largo periodo de 1600 años de persecuciones, hogueras y profanaciones en nombre de la cruz redentora, coincidiendo con la decadencia final y la destrucción del Imperio, sobreviviendo sólo el Imperio oriental.

PAGANOS Y HEATHEN
Como podemos ver, aunque el cristianismo se había expandido entre las capas populares, entre otras cosas porque los cristianos daban asistencia a sus hermanos de fe, cumpliendo una acción social que el Estado romano no ofrecía a sus ciudadanos, convirtiéndose en la religión de los débiles y desfavorecidos; pese a ello, el grueso de la población seguía rezando a sus viejos y ancestrales dioses. La vieja religión fue perseguida, los templos profanados y miles de europeos fueron asesinados por no renunciar a su cultura milenaria y aceptar el judeocristianismo, en el mayor genocidio de todos los tiempos, en nombre de la paz y el amor.
En las ciudades, bajo control de los funcionarios del Imperio, el cristianismo acabó imponiéndose a sangre y fuego, pero en el campo, lejos del control estatal, la gente seguía adorando a sus viejos dioses. Los habitantes del campo, del pagus, eran mirados con desprecio, considerados rústicos y primitivos, y se atribuyó a su ignorancia el hecho de que siguieran aferrados a los viejos dioses en lugar de aceptar “la fe verdadera”. Por eso fueron llamados paganos.
Por extensión se llamó paganos a todos aquellos que no aceptaron la religión cristiana, incluidos los pueblos germánicos y eslavos de fuera del Imperio. En castellano no existe otra palabra aparte de pagano para hacer referencia a esto, pero en inglés hay una sutil diferencia entre el término pagan y el término heathen, que ambos pueden traducirse como “pagano” pero tienen connotaciones diferentes. Para los germanos que vivían fuera del Imperio, cristianizarse era sinónimo de romanizarse. El Dios cristiano era el dios de Roma, por lo que para entrar en el Imperio, situación a la que se veían abocados por la presión de los hunos, era preciso ser cristianos. Esto, amén de otras ventajas para los caudillos germánicos, que ya empezaban a proclamarse reyes asumiendo el ceremonial y los usos romanos, hizo que la mayoría de estos pueblos se bautizara en masa, siendo, como es natural, una conversión puramente nominal. Los germanos eran fundamentalmente una población rural, por lo que la antítesis entre el habitante de las ciudades y el pagano, que vivía en el campo, no tenía mucho sentido. Muchos de estos pueblos se convirtieron a alguna herejía cristiana en lugar de a la variante católica oficial, para mantener su identidad y no disolverse entre la cultura romana. Tal fue el caso de los godos y su conversión al arrianismo. La diferencia entre los germanos no era entre los que son rústicos y aún creen en “los falsos ídolos”, como promovería la propaganda cristiana en el Imperio, sino entre los que conocen a Dios y los que no lo conocen, siendo estos, los primitivos, salvajes, bárbaros… y los cristianos los civilizados.
La palabra inglesa heathen deriva del inglés antiguo hæðen y del nórdico antiguo heiðinn, que a su vez parece derivar del gótico haiþno, término con el que Ulfilas traduce la expresión “gentil” en la Biblia traducida a la lengua goda, palabra usara para referirse a los no judíos y, por extensión, a los no cristianos o musulmanes. Lo mismo sucede en euskera con el término jentil, que se traduce también por pagano, para referirse a los vascones que seguían adorando a sus viejos dioses. Aunque ambos términos, pagano y gentil, son usados peyorativamente, lo cierto es que hoy en día la mayoría de creyentes de las religiones nativas europeas se reconocen como paganos o como heathen con orgullo, precisamente por ese rechazo al Dios cristiano, reivindicando la pureza del campo y sus viejos valores ancestrales (para el término pagano) o el hecho de no conocer, ni querer conocer, al “Dios verdadero” (para el término heathen).

PROSCRIPCIÓN CRISTIANA
Desde el Edicto de Tesalónica del año 380 se inició una persecución paulatina de las viejas religiones europeas. Se talaron arboledas sagradas, se profanaron santuarios, se destruyeron estatuas de los dioses… y se destruyó gran parte de la milenaria cultura europea. Se produjo el exterminio de miles de europeos para mayor gloria de Jehová y su clero… pero no pudieron exterminar el alma europea. Después de las persecuciones imperiales, se produjeron persecuciones por parte de los reyes germanos conversos al cristianismo, algunos de ellos considerados santos por la Iglesia, como Olav II de Noruega. Se glorificó como santos de la Cristiandad a los responsables del genocidio europeo, como San Patricio en Irlanda, que exterminó a cientos de paganos celtas y sin embargo hoy se celebra esa efeméride como fiesta nacional irlandesa. Carlomagno emprendió guerras para convertir por la fuerza a paganos sajones y eslavos, llevando a cabo atrocidades contra ellos. La Orden Teutónica masacró a los baltos en la Cruzada contra Lituania… el número de matanzas y crímenes en nombre del Dios único de los
cristianos es incontable, pero aunque llenaron de sangre la Madre Europa, la cultura europea sobrevivió bajo el barniz cristiano.
Hubo criptopaganos hasta bien entrada la Edad Media, sobre todo en algunas zonas, más o menos tolerados por los poderes cristianos. Pero el cristianismo, para poder imponerse, tuvo que paganizarse totalmente. Las fiestas cristianas son todas de origen pagano, las órdenes de caballería tienen más que ver con los viejos valores europeos que con el “poner la otra mejilla” de la Biblia, el folclore, las leyendas populares, la música, la literatura… la vieja espiritualidad europea sobrevivió pese a todo.
En el caso de la religión germánica, que es el que nos ocupa, las Eddas fueron escritas en el siglo XII por Snorri Struluson, preservando la memoria de nuestros dioses y mitos. Las sagas, las historias populares… nos han llegado hasta hoy, trasmitiendo el legado de nuestro pueblo. Lógicamente, cuanto más al norte, cuanto más superficial fue la cristianización y más tardía, más viva está la vieja religión. Sin embargo en España tenemos una gran cantidad de elementos en el folclore popular de origen germánico: los “martinicos” en Castilla no son sino duendes, los “malismos” son trolls, la Santa Compaña es la Hueste Salvaje de Odín, la leyenda de San Jorge y el dragón no es sino la de Sigfrido, los hombres-lobo… el folclore popular español está lleno de elementos de claro origen germánico, celta o latino, en ocasiones cristianizados.
Aunque formalmente cristiana, la sociedad europea ha seguido celebrando sus fiestas y manteniendo, aunque judaizados, los valores de sus ancestros, resistiéndose a morir y celosa de su identidad frente al universalismo. El cristianismo de España no fue igual que el de Francia, el de Italia o el de Alemania y cuando se produce el cisma protestante en el siglo XVI, lo que hay es una intención de crear Iglesias nacionales frente a la Iglesia de Roma, lo cual se tradujo en ocasiones en el cisma, y en otras, en el regalismo y en hacer del catolicismo una política de Estado. Con el Renacimiento se produce una vuelta a la cultura clásica y se inicia el lento pero imparable proceso de descristianización de Europa.

RESURGIR DE LAS RELIGIONES NATIVAS
A partir del siglo XVIII, con la Ilustración, se empezó a cuestionar muchos de los dogmas del cristianismo, en un clima de mayor tolerancia religiosa tras las guerras
de religión y el fanatismo que había caracterizado los dos siglos anteriores. Surgieron muchas corrientes filosóficas cristianas que buscaban una explicación racional de Dios y empezaron a popularizarse entre los intelectuales corrientes como el panteísmo o el deísmo, alejadas del dogmatismo. Este clima propició la investigación y la recuperación de las viejas formas de religiosidad europeas en el siglo XIX, dentro del movimiento romántico, en el contexto de profundizar en la cultura y las raíces de los pueblos. El Romanticismo fue una exaltación de lo nacional frente a lo universal, en todos los aspectos, y ello llevó a que se retomara un gran interés por las viejas formas de espiritualidad.
Es en el siglo XIX cuando surge la Etenería o Etenismo, castellanización del término inglés Heathenry, derivado de heathen, término que he explicado anteriormente. Surge dentro del movimiento romántico alemán y escandinavo, así como en el contexto del “revival” vikingo de la Inglaterra victoriana. El estudio de los pueblos germánicos y el nacionalismo, plasmado en el arte y en la música, sobre todo en la obra de Richard Wagner, impulsó notablemente la recuperación del viejo politeísmo germánico, pero mezclado con el esoterismo, el misticismo y una gran variedad de corrientes ocultistas. En estos tiempos, había una sed de conocimiento, pero después de siglos de persecución cristiana, la vieja religión estaba muy mezclada con otras cosas. Al tiempo que se inicia un movimiento para recuperar el paganismo germánico, ocurre lo mismo con otras religiones nativas europeas, siendo el siglo XIX el periodo en el que surge el Druidismo a partir del politeísmo celta, el Rodismo a partir del politeísmo eslavo, la Romuva y la Dietruba, a partir del politeísmo báltico o el Dodecateísmo a partir del politeísmo griego.
La primera vez que se emplea la palabra “Ásatrú” es en la ópera Olaf Trygvason del compositor noruego Edvard Hagerup Grieg, en 1870. Es una etapa que podríamos llamar de proto-Odinismo, puesto que la religión aún no estaba conformada como tal, estaba empezando a aflorar en medio de las brumas y todavía con una grandísima contaminación judeocristiana. A finales del siglo XIX, dentro del ocultismo y el esoterismo alemanes, nació la ariosofía en Austria, como un sistema ideológico esotérico que mezclaba muchos elementos, entre ellos runas y elementos paganos germanos, pero con un significado muy distorsionado. Uno de sus impulsores, Guido von List, uso el nombre de wotanismo para esta corriente. El wotanismo sería la base del misticismo nazi durante los años 30 del siglo XX, mezclándose con ideas supremacistas y siendo posteriormente, tras la II Guerra Mundial, retomado e impulsado por David Lane. En medio de ese caldo de cultivo en el que se mezclaba esoterismo y ocultismo, cristianismo heterodoxo y un intento de recuperación de la vieja religión germánica, es cuando nace en Australia la Iglesia Anglicana de Odín, también con un carácter más supremacista que religioso, impulsada por Alexander Rud Mills. Rud Mills era un militante de extrema derecha cuyas ideas religiosas eran una mezcla entre el cristianismo, el esoterismo y el paganismo germánico, que sin embargo escribió muchos artículos relacionados con el odinismo. Del mismo modo que en este proto-odinismo nos encontramos figuras de extrema derecha como Rud Mills, también hay que destacar al escritor alemán Ludwig Fahrenkrog, fundador de la Deutscher Bund für Persönlichkeitskultur que impulsó la recuperación de la religión germánica pre-cristiana, siendo su obra censurada por el III Reich, en 1934.
Pero sin duda la figura fundamental del odinismo, tal y como lo conocemos ahora, es la danesa Else Christensen, la Madre Folk. Else, perseguida junto a su marido tras la ocupación nazi de Dinamarca y refugiada después en Canadá, tuvo conocimiento en los años 60 de la obra del proto-odinista Rud Mills, y leyó su obra La llamada de Nuestra Vieja Religión Nórdica, lo que le llevó a conocer a su viuda en Australia, creando en 1969 el Grupo de Estudios Odinistas, posteriormente llamado Hermandad Odinista. Else Christensen, a través de su informativo The Odinist, fue la gran impulsora del Odinismo moderno, tal y como lo entendemos hoy, razón por la que está considerada como la gran Madre del Odinismo.
El impulso de Else y de la Hermandad Odinista fue lo que posibilitó el que desde los años 70 fueran surgiendo confesiones nacionales en casi todos los países. En 1972 se fundaba la Ásatrúarfélagið en Islandia, impulsada por Sveinbjörn Beinteinsson, reconocida por el Estado islandés al año siguiente, siendo la primera confesión odinista reconocida por un Estado soberano en el mundo, precisamente en Islandia, el último país en abandonar de forma oficial la vieja religión germánica en el año 1000. En 1973 se fundaría el Odinic Rite en Inglaterra y en 1974 la Ásatrú Free Assambley en Estados Unidos, impulsada por Steve McNallen. En lo referente a nuestro país, en 1981 se funda el Círculo Odinista Español, impulsado por Ernesto García, precursor de la actual Comunidad Odinista de España. La restauración y reconocimiento oficial de la vieja fe puso fin a 1600 años de persecución, pero lógicamente no es el final del camino.

