YULE Y LA CACERÍA SALVAJE

Macarena Muñoz Ramos
Macarena Muñoz Ramos

En el mundo occidental el mes de diciembre está marcado por una de las celebraciones más grandes del Cristianismo: el nacimiento de Jesús. Pero hace relativamente poco que las Navidades han acogido símbolos que se consideran ya tradicionales de estas fechas como la representación del barrigón vestido de rojo que deja regalos a los niños que se portan bien y el árbol tan simbólico que lo mismo puede ser un abeto o un pino, por ejemplo. Pero en las latitudes más al norte de Europa, donde el Cristianismo costó mucho de ser impuesto y asimilado, se conservan creencias que son más