ACTUALIDAD
La religión es algo vivo y, como hemos ido viendo, nuestra fe tuvo que pasar un largo invierno de persecución, pero no llegó a morir nunca. Del Odinismo han surgido, como es normal, varias tendencias, destacando el Ásatrú y el Vanatrú, como las principales variantes. Si hace un siglo estábamos saliendo de las brumas, hoy ya somos una religión consolidada, aunque minoritaria, como si nuestros dioses, que nunca llegaron a morir, hubieran comido otro bocado de la manzana de Idunn y tras ese largo invierno, por fin, volviese la primavera. No hay que borrar los 1600 años de cristianización de Europa, porque como en otras ocasiones he dicho, bajo el barniz cristiano estaba el alma europea latente. Se trata sencillamente de re-europeizar Europa, de eliminar lo extraño, lo que nos fue impuesto, y restaurar lo nuestro.
Recrear no es hacer arqueología de la fe y pretender copiar lo que hacían nuestros antepasados en el siglo X como si nada hubiese pasado. Es, como la palabra indica, re-crear, volver a crear, pero desde el conocimiento y desde la tradición que nos ha llegado. Somos un puñado de fieles, pero del mismo modo que aunque sólo unos cuantos cristianos vayan a misa los domingos la cultura cristiana es mucho más amplia, nuestra cultura odinista se proyecta más allá de las creencias.
La literatura, la música, el arte… todo está impregnado de nuestros valores. Mucha gente, aunque quizás no sabe ponerle nombre, tiene los viejos valores nativos europeos en su corazón, pese al lastre del cristianismo. Los valores pueden haberle llegado porque le gustan los videojuegos o juegos de rol basados en la mitología nórdica, porque le gustan grupos de heavy metal como Manowar o el viking metal, porque le gusta el neo folk, porque le gusta la literatura y se ha leído las Eddas o alguna saga, porque le gusta la recreación histórica o la historia en general, porque le gusta la esgrima medieval… nosotros no somos ni hemos sido nunca proselitistas, precisamente nuestra fe se basa en que es propia de un pueblo por lo que no pretendemos “convertir” a nadie, somos lo contrario al universalismo, no hay nada parecido a la evangelización en nuestro credo.
Pero sin embargo si podemos, y debemos, extender nuestros valores, dar ejemplo a la sociedad, crear clanes y comunidades fuertes que funcionen de otra manera y servir de luz, ser una antorcha en medio de un mundo de oscurantismo en el que ya no es el enemigo el cristianismo, puesto de rodillas, sino el materialismo anti-religioso y la crítica destructiva que hace de la civilización occidental, preparando la entrada de un enemigo joven y fanatizado, como hace mil años eran los cristianos y de la misma raíz abrahámica: el islam. La Modernidad, el individualismo liberal, el materialismo, el marxismo cultural y las ideologías que han partido de él, es lo que realmente nos supone una amenaza hoy. Todo ello, bajo la gran mentira del universalismo, la globalización, la multiculturalidad.
La guerra hoy es entre quienes quieren una humanidad sin alma, mestiza, con una cultura global, con un idioma global, individual, sin ningún tipo de sentimiento de identidad, de sentimiento comunitario… en otras palabras, una humanidad anti-humana; frente a los que defendemos que cada pueblo, cada etnia, debe mantener su tradición, sus costumbres, y relacionarnos los unos con los otros en pie de igualdad. Los que no queremos conquistar a nadie, ni someter a nadie, pero por lo mismo tampoco nos vamos a dejar conquistar y someter por nadie. Los que no queremos ser esclavos ni tampoco amos.
Esa guerra se libra en muchos frentes, el cultural, el ideológico, el político… pero el principal de todos, el pilar que nos puede hacer vencer, es el espiritual. Quienes desean dominar a la Humanidad nos pueden quitar todos los bienes materiales que quieran, nos pueden perseguir y hasta matar. Pero no nos pueden quitar el alma, salvo que renunciemos a esa parte de nosotros, salvo que aceptemos su concepción materialista de la existencia. Por eso es importante conocer nuestras raíces, saber que el odinismo y las religiones nativas de hoy, tanto en Europa como en toda la Tierra, tienen un origen ancestral milenario, llegar hasta lo más profundo de nuestra alma y del alma de nuestro pueblo para conocerlo, para amarlo, que a fin de cuentas, es amarnos a nosotros mismos. Ese amor propio, a la propia identidad, es lo que no quieren que tengamos.
Somos algo vivo, no somos algo del pasado sino del presente y de lo que seamos capaces de construir, pero hemos recogido un legado milenario y nuestra obligación es dejárselo a nuestros hijos, mejor y más grande de lo que lo hemos recibido. Nuestra civilización no puede perderse en el olvido, no dejemos que talen nuestras raíces.

José Manuel 
Jarl de Fauces de Tormenta y Delegado de la Comunidad Odinista de España en Andalucía

IDENTIDAD Y AMOR PROPIO: ÚNICOS GARANTES DE LA LIBERTAD

198243_1753979700705_5017405_nEl ser humano es libre por naturaleza, como el resto de los animales. El sometimiento de unos seres humanos por otros es antinatural, ya sea un sometimiento económico, político, de género… o el más perverso de todos, el ideológico, pues en este último, el hombre es esclavo pero no es capaz de ver sus cadenas y piensa que es libre. Así mismo, el ser humano es tribal por naturaleza. Como animales sociales que somos, nos sentimos parte de un grupo, de una comunidad, desde la familia hasta la nación, pasando por el clan y la tribu, tenemos el sentimiento de pertenencia arraigado porque es lo que nos permite sobrevivir como especie. Necesitamos que haya un “Otros” para poder afirmar el “Yo”, ya sea un Yo individual, o un Nosotros colectivo. La identidad y el amor propio son pues tan naturales como el lenguaje o como el bipedismo, una persona no puede ser libre sino pertenece a una comunidad libre. Sin embargo desde siempre ha habido gente o grupos que han tratado de romper este equilibrio natural en el que el ser humano no sirve a nadie ni tampoco es amo de nadie, este estado natural cuya expresión en el gobierno es la anarquía. Desde los albores de la Humanidad, ha habido grupos o individuos que han pretendido dominar a sus semejantes, rompiendo el orden natural de las cosas. La esclavitud consiste en reducir a los semejantes a simples cosas, instrumentos, “cosas que hablan”, como les llamaban las primeras civilizaciones mesopotámicas. Es decir, un esclavo deja de ser una persona y se convierte en “mano de obra”, en un factor productivo, en un número, fácilmente reemplazable por otro. Esta dominación ha ido evolucionando desde el surgimiento del Estado, legitimación política de esta dominación antihumana y antinatural, pasando desde el esclavismo al feudalismo y de este al capitalismo, siendo cada vez mayor la dominación, pero más sutil para los dominados. De las cadenas de la esclavitud se pasa a la servidumbre y de esta al trabajo asalariado, que en teoría es fruto del “libre mercado”, un trabajador trabaja a cambio de un salario porque ha pactado “libremente” esas condiciones con quien lo contrata, dentro del “libre mercado”. Nunca se habían llenado tanto la boca con la Libertad aquellos que la cercenan.

Hay que tener en cuenta que tenemos, a mi parecer, una triple esencia como humanos. Desde el punto de vista biológico, somos homo sapiens, desde el punto de vista cultural somos personas y desde el punto de vista espiritual, tenemos un alma. Estas tres naturalezas se dan simultáneamente y a la vez, nuestra estirpe se compone de las tres cosas pues las vamos transmitiendo. Desde el punto de vista biológico, nuestros hijos llevan nuestra sangre del mismo modo que nosotros llevamos la sangre de nuestros antepasados, todo ser vivo aspira a reproducirse para que la especie no se extinga. La pertenencia a un pueblo nos hace pertenecer a una cultura, la cual también transmitimos a nuestros descendientes, pues sin la cultura y sin su perpetuación, la tradición, el ser humano tendría que estar inventando continuamente la rueda o aprendiendo a manejar el fuego. Aunque biológicamente exista un grupo humano, si su cultura se pierde, dejará de ser un pueblo. Si una persona nunca conoce a sus padres o hermanos, aunque lleve su sangre, no sabrá que son su familia. Por último, nuestra alma es parte del espíritu colectivo de nuestra comunidad, la unión con nuestro pueblo, con nuestro linaje, con nuestra estirpe, no es solo material, sino que es una conexión mucho más profunda. Estamos conectados espiritualmente con nuestros antepasados del mismo modo que estamos conectados con la Tierra y con todo el cosmos.

1006257_553488858030445_2013196594_nEsta triple naturaleza también está en la Divinidad, pues los poderes sagrados desde un punto de vista espiritual, pueden sentirse, están con nosotros, son parte de nosotros o nosotros parte de ellos, según se quiera entender; desde el punto de vista cultural, los dioses son un arquetipo, un reflejo de la cultura y la mentalidad del pueblo que los adora, que percibe espiritualmente los poderes sagrados, y crea culturalmente a los dioses; y desde un punto de vista material entendemos que los dioses son intangibles en este plano de la realidad en el que existe la materia, pero han de ser tangibles en otro. Intuimos a los dioses, del mismo modo que intuimos que existen más dimensiones que aquellas que nuestros sentidos perciben, del mismo modo que intuimos conceptos como el infinito, que no podemos imaginar con la razón humana. Por lo tanto, para dominar al ser humano, aquellos enemigos de la Humanidad que a lo largo de la Historia han pretendido hacerlo, han pretendido siempre eliminar su parte cultural y espiritual, para quedarse sólo con su parte biológica, con su fuerza de trabajo, como una simple bestia de carga, como una mano de obra que se puede conducir al matadero. Reducir al ser humano a su aspecto material es cercenar lo que tiene la persona de sagrada, es mutilar su naturaleza. Por eso, cuando un grupo que pretende dominar al resto tiene la fuerza suficiente para hacerlo, crea el Estado y crea una estructura ideológica de dominación, consciente de que es la dominación más perfecta que existe. Al esclavo, primero hay que arrebatarle su identidad y su amor propio, para que sea dócil, para que esté domesticado y obedezca al amo. Sino tiene conciencia de lo que es, no podrá levantarse contra lo que no conoce, si se siente un número, una bestia, se limitará a trabajar y servir a su amo para perpetuar su miserable existencia, pasando los años enriqueciendo a otros que lo empobrecen a él, para finalmente morir. Nacer, servir y morir, esa es la miserable existencia de un esclavo, que pasa por esta vida sin pena ni gloria, inculto y transmitiendo esa incultura a sus descendientes, servil y transmitiendo su servilismo a sus descendientes, reducido sólo a su aspecto material.

El Estado, aunque como hemos visto, es contrario al orden natural; a la anarquía (los lobos, los elefantes, los leones, los pájaros… no tienen Estados y sus sociedades están organizadas, por lo que lo no debemos confundir que una comunidad se organice políticamente, con un Estado) siempre se legitima como garante del “orden”. La razón es que cualquier Estado, ya sea esclavista, feudal, capitalista… nace siempre en un momento de caos. El caos es la degeneración política de la anarquía. En un estado de anarquía no hay violencia generalizada, puesto que la sociedad tiene mecanismos para solucionar los conflictos. Sin embargo cuando los grupos son más grandes que unos 200 individuos, se hace necesaria una organización y si esta falla, lo que se produce es el caos y en medio del caos, se produce la violencia. Cuando uno de los grupos que lucha por dominar al resto se impone, surge el Estado, no porque se restablezca el orden (es decir, la anarquía) sino porque ese grupo ejerce el monopolio de la violencia como elemento de dominio. Las sociedades estatales solo aceptan la violencia ejercida por parte del Estado como violencia legítima, el resto es terrorismo, delincuencia…

Si analizamos la Historia podemos ver que todos los Estados han surgido después de una época de caos. Los primeros Estados surgen cuando las sociedades prehistóricas, organizadas en tribus, en clanes… que se unían federalmente entre sí, degeneran por el motivo que sea (probablemente, por una crisis económica o simplemente por la acción negligente de sus líderes, que eran unos primus inter pares en estos momentos) y se produce el caos. En medio del caos, el Estado encarnado en el príncipe, establece el orden, que no es el orden natural, sino un orden artificial, ficticio, que en el fondo es el dominio de esa facción o ese individuo. Se establece la paz, pero la paz del cementerio. Lo mismo ocurre con los Estados feudales, surgidos del colapso del Estado esclavista, siendo el capitalismo una evolución del feudalismo, dentro de la corriente de privatizar el Estado. Una cosa es abolir el Estado mediante su colectivización, y otra abolirlo mediante su privatización, siendo en el segundo caso el resultado de que los grupos que dominan a la sociedad ya se sienten tan fuertes que no necesitan siquiera el parapeto ideológico del Estado para dominar al resto. El llamado anarco-capitalismo no es restablecer el orden natural anarquista, puesto que habría dominación de unos sobre otros, en este caso, organizados en corporaciones para dominar a sus semejantes, que serían como Estados privados.

046Los Estados liberales actuales, al servicio de la burguesía, que simplemente desplazan a la nobleza y el clero como clases dominantes, surgen del caos, de lo que se llamó “el terror” durante la Revolución Francesa y que, maliciosamente, en lugar de llamarle por su nombre, el caos, se le llamo “anarquía”, para legitimar que el Estado napoleónico, lo que venía a establecer era el orden. Los mal llamados Estados comunistas, que no son sino Estados capitalistas pero con otra variante del capitalismo, también surgen del caos, en este caso, del “terror rojo” de la Revolución Rusa. En definitiva cualquier Estado en el que pensemos, siempre tendrá su origen en la dominación de un grupo del resto de la sociedad, y su triunfo se produce en medio del caos. Por eso, cuando no existe, lo primero que se hace es provocar el caos, ya sea agitando a las masas, ya sea dando un golpe de Estado… el actual Estado español surge del caos de la guerra civil de 1936, aunque fuese reformado en 1978. Cuando un grupo domina a su propio pueblo, lo que crea es un Estado. Cuando, además de a su propio pueblo, domina a otros, lo que surge es un Imperio. Esto es así desde la Antigüedad, con los Imperios de Mesopotamia, de Egipto, el Imperio de Alejandro Magno, el Imperio Romano… será igual con los imperios coloniales y hoy en día, esos imperios, más que políticos, son económicos. Los bancos alemanes dominan a los bancos españoles, y los bancos españoles son los que financian a los partidos políticos, por lo tanto, controlan en la sombra el Gobierno de España. En la práctica somos una colonia, pero mucho más sutilmente que antes. El capitalismo global actual es el sistema de dominación más perfecto de los existentes hasta la fecha y su principal estrategia es acabar con la identidad y la cultura, que todos vistamos igual, hablemos la misma lengua, escuchemos la misma música, veamos los mismos programas, comamos la misma comida… y de esa forma perdamos nuestra identidad y seamos más fácilmente dominables, pues si se pierde la identidad, se pierde el amor propio.

Llegados a este punto, cabe preguntarse ¿cómo aprendió el hombre a dominar a otros hombres? Sin duda fue un proceso largo a través de los siglos, que comienza en el Neolítico y cristaliza con la aparición del Estado. Desde entonces, lo que ha hecho es perfeccionarse para que la dominación sea más perfecta y más sutil. El primero de estos pasos, fue dominar a otros animales. El ser humano en el Paleolítico cazaba para sobrevivir y tenía un gran respeto hacia el resto de animales, se cubría con sus pieles y representaba a los poderes sagrados como animales, asombrado por la fuerza de estos. Supo darse cuenta, intuir, que los animales tenían alma como él, y los albores de la religión son precisamente esto, el animismo. Es la religión más primitiva de todas, el intuir que todas las cosas tienen un espíritu y que hay grandes espíritus en la Naturaleza que, cuando la cultura se desarrolle, cada pueblo entenderá a su manera y surgirán los Dioses.

Esto quiere decir que hace miles de años, el respeto hacia el resto de animales era absoluto. El ser humano se sentía como lo que es, como un animal más. Respetaba las plantas, a los animales… en definitiva respetaba a la Naturaleza, consciente de que es parte de ella y de que el equilibrio natural es lo que hace que exista la vida, que roto el equilibrio, el hombre podría extinguirse como especie. La relación entre el ser humano y los demás animales, era en aquel momento la natural, es decir, de simbiosis. Lo que hoy llamaríamos mascotas o animales de compañía tenían esa relación con los hombres. Un cachorro de lobo, criado entre hombres, al crecer defendería a su familia, y así surgen los animales domésticos. El ser humano obtenía así protección, defensa… y el animal, alimento y protección del humano. No era una relación “amo-mascota”, el hombre no era dueño del animal, era su compañero. La amistad y el amor sincero entre hombres y animales, es algo que cualquier persona que conviva con animales conoce. Del mismo modo, a la hora de cazar, el hombre como animal carnívoro cazaba a otros animales para comer y se surtía de su piel, de sus huesos… de todo lo que pudiera aprovechar del animal, en cierto sentido, su alma, su espíritu, era absorbido por el hombre. Matar a un animal para comer, por necesidad, era entendido como un sacrificio: había que entregar una vida para mantener otras. Así funciona en la naturaleza, unos comen y otros son comidos. El respeto pues, por los animales, era absoluto. La idea de miles de animales enjaulados, sobrealimentados, hormonados y llevados a mataderos industriales para ser procesados como un mero producto de consumo, despojados de su dignidad, probablemente habría hecho vomitar a un cazador del Paleolítico. Cuando el ser humano sintió carencias y necesidad de más alimento, por crecer su población, desarrolla la agricultura y la ganadería, frente a la recolección y la caza tradicionales. Es en este momento cuando surge el Neolítico y el hombre se hace sedentario, en la revolución más grande y transcendente de la Historia de la Humanidad. Sin embargo en este momento la relación de simbiosis se ve truncada y los animales empiezan a ser cosificados. Es en ese momento cuando se cruza artificialmente a unas razas con otras, en un proceso de ingeniería genética, que da como resultado razas más “domesticables”. Este mismo proceso que ahora los enemigos de la Humanidad pretenden hacer con los seres humanos.

Ovejas lobosNo es que la ganadería sea mala, no se malinterpreten mis palabras, lo que es perverso es el cómo se trata a los animales, que poco a poco dejan de ser vistos como iguales y pasan a ser mercancía. Como ganado es como tratan de tratarnos a los seres humanos ahora. Cuando el ser humano aprendió a dominar a otras especies animales, dio el primer paso en su aprendizaje de dominación para dominar a individuos de su propia especie. El siguiente paso fue aprender a dominar a uno de los sexos. Cuando las sociedades humanas, ya estratificadas y jerarquizadas, pero aún no estatales, desarrollaron el sistema que se ha ido llamar patriarcal, se produce una cosificación de la mujer como antes se había producido de los animales. Es el paso decisivo en el que el ser humano aprende a dominar a un individuo de su misma especie, por lo que la dominación de la mujer es el origen de todas las dominaciones sociales, desde las de clase hasta las dominaciones imperialistas sobre otros pueblos. Ahora bien, la culpa de esta dominación no es del varón, es del grupo dominante que somete a la mujer.

Este sometimiento no es exclusivamente por la fuerza, sino que se crea una estructura ideológica para dominar a la mujer, para domesticarla, como se había hecho con los animales. El maltrato a la mujer es consecuencia del sadismo de algunos individuos, del mismo modo que el maltrato a los animales, pero es la consecuencia de una ideología que menosprecia a la hembra, la cual pasa a ser propiedad del varón, en lugar de ser lo que había sido anteriormente, su compañera. Al igual que con los animales, se pasa de una relación de simbiosis entre los dos sexos, a una relación de dominación, totalmente antinatural. Llegados a este punto, conviene aclarar una cosa. El hombre y la mujer no son iguales, del mismo modo que el ser humano no es igual que el resto de animales. Esta desigualdad no implica superioridad de un sexo sobre el otro, sencillamente es algo natural, se llama dimorfismo sexual, es propia de nuestra especie y de otras muchas. Las teorías feministas radicales, en el fondo, lo que provocan es un antagonismo falso entre hombres y mujeres, porque pretenden masculinizar a las mujeres y feminizar a los hombres, enfrentar a los sexos cuando ambos son complementarios y no es el varón el opresor de la mujer, como no es el ser humano el opresor de otros animales, ni el hombre blanco el opresor de otras razas, es el sistema de dominación instaurado el que domina a unos y a otros. En lugar de acabar con la dominación de la mujer, pretenden crear una guerra de sexos cuando no la supremacía de la hembra, el hembrismo, tan antinatural y asqueroso como el machismo. Hombres y mujeres somos equivalentes, es decir, valemos lo mismo, y como tal merecemos la misma dignidad y los mismos derechos, pero no somos iguales. Si lo fuéramos, la reproducción sería imposible, entre otras cosas.

Así mismo, yo rechazo las teorías animalistas radicales, el veganismo llevado al extremo de considerar asesinos a los que comemos carne y otras tantas estupideces que suelen decir. Considerar iguales a los animales, en un sentido total, y por lo tanto, depositarios de los mismos derechos que el ser humano, no tiene ningún sentido, pero menos aún lo tiene comparar lo que ellos llaman “especismo” con el racismo. Nos llevaría al absurdo, si obráramos de esa forma, de legalizar la zoofilia (sino hay discriminación entre especies, nadie tendría derecho a negarle a un hombre el derecho de amar a una cierva y querer hacerle el amor, mientras la cierva no niegue el consentimiento, que entonces sería una violación, claro), concederles derechos políticos a los perros, aunque quizás nos iría mejor con un Presidente del Gobierno que fuese un gato o un caballo… y por supuesto, condenar por asesinato a cada león que cace a una gacela. Entiendo que haya gente vegetariana o vegana porque rechaza las condiciones en las que son tratados los animales y no quiere ser cómplice de ello. Lo respeto, aunque no lo comparto, pues creo que no soluciona el problema de la alimentación y, hasta que podamos solucionarlo, si nos ponemos a pensar en la moralidad de lo que consumimos, no consumiríamos tampoco plantas ni prácticamente podríamos consumir nada. Rechazo las teorías animalistas radicales, como las teorías feministas radicales (no así el feminismo del siglo XIX, de las sufragistas, de Seneca Falls, de Olimpia de Gouges, de Clara Campoamor… y de tantas otras, ni movimientos animalistas como los destinados a abolir la tauromaquia o el maltrato animal y tantas salvajadas que se hacen, a día de hoy, contra los animales, fruto del sadismo y el garrulismo de las masas embrutecidas) del mismo modo que rechazo abolir el Estado poniendo bombas, porque lo que saldría de ahí no sería el fin de la dominación, sino el caos, embrión de una dominación mayor o de diferente cariz, pero de la misma naturaleza.

Volviendo a la dominación de las mujeres, lo realmente interesante es preguntarse por qué se produce, cosa que raramente se suelen preguntar las feministas, más preocupadas de lo superficial o de destrozar el lenguaje con feminismos artificiales como “médica”, “presidenta”, “jueza”…, cuando no de criminalizar al varón, que de ir a la raíz del problema. En un primer momento, es lógico que existiese y que exista, cierto paternalismo hacia las mujeres, por la sencilla razón de que son ellas las que pueden parir. Dotadas de menor fuerza física pero de mayor resistencia al dolor, la capacidad reproductiva de las mujeres también es menor que la de los hombres (una mujer puede parir un número limitado de hijos sanos y cada parto la deteriora y, sobre todo en las condiciones sanitarias del Paleolítico, pone su vida en riesgo; mientras que el hombre puede inseminar a cuantas hembras sea capaz de cortejar, pudiendo tener, en el plano teórico, cientos o miles de hijos). Esto hizo que en los primeros grupos humanos la mujer se dedicase a la recolección pero no se la expusiese al peligro de la caza.

mujer-prehistoricaRecolectando y cuidando a los hijos, una mujer podía ser atacada por cualquier animal, pero sin duda era un riesgo mucho menor que la caza mayor. La mayoría de los recursos de los que el grupo humano vivía, procedían de la recolección. Sin embargo, la caza de un mamut o de una gran pieza, aseguraba la supervivencia para un largo periodo de tiempo, quizás, con un gran animal cazado, el clan tendría carne para todo un invierno. Esto hizo que el cazador tuviera, con el paso del tiempo, más prestigio social que la recolectora. Cuando se producen los primeros enfrentamientos entre grupos humanos, cuando nace la guerra, serán los cazadores, que saben usar arcos, flechas, lanzas, mazas… los que vayan a la guerra, del mismo modo no se expone a la mujer al riesgo tan alto como ese porque del hecho de tener mujeres fértiles o no tenerlas, depende la supervivencia del grupo. El cazador se convierte en guerrero y el prestigio del guerrero será mayor que el del campesino agricultor, del mismo modo que el cazador tenía más prestigio que la recolectora. Esto, durante milenios, hizo que se construyera la virilidad alrededor de atributos como la fuerza, la habilidad con las armas… mientras que lo femenino se asociara al cuidado de los hijos y a la protección del hogar. Sin embargo, esto era un mero reparto de funciones por las características del grupo humano y por la necesidad de proteger a aquellas que podían alumbrar hijos. El sistema de dominación surge cuando un grupo se da cuenta de que dominar a la mujer es dominar su útero, por lo tanto dominar la “producción de mano de obra”, dando el primer paso para dominar al grupo humano. De esta forma vemos, que la dominación de la mujer es inhumana y que no solo atenta contra el sexo femenino, sino contra los varones también. La estrategia para dominar a las mujeres será la misma que para dominar a los animales, se las domestica, se las menosprecia y se las reduce sólo a su condición de madres o ni tan siquiera eso, de reproductoras, no solo biológicamente, sino reproductoras del orden social y de la ideología imperante, pues son las que educan a los hijos. Cuando la mujer pasa a tener un papel secundario socialmente, deja de ser sacerdotisa, de ocupar posiciones altas en la sociedad… Es el primer paso para la tiranía.

No es casual que cuanto más libre es un pueblo, más igualdad social exista entre hombres y mujeres dentro de este. No hay más que comprar la situación de una mujer asiria con la de una mujer griega o romana, o de una mujer griega con una celta o germana. A día de hoy, una mujer europea con una mujer de Afganistán. De esta forma, una vez el grupo dirigente aprende a dominar a la mujer, el siguiente paso, y usando los mismos métodos, será dominar a los artesanos, los campesinos… creando un sistema de castas, con la casta guerrera y sacerdotal como dominantes. Si antes, cada campesino tenía en una mano el arado y en la otra la espada, siendo guerrero en tiempos de guerra y campesino en tiempos de paz, ahora habrá un ejército mercenario al servicio del líder y se prohibirá a los ciudadanos ir armados, como corresponde a su condición de hombres libres. Si antes la religión era libre, ahora habrá una casta que fije dogmas y domine las conciencias vetando las discrepancias y arrojándose como únicos intérpretes de lo sagrado, cortando la relación natural entre los dioses y los hombres, legitimando religiosamente esta dominación antinatural. Surge el Estado teocrático, que es la expresión de la dominación de unas clases sociales sobre otras. El último paso es que estos Estados conquisten otros pueblos, y dominen sobre ellos, naciendo los Imperios. Esta dominación podemos apreciarla en la religión, pues mientras que un pueblo libre tendrá una relación mucho más cercana con sus dioses, será politeísta y tendrá en sus mitos una visión de su propia cultura y su propia sociedad (los dioses griegos se reúnen en asamblea presididos por Zeus, los dioses germanos se reúnen en thing presididos por Odín…), a medida que la dominación esté más implantada, se presentará una visión cada vez más deformada de los dioses, a los que los hombres ya no adoran desde una perspectiva cercana, sino porque los temen y, finalmente, se dará el paso definitivo que es reflejo religioso de la mayor de las tiranías en lo político, el monoteísmo.

Además de las creencias, la filosofía y los valores que transmite, hay que tener en cuenta que una religión es, y sobre todo era, antes de la aparición del monoteísmo, una cuestión identitaria. Las religiones eran étnicas, propias de cada pueblo, por lo que, aparte de implantar la ideología que legitima la dominación, el monoteísmo tenía como misión, quizás más importante, acabar con la identidad de los pueblos. Más importante que el hecho de si la Divinidad es múltiple o existe un Dios único con muchas formas, que sería un debate filosófico o teológico, el monoteísmo recalca que ese Dios único es universal y que todos los demás dioses o bien son demonios o bien son santos. Sino puede asimilarlos, los combate. Por lo tanto, los que adoran a otros dioses que son ese supuesto Dios único, están equivocados y hay que convencerlos de que abandonen “el mal camino” y adoren al Dios único y verdadero, que es “el camino, la verdad y la vida”.

La manera de convencer a los demás de que abandonen sus creencias por la fe “verdadera”, es primero asustarlos, creando el concepto de pecado y del miedo al Infierno, o dicho de otro modo, el concepto de salvación. Solo se salvarán aquellos que sigan “el buen camino”, que sólo es uno, llevando los demás a la condenación. Si esto no funciona, se inventa la “guerra santa” y se conquista a punta de espada lo que es imposible de conquistar mediante la razón. Todos los Imperios trataron de implantar el monoteísmo cuando una crisis hizo que su poder coercitivo normal se tambaleara, conscientes de que es mucho más efectivo dominar a la gente mediante la conciencia que mediante la fuerza, ya que mediante la fuerza, el dominado puede, en un momento dado, tener más fuerza que tú y levantarse, pero difícilmente se va a levantar contra sí mismo si está convencido de que el orden social es justo y sobre todo, es voluntad divina. Así pues, el Imperio Egipcio trató de crear lo que podíamos llamar el Atenismo, el culto a Atón. La llamada, dado que fracasó, “herejía de Amarna”, pero que de haber triunfado, hubiera sido la “ortodoxia”. Sin embargo el pueblo que implantó por primera vez un monoteísmo fue el pueblo hebreo, creando el judaísmo. El pueblo hebreo, como todos los pueblos de Mesopotamia, eran politeístas en sus comienzos. La Biblia está llena de referencias a que los israelitas adoraban a muchos dioses, pero en un momento dado el clero de uno de ellos, Yavhé, se volvió más fuerte e implantó una monolatría, paso previo al monoteísmo, que existen varios dioses, pero sólo se debe rezar a uno. Es entonces cuando se escribe el Antiguo Testamento, y obviamente se llamará “ídolos” o se tachará de dioses extranjeros al resto de dioses que adoraban los israelitas, pero el texto bíblico está lleno de referencias, eso sí, indignándose por ello, de que se adoraba a otros dioses en el Templo de Jerusalén. El yavismo, la monolatría de Yavhé, convierte a Yavhé en el dios nacional de Israel, pero no es propiamente un monoteísmo, pues considera que el resto de pueblos tienen sus dioses. Cuando se fijan unos dogmas, cuando ese yavismo se convierte en una religión revelada (atribuyendo a Moisés esta revelación), nace el judaísmo, influido por el atenismo en sus vecinos egipcios y por el mazdeísmo de sus vecinos persas. Al ser una religión del Medio Oriente, de la misma raíz que la babilonia, sumeria, asiria… el concepto de pecado, de salvación, la visión maniquea entre el bien y el mal y toda la mitología judía será la misma, aunque adaptada al monoteísmo, que la de sus vecinos, mucho más poderosos que ellos, que eran una insignificante nación de pastores entre grandes imperios.

judaismo-7El judaísmo nace para legitimar el orden social, en cierta medida liberador, de Nehemías y Esdrás, pero legitima otros aspectos de ese orden social, como la dominación de la mujer y elimina a la Diosa Madre hebrea, Ashera, equivalente hebrea a la Astarté cananea, a la Isthar babilonia, a la Aset egipcia (llamada Isis por los griegos y romanos) o a la Innana sumeria. También legitima la hierocracia, el gobierno de la casta sacerdotal, por lo que no hay reyes divinizados ni reyes por la gracia de Dios, sino que el pueblo de Israel es el “pueblo elegido” que hace una alianza, un pacto, con Dios… cuyos intérpretes, son los sacerdotes. Esto no hubiera tenido mayor transcendencia histórica sino fuera porque un hombre, Pablo de Tarso, judío con ciudadanía romana, el cual, entre otras cosas, era un completo misógino, decide convertirse a una de las sectas judías, la de los nazarenos, pero ve en ella una posible religión del Imperio. Es en ese momento cuando se admite que los gentiles pueden ser nazarenos, rompiendo el concepto étnico e identitario de la religión judía, y cuando el profeta de esta secta, Yeshua ben Yosef, considerado Mesías, es llamado “ungido” en griego, Χριστός (Cristós) y se inventa el dogma de la Resurrección, que hasta entonces no existía. Esta secta pasa a llamarse cristianismo (aunque más bien habría que llamarlos paulistas, pues es Pablo de Tarso el que transforma la secta de los nazarenos hasta convertirlos en una religión diferente) y se diviniza a Yeshua ben Yosef, es decir, Jesús hijo de José, o Jesús de Nazaret (de ahí el nombre de nazarenos), rompiendo con el judaísmo. Si hablamos de Roma hemos de decir que, políticamente, el Imperio es una degeneración de la República. Cuando, como siglos antes les había pasado a los egipcios, se produce una crisis que hace tambalear esa estructura de dominación que era el Imperio, se tratará de tender hacia el monoteísmo. El intento de divinizar a los Césares, el culto al Divino Augusto, es el primer paso. El culto solar a Helios como único dios, persiguiendo el culto a los demás dioses, fracasó durante el reinado de Heliogábalo, pero es un calco de lo que intentó hacer Akhenatón en Egipto.

El Imperio Romano, como todos los Imperios, fue un Estado que, aparte de dominar a su propio pueblo, los romanos, dominó a muchos otros (celtas, germanos, egipcios, númidas, griegos…) por lo que era necesario una ideología que legitimase ese dominio y esa unidad imperial que, a diferencia de una unión federal (como eran las confederaciones tribales celtas o germanas, o las ligas griegas contra los persas) se basaba en la fuerza. Que todos hablasen la misma lengua, el latín, y adorasen a un mismo dios, era la forma de borrar la identidad de estos pueblos, para que fuesen súbditos del Imperio. Lo primero se había producido de forma natural, el latín se había ido imponiendo por ser la lengua oficial, aunque el griego y otras, en menor medida, se seguían hablando. En cambio, lo referente a la religión, sería más complicado de lograr. En el siglo III se produjeron muchas influencias orientales en el Imperio, puesto que políticamente ya se parecía más al despotismo oriental de los imperios asiáticos que a la forma política tradicional de los pueblos europeos, siempre mucho más libres. Aparte del ceremonial entorno al César, que pasó de ser el Princeps a ser el Dominus, se divinizó su figura mucho más. Muchos dioses orientales, como Mitra o Cibeles, empiezan a ser adorados en el Imperio… y lo mismo ocurre con el cristianismo, pues había judíos dispersos por todo el Imperio, y fue cuestión de tiempo que las sinagogas cristianas admitiesen a gentiles y, en un momento de miseria, se valiesen de la “caridad cristiana” (que en aquel momento, era solo entre los cristianos) para que todos los hambrientos se bautizaran a cambio comida u otras asistencias sociales.

Tras el concilio de Nicea, se fija la ortodoxia católica, es decir, universal y se convierte el cristianismo en la religión oficial del Imperio, en un claro intento de eliminar la identidad de los pueblos que dominaban. Ser romano pasó a ser sinónimo de ser cristiano, pues el cristianismo se romanizó y adoptó las formas y la liturgia de la religión romana. Dicho de otro modo, el cristianismo romano del siglo IV no era sino la judaización de la religión romana. En el arte paleocristiano se aprecia perfectamente esto. Por eso los pueblos germanos, para entrar el Imperio, tendrán que adoptar el cristianismo… pero muchos de ellos, como los visigodos, se harán arrianos y no católicos, pues de esta forma mantuvieron su identidad dentro del Imperio. Como lo natural en el ser humano es el tribalismo, es tener una identidad, el intento homogeneizador de una sola religión universal fracasó. La idea “un Dios, un Imperio y un Emperador” se quebró cuando el Imperio Romano quedó dividido en dos. Cuando cae el Imperio de Occidente, le sucede la Iglesia de Roma. Los obispos suceden a los funcionarios civiles y el Papa al Emperador y la cultura de Roma, aunque judaizada, sobrevive en los monasterios. No es casual que el primer cisma cristiano sea entre Oriente y Occidente, entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa.

Así pues, una de las vertientes orientales del cristianismo unitario, frente al trinitario oficial, será la que con el tiempo derive en Arabia al Islam, que nace con la misma intención, legitimar un gran Imperio y eliminar la identidad de los pueblos, empezando por el propio pueblo árabe, pues el islamismo arrasa a los dioses árabes y solo tendrá respeto por las “gentes del Libro”, es decir, cristianos, judíos y mazdeístas, los otros dos monoteísmos abrahámicos y el monoteísmo persa, pero arrasando a los llamados paganos allí donde los encuentra. El monoteísmo pues era el primer paso para acabar con la cultura de los pueblos, siendo el siguiente paso el individualismo propio del capitalismo liberal, que pretende acabar con el sentido comunitario y el materialismo tanto del capitalismo como de ideologías supuestamente anticapitalistas, que son el último paso para acabar con la identidad y reducir al ser humano a un simple factor en la producción, a un miembro más de una cadena de montaje, sustituible en cualquier momento por otro, en simple mano de obra, en un robot sin alma. Sin embargo como el ser humano es tribal por naturaleza, el intento antinatural del monoteísmo fracasó y el Cristianismo y el Islam han sido simplemente un barniz, muy agresivo a veces, sobre la espiritualidad de los pueblos que ha dominado. Así pues, los árabes han seguido creyendo en genios y convertido en ángeles a los antiguos dioses, y los cristianos europeos han seguido celebrando los ciclos naturales y las fiestas tradicionales, solo que cristianizadas. En última instancia, más allá de las implicaciones espirituales, la religión ha seguido siendo, por encima de cualquier otra cosa, un factor identitario.

burcasAsí pues, se asocia lo árabe con lo musulmán, cuando lo cierto es que hay árabes cristianos, agnósticos, ateos… y en menor medida, pero debe haberlos también, los hay que aún creen en los antiguos dioses árabes, con el problema añadido de que, si el cristianismo ha sido un barniz para el alma europea, el islam ha sido como echar ácido al alma árabe, quedando mucho más dañada. Del mismo modo, durante la Edad Media, la Cristiandad, no era otra cosa que Europa. Cuando en España, durante la llamada Reconquista, los reinos del norte defendían la cruz, lo que realmente defendían era la Hispanidad, la Europeidad de esta Península. Cristo era más bien un símbolo, lo realmente importante era la cuestión de la identidad hispanogoda frente al invasor, que tras la fusión entre godos y romanos, unidos por la misma lengua, el mismo código legal y la misma fe, una vez Recaredo se convirtió al catolicismo (que los visigodos se hicieran católicos en Hispania y no antes fue lo que hizo que la fusión entre lo hispanorromano y lo germánico configurase la Hispanidad, siendo esa la matriz cultural de lo que luego sería España) era la fe cristiana el elemento identitario que se asociaba con lo hispano, lo europeo, frente a lo islámico y lo árabe. El mismo ejemplo lo tenemos en el primer cisma de la Iglesia, siendo el cristianismo católico el asociado al Imperio occidental, es decir, un cristianismo sobre un sustrato celta latinizado y germanizado; frente al catolicismo ortodoxo, asociado a lo griego más que a lo latino, y que luego se extenderá a los pueblos eslavos. Sabemos que griegos, romanos, celtas, germanos, eslavos… tenemos un mismo origen, que hace 20.000 años, éramos la misma tribu. Ese origen es la raza europea, pero en el imaginario colectivo medieval, esa unidad se identificaba con la Cristiandad. Por eso hoy muchos europeos defienden el cristianismo como un símbolo de identidad y lo sienten como propio, aunque piensan y actúan como paganos.

En el siglo XVI el protestantismo no será sino el intento de crear Iglesias nacionales, no controladas por el Papado, por lo que tendrá un fuerte componente nacionalista y, una vez más, identitario. En el caso de los países católicos, no se produce el cisma pero se toma el catolicismo como una cuestión nacional, plasmado esto en la aparición de la Iglesia Galicana en Francia o del regalismo en España, que si bien seguirán siendo católicas, querrán ser independientes del Papa. En el caso de España, el catolicismo era una cuestión de Estado más que de fe. Ser católico implicaba, por un lado, no ser moro ni judío. La diferencia entre “cristianos viejos” y “cristianos nuevos” era étnica y una cuestión de identidad, puesto que incluso el Papado recriminaba que iba contra la fe católica hacer tales distinciones. Así mismo, la política exterior del Imperio Español era defender el catolicismo frente al “infiel” turco y los “herejes” de los Países Bajos e Inglaterra, o dicho de otra forma, la supremacía frente al otro imperio mediterráneo (el Imperio Otomano) y el otro imperio atlántico (Gran Bretaña), siendo la religión una mera excusa. El mismo caso lo tenemos en Irlanda, donde el nacionalismo irlandés está asociado al catolicismo mientras que el unionismo lo está al protestantismo, siendo la religión una cuestión de identidad y siendo totalmente secundaria la fe. En el caso de España, los nacionalismos periféricos vasco y catalán, en origen, son una reacción integrista católica frente al liberalismo español, no siendo casual que en ambos territorios tuviera tanta fuerza el carlismo antes de la aparición del nacionalismo. Lo que había de fondo es que el nacionalismo español de raíz liberal era profundamente castellanista, y en ambos territorios, de etnia no castellana y con lenguas diferentes al castellano, surge una reacción identitaria en la que, una vez más, la religión es una excusa. En los países islámicos, la diferencia entre suníes y chiíes suele ser más étnica que religiosa.

Otro caso similar ocurre con los gitanos en España, pues al ser la única etnia no hispana que habita la Península Ibérica, muchos de ellos están adoptando el evangelismo como un rasgo diferenciador, o los que son católicos tienen, casi todos, una cofradía específica. Rara es la ciudad que no tiene un Cristo de los gitanos. La razón es que se ha intentado muchas veces integrar en la nación española a un pueblo que no pertenece a ella, y lógicamente ha sido un fracaso. Aunque su DNI ponga que son españoles, aunque su lengua romaní casi se haya perdido, es evidente que no son parte de la nación y buscan marcar sus diferencias para evitar diluirse en la cultura española, entre ellas, aunque no la única, la diferencia religiosa. Así pues, aunque la idea monoteísta inicial era coger aspectos de todas las culturas de Europa y diluirlos para formar un gazpacho, siendo el judaísmo el agua que hacía la mezcla, la realidad es que el pueblo europeo ha seguido manteniendo su identidad y que el catolicismo de España es diferente del de Francia o Italia, del mismo modo que es radicalmente diferente al de América, bajo el cual están las religiones prehispánicas en algunos casos, y las religiones africanas traídas por los esclavos en otros. Del mismo modo, nada tiene que ver el islam marroquí con el islam sudanés ni el budismo tibetano con el budismo del sur de China (pues, en muchos aspectos, el budismo podríamos considerarlo el cristianismo de Asia). La lucha pues, hoy como hace 1600 años, es por defender la identidad. En un mundo globalizado como este, la lucha es mucho más dura que la que tuvieron que tener nuestros antepasados y esa es la razón por la que los que somos fieles a las religiones nativas europeas, no debemos ser beligerantes con aquellos cristianos europeos que, aun diciéndose tales, en su conducta y en su manera de ser, son respetuosos con nuestra fe y se comportan de acuerdo a los valores europeos, a nuestras Nueve Nobles Virtudes en el caso del odinismo. Tampoco debemos ser beligerantes con otros pueblos, debemos localizar bien al enemigo de nuestro tiempo, que es esa misma oligarquía mundial que ahora, gracias a la Globalización, es aún más fuerte, y es enemiga de los pueblos, de las razas, de las naciones, pues quiere destruir a todas.

Después de 1600 años de prácticas monoteístas, estas han seguido usándose en política incluso cuando la religión dejó de tener tanta importancia para los europeos. El dogmatismo, el pensarse en posesión de la verdad absoluta, el tachar de “hereje” o “infiel” al que no piensa como tú… es moneda corriente entre los diferentes partidos políticos que no son corrientes de pensamiento, son una cuestión de “nosotros” frente a “los otros”, y por lo tanto, las elecciones y los debates en los parlamentos son una farsa, todo es simple y llanamente una lucha partidista por el poder y las ideologías políticas dominantes, en la práctica, son como una religión monoteísta y llena de fanáticos ignorantes con la cabeza lavada que se aprenden la propaganda panfletaria como antaño se aprendían el catecismo. Durante la Revolución Francesa es cuando se produce la división artificial entre “izquierdas” y “derechas”, que no deja de ser una evolución de la división entre “católicos y protestantes” o entre “moros y cristianos”, puesto que simplemente hay matices entre una postura y otra, estando de acuerdo en lo fundamental y presentando como posturas antagónicas las dos corrientes del liberalismo. El liberalismo esclavizará pueblos en nombre de la libertad, como el cristianismo y el islam hacían guerras santas en nombre de la paz y el amor. Sustituirán el culto a Dios por el culto a “los mercados” y el dogma de la Santísima Trinidad por otros dogmas como la democracia liberal o la tolerancia. En lugar de los Diez Mandamientos están los postulados de Adam Smith o de Keynes y en lugar de inquisidores tienen “fiscales del odio”, que ya bo persiguen a los que niegan la virginidad de la Virgen María, sino a los que cuestionan verdades oficiales. La derecha dirá defender los valores, la tradición… y la izquierda la justicia social y los derechos de los trabajadores. Sin embargo, a un partido y a otro, los financian los mismos bancos, y los políticos profesionales de uno y otro lado, acaba en consejos de administración de las mismas multinacionales. Aparte de los dos grandes partidos, el sistema liberal consentirá pequeños partidos, sin opciones de gobernar, que en el fondo son iguales, pero dar un cierto aire de color a los parlamentos y aparentan pluralidad y democracia. Pero si alguno consigue ganar unas elecciones, cosa muy improbable dado que la misma élite domina las televisiones, los periódicos, las radios… y el sistema educativo, se sacan los tanques a la calle y se terminó.

gulagPor otro lado tenemos el marxismo, que es un cristianismo para ateos. Del mismo modo que el cristianismo pretende tener la verdad absoluta, el marxismo se considera el “socialismo científico”, siendo el resto de las “herejías” socialistas, “socialismo utópico”, cuando no elementos contrarrevolucionarios y siendo todo movimiento social que ellos no controlen, un movimiento social al servicio del capitalismo. Dicen defender a la clase obrera, teniendo una visión mesiánica de redención del género humano en una suerte de paraíso terrenal que será la llegada del Comunismo, entendido como fin de la Historia. Los últimos serán los primeros en el Reino de Karl Marx. En lugar de tener monasterios en donde se martirizaba a los monjes para redimir al género humano, tienen gulags. Todos se consideran marxistas, creen en Marx y su palabra plasmada en El Capital es sagrada (como todas las herejías se consideraban cristianas y creían en Cristo y los Evangelios) pero tienen muchas sectas: leninistas, maoístas, estalinistas, trotskistas… como los cristianos eran nestorianos, arrianos, pelagianos…

Predican la paz y la igualdad pero cuando llegan al poder, establecen un orden social igual de injusto que el que se supone que combaten. Hablan de libertad, pero cuando tienen el poder acaban con las libertades. Como los cristianos, practican el proselitismo y quieren convertir a todo el mundo a su fe, que es la fe verdadera. Si no pueden con la propaganda, con la AK-47. Dicen ser “internacionalistas”, es decir, defienden la última revolución de un país de África que no saben situar en el mapa, pero en España dicen “el Estado español”, porque les da vergüenza pronunciar el nombre de su país, o bien apoyan a cualquier movimiento independentista financiado por la burguesía capitalista, en nombre de la “lucha de la clase obrera”. Aman a todo el mundo, menos a su propia gente. Ante esto se podría decir, con buen criterio, que hay muchos marxistas buenos, que no todos piensan así… indudablemente, como hay muchos cristianos buenos que ponen vacunas o fundan escuelas en el Tercer Mundo, como Cáritas, que ayuda a los pobres o las monjas que hacen magdalenas son gente estupenda, pero eso no quita que el sistema ideológico que les sustenta, sea monstruoso. Durante siglos la Iglesia tachaba de paganos o herejes a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con su moral, y tanto unos como otros, eran satánicos. Tanto acusar a la gente de satanismo, muchos se lo llegaron a creer y surgió el satanismo como una anti-religión y la Iglesia de Satán de LaVey. Por moda, por llevar la contraria, por revelarse contra lo establecido… muchos jóvenes empezaron a usar símbolos satanistas, a ponerse cruces invertidas… a considerarse ellos mismos satánicos. A fuerza de que se lo dijeran tanto, muchos se llegaron a creer que eran algo que no eran. Así el satanismo tuvo cierto auge y aún hoy está de moda en ciertos círculos y sobre todo, a ciertas edades. No deja de ser una postura infantil y el satanismo solo se define por su anticristianismo, por aquello que no es. Dicho de otra manera, sin el cristianismo al que tanto odia, no tendría razón de ser. Es un cristianismo en negativo, puesto delante de un espejo… pero cristianismo al fin y al cabo. Lo mismo cabría decir de los llamados antifascistas con respecto al fascismo.

Del mismo modo que la Iglesia tachaba de satánicos a todos los disidentes y muchos se han creído que de verdad lo son, hacen misas negras, invocan a Satanás y le dan la vuelta a símbolos cristianos, la Iglesia ha acusado de ateos a los que les discutían sus verdades oficiales. Así pues, muchos se dicen ateos por rechazo a la Iglesia o al cristianismo y las religiones abrahámicas que conocen, pero en el fondo, con sus actos y su forma de ser y actuar, demuestran que sí tienen una espiritualidad. Su concepción de lo divino es diferente a la concepción monoteísta, y dado que no conocen otra, piensan que son ateos, pero no lo son. Otros efectivamente lo son pero son conscientes de que negar la Divinidad es un acto de fe, tanto como aceptarla, y respetan a los creyentes. Sin embargo hay un tercer grupo, que yo llamo anti-teos, que son más fanáticos que cualquier cristiano o musulmán integrista. Han creado una religión en negativo, niegan a la Divinidad pero tienen una creencia ciega, fanática y enfermiza en ese no-Dios. A menudo dirán cosas como que “creen en la ciencia”, como si la ciencia fuera incompatible con la religión… que por supuesto no lo es, al contrario, las Ciencias Naturales nos explican la Naturaleza, que nosotros sacralizamos, y las Ciencias Sociales nos explican cómo actúa la Humanidad, la Historia de nuestro pueblo… que también consideramos parte de nosotros y sagrada. Por lo que la ciencia, nos acerca a los Dioses. Sin embargo estos anti-teos creen en lo que ellos llaman “la ciencia”, que viene a ser dos o tres documentales que han visto, en la mayoría de los casos, como un dogma de fe, sin entender realmente las cosas. Creen en lo que les dicen los expertos, una suerte de sacerdotes modernos. El tertuliano profesional, el economista, el profesor universitario… se convierten para ellos en lo que el cura de su pueblo era para un campesino del siglo XIII.

A pesar de que la ciencia es un producto humano y como tal, lo que en la ciencia tomamos por una ley, no es inmutable, sino que cambia cuando otro investigador descubre algo que contradice o modifica lo que se tomaba, hasta ese momento, por cierto; a pesar de ello, estos anti-teos te miran por encima del hombro con una pretendida superioridad moral y un arrogancia bajo la cual, suele esconderse su profunda ignorancia, del mismo modo que los fanáticos religiosos. Suelen ser engreídos y pedantes, mentes adoctrinadas que desprecian aquello que se sale de su verdad y generalmente, este tipo de gente, suelen ser o bien defensores del capitalismo liberal o bien defensores del comunismo marxista, no es por casualidad que esto vaya de la mano. El argumento que suelen utilizar es que las religiones son una respuesta del ser humano al miedo que tiene a la muerte, por lo que se inventa una vida de ultra tumba. Del mismo modo, dicen que todo aquello que no se comprende, se le da una explicación mágica. Esto es erróneo porque, para empezar, las preguntas existenciales, entre ellas el sentido de la muerte o qué ocurre cuando morimos, no son exclusivas de la religión, es de hecho una cuestión filosófica. Un sistema religioso tiene una filosofía concreta y por lo general, una idea al respecto de esos asuntos, pero no todas las filosofías están dentro de un sistema religioso. Entre ellas, las filosofías ateas. El ateísmo no deja de tener su visión de ultratumba, el Olvido. Según su visión, al morir se produce la no existencia, lo que somos desaparece, no tenemos alma y se produce la disolución del Yo. Esto no deja de ser una visión de lo que ocurre después de morir, aunque sea pesimista, pero que tiene el mismo fundamento científico que la creencia en otra vida, en la reencarnación… es decir, ninguno. Es una simple creencia como cualquier otra, que ellos quieren imponer como la verdadera y ridiculizar otras visiones.

En cuanto a la magia, no es que aquello que se desconoce se le dé una explicación fantasiosa y cuando se conocen dejen de considerarse magia, es que no conocemos todo lo que ocurre en la Naturaleza o no podemos explicarlo, pero si podemos interrelacionar con esa fuerza natural que no conocemos. Cuando la ciencia nos lo explica, no deja de ser mágico. Por poner un ejemplo claro, la vida, la ciencia nos explica cómo surge ¿pero acaso deja de ser mágico por ello? Aunque el amor responda a impulsos celebrarles, a reacciones químicas… ¿no se produce magia cuando dos personas se enamoran? La ciencia nos explica la teoría del Big Bang como origen del universo ¿le quita eso algo de magia? El problema es el mal entendido racionalismo que desprecia los sentimientos desde una concepción materialista, pero aunque la razón pueda explicar por qué se producen los sentimientos, no podrá sentirlos. Si el marxismo es un cristianismo para ateos, también necesita obviamente su particular satanismo, en este caso, el nazismo. Hitler es tan necesario para el marxismo como Satán para el cristianismo y si en la Edad Media te acusaban de hereje, de pagano… ahora la acusación favorita cuando alguien se sale de lo políticamente correcto es acusarlo de nazi o de fascista. Para la derecha liberal, también está la acusación de terrorista, muy recurrente. Si te sales de lo políticamente correcto, la derecha te acusar de ser terrorista y la izquierda de ser nazi. En el caso de España, Franco es el Satán de la izquierda, y ETA el Satán de la derecha. Del mismo modo que ocurre con el satanismo, a fuerza de decirle “nazi”, muchos jóvenes se han creído que de verdad lo son y usan esvásticas o símbolos del Tercer Reich, cuyo significado desconocen, o repiten lemas panfletarios y dicen Sieg Heil sin saber lo que significa y sin haber leído siquiera el Mein Kampf o tener la más remota idea de lo que es el nacional socialismo. Para la derecha, luchar contra los desahucios o reunirte en la calle para hablar de política, te convierte en simpatizante de ETA. Para la izquierda marxista, llevar una camiseta de la selección española te convierte en un fascista. El nazismo y el fascismo son en la práctica, como el satanismo respecto al cristianismo, una reacción infantil y que no tendría razón de ser sin su ideología espejo. Es una ideología que se define en negativo: son antiliberales, antiparlamentarios, anticomunistas… con lo que si no existiese todo eso, no tendrían razón de ser. Lo único en positivo que son los fascistas, es nacionalistas, pero del mismo modo justifican ese nacionalismo exacerbado en enemigos internos y externos de la nación, por lo que si no existiesen dichos enemigos, su defensa no tendría sentido. Si el marxismo es una ideología de acción, aunque sea una acción nefasta, el fascismo es una ideología de reacción y también plantean una visión mesiánica del líder como salvador de la Patria.

Christian_communism_logo.svgComo he dicho del cristianismo y el marxismo, que haya fascistas que son gente estupenda y buenas personas, no contradice el hecho de que la ideología que los sustenta sea lo que es. La diferencia con el satanismo, es que ha habido Estados cristianos, Estados islámicos, Estados judíos, Estados liberales, Estados marxistas, Estados fascistas… pero nunca un Estado satánico. Si lo hubiese, no sería muy diferente, con respecto a un Estado cristiano, de lo que un Estado fascista lo es con respecto a un Estado marxista: teóricamente todo lo contrario, en la práctica exactamente igual. Todas estas ideologías totalitarias, que llevan siglos siendo el sustento de la dominación humana, tiene como origen, directa o indirectamente, el judaísmo. Ya sea porque se desgajan de él, ya sea porque sus fundadores son judíos, ya sea porque tienen su razón de ser en el anti-judaísmo. Es conveniente diferenciar entre semitas, hebreos, judíos y sionistas, porque con frecuencia se tacha de “antisemita” a todo aquel que critique, fundamentalmente, el sionismo, y las prácticas de los judíos.

Los pueblos semitas son muchos, los caldeos, los cananeos, también llamados fenicios, los árabes, los asirios, los babilonios, los amorreos… entre ellos, están los hebreos, pero no son los únicos, ni mucho menos. Por lo que, por ejemplo, en el conflicto entre israelíes y palestinos, los palestinos son árabes y, por lo tanto, semitas. Luego criticar al Estado de Israel, no puede ser, en ningún caso, antisemitismo. El judaísmo es una religión que nace dentro del pueblo hebreo, pero que por circunstancias se extiende a otros pueblos, por ejemplo en los etíopes, o los jázaros, que se convierten en masa al judaísmo en la Edad Media. Así pues, los judíos askenazíes, son descendientes de los jázaros, no son descendientes de los judíos de época bíblica, ni Palestina es su “tierra prometida”. El sionismo es el nacionalismo judío, nación que tiene una base religiosa, y sirve de sustento ideológico al Estado criminal de Israel.

Entender cómo funcionan las ideologías totalitarias, legitimadoras de la dominación, y que hoy están más presentes que nunca, no siendo sólo el cristianismo y el islam nuestro principal enemigo, como lo fueron en el pasado, es fundamental para poder defendernos frente al intento de acabar con la cultura y la espiritualidad de los europeos y en general, de todos los pueblos de la Tierra. Nos toca quizás la batalla más difícil de cuantas hayan librado nuestros ancestros. Nunca antes una generación de europeos vio tan amenazada su identidad como hoy y fue menos consciente del problema, porque nunca un sistema de dominación fue tan perfecto como este, tan sutil que la mayoría no saben que existe. Su mayor arma no son los ejércitos, ni las leyes, ni siquiera la pobreza a la que están conduciendo a los pueblos de Europa. Su mayor arma es el discurso y el eco mediático que su discurso tiene frente a otros. Debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a la destrucción del pueblo europeo, su cultura y su identidad.

Así mismo debemos saber que el mismo destino les aguarda al resto de pueblos de la Tierra y no ser cómplices de su destrucción, solidarizándonos así mismo con ellos,pues tenemos un enemigo común. Esta ya no es sólo una guerra entre Europa y sus enemigos, lo es entre la Humanidad y quienes la quieren destruir, pero en esta ocasión, su estrategia no es dividir a los pueblos, es homogeneizar a todos en una sola Humanidad mestiza y sin arraigo, ni cultura, ni amor propio, en una gigantesca granja humana. La única manera que tenemos que vencer es amar nuestra identidad, aferrarnos a ella, y fomentar que el resto de pueblos hagan lo mismo. Así podremos marchar separados, pero combatir juntos.

José Manuel 

Jarl de Fauces de Tormenta

Delegado de la Comunidad Odinista de España-Ásatrú en Andalucía

La familia Odinista-Asatru

PRESENTACIÓN

Family standing outdoors smiling Este cuaderno que tienes en tus manos, representa una nueva andadura dentro de la Comunidad Odinista de España, orientada hacia la formación y puesta en claro de muchos de nuestros principios y creencias esenciales. Con ello pretendemos no sólo dar a conocer toda la cosmovisión Odinista, sino también ayudar a los miembros de nuestra comunidad en su preparación intelectual, acorde siempre con la sabiduría inherente a nuestra tradición ancestral. La formación es precisamente una tarea que desde el COE siempre se ha entendido como prioritaria, puesto de nada vale autoproclamarse como Odinista, si no somos capaces de esbozar una respuesta coherente de lo que significa precisamente ese Ser Odinista.

 Esta colección de textos que ahora comienza, esperamos sea una ayuda de cara a presentar a propios y extraños, nuestra visión del mundo: de lo sagrado y de lo profano. Un compendio de aquellos temas y cuestiones, que por su importancia y gravedad, deben ser tenidos en cuenta a la hora de estructurar un cuerpo doctrinal definido inequívocamente como Odinista. Temática por lo tanto actual, pero también intemporal; temas del ayer, de hoy y mañana; cuestiones que han importado, e importarán siempre, al hombre dentro de su existencia en el Midgard.

 Como primer asunto tratar, hemos querido empezar por delimitar a la familia Odinista, en cuanto a pieza esencial de nuestra comunidad. La importancia que damos a esta institución viene dada por ser la fuente de la cual brota toda nuestra idiosincrasia religiosa. Es precisamente por una línea generacional entre hombres y mujeres de un mismo pueblo, desde donde parte toda nuestra constitución cultural, espiritual y arquetípica. Por ello consideramos a la familia desde el Odinismo, como el núcleo original de nuestra religión nativa.

 El ánimo que nos mueve el realizar estos Cuadernos de la Comunidad, no es otro que el de ofrecer limpia y sin dobleces, toda nuestra explicación de los fenómenos humanos y divinos que nos impelen. Cuestiones analizadas de manera franca y sincera; expresadas de forma sencilla pero contundente. Hemos huido de toda retorica hueca, así como de cualquier artificio innecesario de cara a exponer de manera abierta qué es el Odinismo. Somos conscientes que no está aquí toda la verdad. Efectivamente existirán matices y cuestiones por ampliar y desarrollar. Estos cuadernos no pretender ser un TODO doctrinal, sino un esbozo primordial de nuestra forma de pensar y de sentir. En la medida que se vayan cumpliendo los objetivos marcados, iremos comprobando el efecto y alcance de nuestro trabajo.

Comunidad Odinista de España

 

 

LA FAMILIA ODINISTA


3936407879_a815536e6a_zLo Masculino y lo Femenino.
Previamente, y de cara a abordar la figura y relevancia de la familia dentro del Odinismo, se hace necesario delimitar la dimensión y alcance de los conceptos masculino y femenino, desde una óptica genuina y congruente con nuestra comprensión ancestral. Este preámbulo es imprescindible si queremos comprender en su justa medida el significado real de la institución familiar, en cuanto a resultado de esa unión polar-arquetípica que representa tanto lo femenino como lo masculino.

Dentro del pensamiento Odinista, la dualidad constitutiva de lo existente es reconocida e interpretada como fuente enriquecedora, a la vez que estructura fundamental del universo humano.  El hombre y la mujer; lo masculino y lo femenino, son dos expresiones de una misma realidad; dos mitades de un mismo cuerpo. Nuestro concepto tradicional de los “opuestos complementarios” nos manifiesta que los contrarios se necesitan para armonizar el mundo, uniendo así lo que está separado para su realización completa. La visión masculina debe ser complementada con la femenina -y viceversa-, puesto que de no ser así, caeríamos de este modo, en la descompensación y en la desestructuración del universo social y humano. Para el pensamiento indo-europeo la dualidad primordial presente en el multiuniverso, la esencia y la substancia, son partes de un todo que necesitan ser completadas y unificadas. Todo lo existente está principalmente constituido por estos dos elementos. No puede existir dentro del Midgard el espíritu sin la materia; no puede ser concebida la vida profana sin formar parte de lo sagrado, y lo masculino tampoco puede estar disociado de lo femenino. El dualismo antagónico (maniqueo) que nos ha dejado las religiones absolutas, es una evidente perversión de los principios y visiones genuinamente entendidas como indoeuropeas. En fondo de la cuestión está esa ideología bipolar derivada de la duplicación divina del monoteísmo, que tiende a desligar y enfrenta el cuerpo con el espíritu, al hombre con la mujer, y lo sagrado con lo profano.

La unión e integración de los polos sexuales, genera la compensación armónica en la consecución de esa “Gran Unidad” que nos descubre el mito andrógino; la unión de aquello que estaba separado para su integración armoniosa. De tal modo que si no atendemos a esta unión polar (femenino-masculino), no podemos dar una adecuada interpretación de la dimensión que el Odinismo otorga a la familia. Dicha expresión, relacionada con la figura masculina y femenina, va más allá de lo que se entiende comúnmente por familia tradicional. Aquello que existe, y es intemporal, no está sujeto a reinterpretaciones más o menos interesadas; o a conveniencias sociales dependientes de las ideologías dominantes del momento. El hombre y la mujer son y serán, las dos partes sobre las cuales se asienta toda existencia familiar. Sin estos dos principios es imposible (desde una perspectiva biológica) la constitución de un linaje natural. Lo demás es pura y simple ingeniería social.

Bajo esta configuración, se desprende que no concebimos las relaciones hombre-mujer bajo criterios de subordinación; los dos gozan para el Odinismo de la misma consideración y ambos tienen idénticos derechos. No reconocemos, ni mucho menos alentamos, ninguna “guerra de sexos” como trasfondo de un  pensamiento perverso que trata de eliminar los perfiles femenino y masculino, para disolverlos en un ideal antropológico amorfo e igualitario (el “ser humano” único e idéntico), de catastróficas consecuencias. Las tendencias ideológicas actuales tienden a difuminar los estereotipos sexuales, como consecuencia de un igualitarismo dogmático que desprecia lo diferente y repudia cualquier manifestación de la diversidad, ya sea ésta de raíz antropológica, cultural, política o sexual. Pero para un pensamiento sujeto a los parámetros de la tradición, hombre y mujer, están enclavados dentro de sus respectivas realidades, sin menoscabo ni lesión de su sana y natural diferenciación, que otorga a cada uno de ellos su más intima razón de ser.

menEn este mismo sentido, para el Odinismo defender posturas “feministas”[1] es tan absurdo como mantener una actitud “machista”, ya que las dos son partes del mismo entramado falaz. Queremos hombres viriles y mujeres femeninas, y no la disolución de los caracteres para allanar el camino de la impostura. La diferenciación sexual no solamente es palpable desde una óptica fisiológica, sino también esta divergencia se encuentra íntimamente expuesta en los aspectos anímicos y psicológicos, que erigen a los conceptos masculino y femenino en auténticos arquetipos a modo de representación ejemplar de ideas y conceptos eternos. Así lo femenino representará siempre lo horizontal-telúrico, lo cálido y oscuro; mientras que lo masculino se une a lo vertical-celeste, lo frío y luminoso. En la comprensión de estos aspectos arquetípicos, está la base para construir un espacio socio-humano correcto y positivo.

Es cuando menos sorprendente el “buen cartel” que posee el feminismo en la sociedad actual; consiguiendo esta ideología todos los parabienes y bendiciones de la modernidad. Si todo el mundo está de acuerdo en condenar al machismo (en cuanto a perversión de lo masculino), no se explica entonces que su opuesto, el mencionado feminismo, no esté igualmente penado por ser también una deformación evidente de lo femenino, ya que desnaturaliza a la mujer en su autentica identidad. La respuesta hay que buscarla, una vez más, en la deriva laica del monoteísmo abrahámico y sus variopintas doctrinas de la salvación. La primera esquizofrenia moral-teológica que nos dejó el judeo-cristianismo (cuerpo malo, espíritu bueno; el mundo de los hombres es malo, el “reino de dios” es bueno), fue trasladada tras su secularización hacia un estrecho moralismo social (poder malo, individuo bueno; hombres malos, mujeres buenas; occidentales malos, los demás hombres buenos…), a modo de explicación simplista y maniquea de los complejos fenómenos sociales. Karl Marx y Betty Friedan[2] sustituyen aquí a Cristo en sus funciones redentoras. Acaso no hay Empresarios trabajadores y honrados, y asalariados vagos e indeseables; son todas las mujeres, por el simple hecho de serlo, inocentes “victimas”, y todos los hombres por su naturaleza déspotas opresores. Es hora de parar de una vez por todas a este demoledor dualismo antagónico que enfrenta a hombres y mujeres en una autodestructiva lucha de sexos, para mayor beneficio de ciertas camarillas sectarias acomodadas al calor del poder dominante. El fenómeno social denominado como machismo, así como su Némesis feminista, no son más que dos caras desfiguradas de una misma y falsa moneda que hay que desechar para siempre.

 El equilibrio entre los polos femenino y masculino es vital para mantener una relación de respeto mutuo y síntesis constructiva; así como para la aceptación de las heterogéneas percepciones que se encuentran en los espacios de la diferenciación sexual, las cuales enriquecen nuestra dimensión sagrada, social y humana. Hombre y mujer forman parte de una misma concepto, pero no son el mismo concepto, de ahí su necesaria grandeza.

Dimensión de la Familia Odinista.

18458919 La familia es uno de los preceptos fundamentales de la fe Odinista vivida en comunidad. Ésta es la estructura que nos une con nuestros antepasados, garantizando el futuro de nuestra colectividad con los actos honorables del presente. Si queremos construir una sociedad estable, positiva y natural, es necesario cimentar, a la vez que proteger, todos los valores familiares como pilares esenciales de un orden justo. Nuestros antepasados así lo creían, honrado a la familia y al hogar como bases principales de nuestra religión autóctona. La unidad familiar fue quizás la primera organización humana conocida. En la medida que las distintas familias se hicieron más numerosas, aparecieron los clanes, los cuales dieron lugar a las tribus y éstas a los distintos reinos y posteriores naciones políticas contemporáneas. Por lo tanto, podemos considerar a la figura familiar como el germen de la cual surgen los diferentes pueblos que configuran nuestro espacio humano-cultural especifico. La familia es por lo tanto el origen de todo aquello que para nosotros significa comunidad; puesto que de ella emerge, dando identidad, a las distintas comunidades populares que configuran nuestro paisaje humano. En este mismo sentido, podemos concluir que el credo odinista es una religión eminentemente COMUNITARIA. No podemos vivir nuestra fe sino es en comunidad. El individuo, entendido como  un ser totalmente autónomo e independiente de todo lo que le rodea, sin raíces ni dimensión trascendente precisa, no tiene sentido si no se integra en un colectivo humano con metas, creencias y valores claramente manifestados. La sociedad no es más que la extensión de la personalidad.

 Pero aquí se hacer necesario una serie de puntualizaciones. Nuestra noción de “pueblo” (en cuanto a ente comunitario) no tiene nada que ver con el estadístico concepto de “población” (término no cualitativo sino cuantitativo). Para nosotros un pueblo es aquel que comparte un origen común en base a lazos de historia, sangre y cultura, manifestando una  voluntad política de convivencia. Nada que ver con líneas universalistas, que no reconocen ni la identidad, y por lo tanto la diferenciación entre los diversos colectivos humanos; sino que exclusivamente atienden a un mundo globalizado y único, con una población igualmente única, definida como “la humanidad”. No podemos sino descubrir la deriva ideológica del cristianismo en estas posturas igualitarias y universalistas. Una explicación de lo real que exclusivamente deja margen para la existencia de un solitario dios, que aspira potencialmente a tener un único pueblo, precisamente “el pueblo de dios”. El igualitarismo humano zootécnico, surge también de una concepción religiosa que iguala a todos los hombres en base a una idéntica alma inmortal capaz de salvarse o condenarse: si todos los hombres son iguales ante dios, también lo serán ante el nuevo “estado providencia”,  como creación de un monoteísmo secularizado. El igualitarismo y el universalismo, en cuanto a  dogmas sociales contemporáneos, tienen su epicentro en la descomposición moral del cristianismo, cuyo poso pervive dentro del discurso ideológico de la modernidad.

Para nosotros la existencia de una estructura familia es una de las claves a la hora de poder desarrollar una aplicación religiosa efectiva acorde con las convicciones del Odinismo. Todo lo que atenta contra la institución familiar será desechado automáticamente por nuestra religión. La sociedad actual tiende a relativizar todo lo concerniente a las relaciones humanas, y la familia no es una excepción a esta regla. Creemos firmemente desde el Odinismo que el matrimonio, en cuanto a institución social y religiosa -creadora de una relación conyugal y familiar-, debe estar sustentada sobre el honor, el respeto y la fidelidad. Es totalmente incompatible con nuestros principios más sagrados y sublimes, toda superficialidad en relación a estas cuestiones tan importantes y vitales. El amor conyugal sería así, la plasmación afectiva de un compromiso basado precisamente en valores como el honor, el respeto y la fidelidad debidos. Nada que ver con esa pedante y patológica concepción del amor, relacionado con todo tipo de apegos malsanos y distintos desordenes emocionales, que trasforman al “enamorado” en un ridículo títere abocado a la desesperación, la sumisión, y finalmente a la desolación.

germanenfamilie6ssSiendo fieles a nuestra autentica tradición, entendemos la monogamia como el modelo de relación matrimonial inherente a nuestro ser cultural y religioso: el respeto mutuo entre los cónyuges y el deber para con nuestra estirpe, son piedras angulares del edificio familiar. En la antigüedad, y dentro de nuestros pueblos comunes, no existía tanto la poligamia como el concubinato (entendido como una forma inferior al matrimonio). Solamente, y por motivos en la mayoría de conveniencia política, reyes y emperadores tuvieron que poseer varias esposas, representando por ello la excepción a la regla que mantenía la figura de la “Domina” o la “Frau” en cuanto a esposa legítima, madre-continuadora del linaje familiar y señora del hogar. Para nosotros, la unión matrimonial entre los cónyuges obedece más a un sistema de orden religioso, que a un hecho estrictamente “natural” destinado a la procreación biológica. La “familia sacralizada” lo es, en la medida que ésta representa el sistema por el cual se trasmite la “fuerza mística” presente en la sangre heredada de nuestros antepasados primordiales, y que fluye por todos aquellos que formamos una misma gens. Es cuando menos curioso, que la poligamia se de precisamente con más fuerza en zonas de cultura oriental (recordemos la fuerte misoginia inherente a los cultos semíticos), en donde la figura femenina no está muy valorada y considerada cultural y socialmente: el patrimonio del varón se mide por el número de cabras, alfombras y de mujeres sometidas a su férula. Son escasísimas las manifestaciones poligámicas en donde la mujer tenga derecho a poseer varios maridos (estas generalmente se dan en culturas matriarcales primitivas). La práctica totalidad de la poligamia es entendida como el derecho del varón en contar con numerosas mujeres a su servicio. Evidentemente este es un sistema discriminatorio, que claramente subordina la mujer hacia el hombre-propietario, rebajando en papel de la esposa a un mero bien patrimonial; algo totalmente contrario a los principios Odinistas, basados en el reconocimiento de la igualdad entre los cónyuges. Precisamente la palabra matrimonio deriva de la acepción latina incluida en el Derecho Romano «matri-monium»: «mater», «madre», y «munium», que significa «función o cargo», es decir, legitimación social que adquiere la mujer para poder ser madre dentro de la legalidad. Una clara expresión de la importancia y consideración que dentro de nuestra cultura clásica se da a las mujeres.

Ya Táctico es su “Germania” nos habla de la monogamia como una seña distintiva de los pueblos germánicos, así como de su estricta moral y fidelidad entre los esposos; algo que chocaba en ciertos aspectos con algunas conductas romanas más flexibles. La imagen de unos pueblos “bárbaros” totalmente salvajes, promiscuos y amorales, sólo son el producto de la propaganda cristiana de la época (retomada por el Hollywood moderno), cuyo objetivo era demonizar (“difama que algo queda”) a unos colectivos humanos en expansión, que por entonces amenazaban seriamente al imperio romano-católico. Significativo es el caso del pueblo vándalo, que en su adaptación a las estructuras socio-culturales de sus nuevos territorios conquistados en el Norte de África, monarcas y caudillos de este grupo germánico tuvieron que aceptar la poligamia a pesar de ser ésta una conducta fuera de su espacio de costumbres y tradiciones. [3]

Te damos, Loddfáfnir, buen consejo
que te ha de servir, si lo tomas
te será bueno, si lo sigues:
la mujer de otro nunca seduzcas
para hacerla tu amante.

(hávámal)

william-adolphe_bouguereau_1825-1905_-_laurel_branch_1900En relación a este apartado conyugal, aceptamos el divorcio como situación necesaria para extinguir una relación matrimonial por motivos significativamente graves. No nos posicionamos en cambio, con esa actitud superficial que se dan en las actuales relaciones de pareja, y que se materializan en las “Relaciones Express” y los “Divorcios Express”. El matrimonio es un vínculo fuerte y serio, destinado al desarrollo personal de la pareja y a la creación de una familia que garantice la sucesión de su linaje. Por ello se desea que el matrimonio sea lo más estable y enriquecedor posible, pero no se obliga a que sea indisoluble: si las circunstancias son tan importantes como para recomendar la ruptura del vínculo matrimonial, es totalmente admisible dicha suspensión. El hombre y la mujer gozan dentro del Odinismo de idéntica consideración y reconocimiento. No existe por lo tanto dentro de nuestras creencias una subordinación de la mujer hacia el hombre, ni del hombre hacia a la mujer. Nuestro universo social está basado tanto en la libertad, como en la igualdad dentro de la diferenciación arquetípica entre los polos femenino y masculino. Somos una misma realidad, pero no somos la misma realidad.

En otro orden de cosas, estimamos que la protección de la infancia es esencial para establecer una organización social con porvenir. Cualquier atentado contra la misma tiene que tener una respuesta directa y sin fisuras. En este mismo sentido, rechazamos la presente polémica sobre el aborto ya que ésta obedece a la naturaleza propia de nuestra sociedad empobrecida; en la cual se establecen polémicas intencionadamente partidistas, de cara a soliviantar a las masas y crear así situaciones destinadas a la obtención de beneficios políticos o de descarado control social. Todo ello no es óbice para que los Odinistas tengamos nuestro propio punto de vista sobre esta cuestión, la cual nos posiciona más allá del simple aborto sí, o aborto no: ante esta disyuntiva nos declaramos firmes partidarios de defender los derechos de la infancia y de la existencia digna. En cuanto al moderno  concepto de aborto masivo,  creemos que éste no es más que la consecuencia de un totalitarismo anti-vital “individualista”, así como secuela de un burdo materialismo social camuflado bajo una palabrería demagógica de derechos. Eliminar irresponsablemente a los miembros no nacidos de nuestra comunidad, a nuestros propios hijos, es una autentica aberración que sólo se explica si se está interesado en aniquilar a nuestro pueblo para sustituirle por “seres humanos” (bípedos implumes) desarraigados y fácilmente manipulables por las superestructuras político-económicas, que ansían el triunfo del “numero” frente a la personalidad, el carácter y la identidad.[4]

Es útil un hijo, aunque tarde nazca
y luego que el padre murió;
tan sólo el pariente en honor del pariente
piedra en la senda erige.

(Hávámal)

No obstante, aceptamos la posibilidad de la interrupción del embarazo cuando las causas así lo justifiquen; básicamente por medidas terapéuticas destinadas a mejorar la salud de nuestro colectivo humano: en situaciones en las que el feto o la madre sufran deterioros y peligros graves, o el futuro nacido tenga taras tan importantes que hagan de su vida un autentico suplicio. Así entendido, el aborto jamás podrá ser tipificado como un delito, ni la madre que aborta declarada como una criminal, ya que  obedecen a criterios superiores a la vida misma.

Si nuestro pueblo desaparece, también desaparecerá nuestra religión. Así de simple, y así de duro. Nosotros, no nos cansaremos de repetirlo, somos una religión del pueblo, no del individuo. Por lo tanto, si ese grupo humano-cultural del cual procedemos y por el cual existimos es diezmado, no podremos contar con otras “almas” fuera de nuestra entidad particular para “evangelizar” en aras de una persistencia religiosa: simplemente nuestro espíritu ancestral transmitido de generación en generación, y nuestros dioses, sucumbirán para siempre. En este sentido, no sólo rechazamos todo aquello que erosione los principios vitales de nuestra comunidad popular, sino que, como ya hemos manifestado anteriormente, nos vinculamos con actitudes destinadas a fomentar y proteger una adecuada natalidad, como herramienta necesaria para nuestra supervivencia y engrandecimiento religioso de la comunidad que nos es propia. La política actual tendente a disminuir la natalidad en Occidente, es la consecuencia inequívoca de una corriente mercantilista que mide y cuantifica, bajo estrictos criterios de rentabilidad, todos los aspectos y fenómenos humanos. En este sentido, los hijos son vistos primordialmente como un gasto: un obstáculo para el desarrollo material y social de las parejas, que desechan o retrasan la procreación, en aras de una vida “confortable” y pacíficamente aburguesada. Por ello consideramos que el sustento familiar debe estar siempre garantizado en base a un apoyo comunitario justo y preciso. No podemos abandonar a las familias en una jungla regida por las “leyes del mercado”. Como ya hemos expuesto anteriormente, el cuidado, promoción y desarrollo del ámbito familiar deben ser prioritarios dentro del espacio socio-político que el Odinismo pretende.

Esculturas de Adolf Gustav Vigeland. Parque Vigeland, Oslo, Noruega.De lo dicho sobre este delicado asunto, podemos concluir que a priori nuestras convicciones nos posicionan en contra de la corriente ideológica pro-abortista contemporánea (ya que ésta obedece a un decadente espíritu individualista, que equipara el embarazo a una enfermedad, y por lo tanto otorga al aborto la condición de mera medida sanitaria); pero también nos enfrentan a las religioso-materialistas, que ponen por encima de todo la existencia vegetativa, obviando que ésta no vale nada si no se vive con dignidad. La vida para el Odinismo no es un valor absoluto (un fin es sí misma), existen conceptos superiores a la existencia física que hacen que esta tenga sentido, o que bien no la tenga. No es la cantidad lo importante (“creced y multiplicaros”). Lo verdaderamente significativo es la calidad y el decoro con la que nos enfrentamos al reto que representa el drama vital. Nos es tremendamente incomprensible, y no podemos estar más en desacuerdo, con aquellas proclamas que colocan la vida (entendida como la capacidad para respirar) en la cúspide de los valores humanos. Existen fundamentos por encima de esa vida vegetal, que hacen precisamente que la misma tenga un sentido significativo. Uno puede matar y morir por la familia, el honor, la libertad, la patria, la dignidad, la justicia, la fidelidad y la camaradería; por grandes y sublimes principios, sin que ello suponga una postura despreciable y deleznable, sino la manifestación de una visión superior y heroica de la existencia. Jamás aceptaremos una estrecha concepción borreguil que rebaje al hombre a una mera concepción animalesca de corral: súbditos de un dios absoluto, dueño de cuerpos y almas.

El espacio familiar es una pieza indispensable  del entramado comunitario; dentro del cual goza de una importancia relevante a la hora de vertebrar y dar sentido a todo un colectivo humano-cultural. Es quizás Ahora, y desde una posición centrada en la modernidad, en donde aparece en escena una nueva dimensión del fenómeno individualista: “la familia autárquica”. Una concepción que no atiende a la familia en cuanto a expresión de la necesaria cohesión y organización comunitaria, sino como un ente aislado y autónomo de cualquier estructura supra-familiar. La doctrina del “individuo”, ya sea en su versión unipersonal o familiar, aborrece de todo lo que signifique bien común, o ligazón a estructuras más allá de lo privado o domestico. Deriva ideológica ésta de un judeo-cristianismo antropocéntrico, que erige al hombre en el “rey de la creación” (el único ser con derecho real a existir), desnaturalizándolo y apartándolo de su dimensión comunitaria, para arrojarle a la egolatría salvífica más radical. No nos debe extrañar por lo tanto, que los sumos apologistas de esta autentica “autarquía familiar” sean precisamente las jerarquías religiosas monoteístas, empeñadas en aislar al hombre (y la familia) de su ámbito social y cultural, para su adoctrinamiento en exclusiva dentro del regazo de los cenáculos de las religiones reveladas. De ahí sus continuos llamamientos a la desobediencia civil, y su repulsa no disimulada para con los superiores fundamentos comunitarios situados fuera de su influencia religiosa; tachándolos a todos como manifestaciones de un inequívoco “panteísmo estatal”. El monoteísmo (religioso-laico) nunca ha querido competidores, y nos lo demuestra cotidianamente en todas sus manifestaciones y comunicados. Así mismo, jamás ha entendido el tradicional principio heredado de nuestros antepasados que concilia lo doméstico con lo público; es decir la conformidad de la esfera privada con la pública, sin que la segunda anule la primera, pero también sin que la dimensión doméstica interfiera ni contradiga la dimensión cívica, el Imperium, la norma superior por la que se rige toda la comunidad. Esta conformidad entre lo público y lo privado dentro del Odinismo, se hace patente en los actos litúrgicos de nuestra confesión, en donde existen unos cultos comunitarios (ligados sobre todo a las grandes fiestas y acontecimiento anuales), y otros estrictamente familiares, de culto a los “lares” (genios) familiares, así como a los divinidades tutelares de cada familia. No existiendo, por ello, contradicciones ni antagonismos entre la esfera comunitaria y la particular.

ask emblaEl universo social es para nosotros un reflejo del universo divino. La familia Odinista es una plasmación de las familias divinas, las cuales marcan los atributos y funciones de la sociedad humana. Dentro de la mitología nórdica se distinguen dos familias de dioses claramente diferenciadas: los Ases (Aesir) y los Vanes (Vanir). Los primeros representan una concepción celeste, vertical, guerrera del panteón Odinista; mientras los segundos son la personificación de elementos telúrico-horizontales de origen posiblemente pre-indoeuropeo. Siguiendo las teorías del filólogo e historiador francés Georges Dumézil[5], la característica fundamental de los dioses indoeuropeos es que éstos parten de una división funcional tripartita: la función soberana, la función guerrera y la productiva. Cada dios o diosa están comprendido en una de estas tres funciones jerarquizadas (en ocasiones en varias a la vez), con las naturalezas típicas de cada una de ellas: así los dioses de la primera función serán dioses soberanos, padres y madres de otros dioses, jueces, sabios y sacerdotes; los de la segunda función eminentemente guerreros, dioses del valor y el combate; y los de la tercera dioses y diosas destinados a la reproducción, la magia, la fertilidad y la prosperidad. Únicamente dos dioses del panteón Odinista tienen la capacidad de englobar en su naturaleza las tres funciones referidas, dado que son divinidades con la atribución de manifestarse en los diferentes mundos de nuestro cosmos. Odín, el chaman, es el dios padre, soberano de la guerra y también mago. Freya participa con éste de similares atributos, ya que es madre sacerdotisa, diosa de la fertilidad y el amor, y a la vez guardiana de guerreros, puesto que comparte con Odín la mitad de los caídos en la batalla (los einherjar) para morar en su reino de Fólkvnangr. Nos situamos ante la visión dual de lo existente, en donde los polos femenino y masculino son parte de lo mismo, pero no son lo mismo; es decir dos realidades diferentes pero complementarias que se necesitan para explicar la armonía del cosmos.

De la correcta disposición de este orden jerárquico, depende no solo la avenencia del mundo de los dioses, sino también el de los humanos. Somos politeístas porque el mundo es también plural y diverso; por que caben varias interpretaciones de lo manifestado, y por que conviven la variedad de las cosas, de los hombres, las ideas y creencias en un mismo universo. Un dios único siempre querrá un pueblo único, con un único pensamiento y una sola ley de cumplimiento universal. La relación con nuestros dioses rompe las cadenas de la tiranía del monoteísmo, de la unicidad, con su total subordinación ante un dios omnipotente, incompresible y por lo tanto extraño para el hombre.

Odinist_wedding_at_the_community's_Temple_of_Gaut_in_Albacete (1)Los distintos dioses y diosas vinculan a los hombres con esa otra realidad superior, siendo imágenes vivas de una visión más amplia que se manifiesta en nuestra existencia vinculada al mundo sensible.

La familia es quizás uno de los principios capitales de nuestra confesión religiosa, ya que por ella circula toda nuestra común herencia ancestral; siendo fuente de valores y referente socio-cultural, capaz de articular y cohesionar el sistema de convivencia que nos han legado nuestros antepasados. El cuidado, así como el respeto debido a esta fundamental institución, es prioritario para nuestra confesión enmarcada en un contexto cultural, espiritual y social. La existencia y fortalecimiento de la familia Odinista supondrá la más firme garantía para asegurar nuestro futuro como pueblo, cultura y religión.

 ¡Hagamos honor a nuestra estirpe!

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[1] Podemos afirmar que el feminismo militante ha avivado o recreado el “machismo” como estereotipo misógino heredado de las ideologías orientales, y como afirmación ante la idea de los “opuestos antagónicos”, latente en la dogmática social contemporánea. La feminista moderna no odia tanto al hombre (erigido en paradigma de la supuesta opresión socio-sexual) como a la mujer femenina (madre y a gusto con su condición psicológica-sexual); autentica piedra de escándalo en donde se estrellan sus aspiraciones de revancha infinitas. Esta actual “lucha de sexos” no es más que la sustituta ocasional de la fracasada “lucha de clases”, relanzada por corrientes político-ideológicas embarcadas a toda costa en la busca de su supervivencia histórica y social: una versión secularizada de la ideología de la “salvación” inherente al monoteísmo judeocristiano.

[2] Betty Friedan  (1921-2006). Líder e ideóloga máxima del movimiento feminista estadounidense durante años 60 y 70. Al igual que los redentores Moisés, Jesús el Cristo, Pablo de Tarso, Karl Marx, Sigmund Freud, o la musa del ultaliberalismo neo-capitalista Ayn Rand…esta activista pertenecía también al pueblo elegido, cuna de los grandes mesías y salvadores que en el mundo han sido. Libertadores de pueblos oprimidos, de toda la humanidad y del individuo. Salvadores de “genero”, del proletariado, de los capitalistas y hasta del subconsciente. Cansados de esperar al Mesías que nuca llegaba, el pueblo judío se subrogó a sí mismo el papel Mesías colectivo, de ahí que representen hoy por hoy la minoría étnica-religiosa más influyente del planeta.

[3] “El matrimonio es allí (en Germania) muy respetado y no podría alabarse más otro aspecto de sus costumbres. En efecto, son casi los únicos bárbaros que se contentan con una sola mujer, excepto unos pocos, quienes, no por su ardor amoroso, se ven solicitados para muchas uniones por su condición de nobles”.

“…los adulterios son escasos; su castigo es inmediato…No hay ningún perdón para la honestidad corrompida…”.

“(las mujeres) Reciben un solo marido, a la par que un solo cuerpo y una sola vida, a fin de que no haya lugar para otros pensamientos ni para caprichos tardíos, y lo amen no como un marido, sino como al matrimonio”.

Germania. Cornelio Tácito

[4] “Limitar el número de hijos o matar a un agnado (hijo nacido después de haber hecho testamento el padre)  se considera un oprobio, y más fuerza tienen allí (en Germania) las buenas costumbres que en otros lugares las buenas leyes”.  Germania. Cornelio Tácito

[5] Nacido en París, el 4 de marzo de 1898, y falleció el 11 de octubre de 1986. Estudioso de las sociedades y religiones Indoeuropeas. Sus estudios se centraron en el desarrollo de la teoría trifuncional comprendidas en las mitologías de toda la familia indoeuropea desde la India hasta Roma. Entre sus trabajos cabe citar: Mito y epopeya; Los dioses de los indoeuropeos; Los dioses soberanos de los indoeuropeos, o Los dioses de los germanos: ensayo sobre la formación de la religión escandinava.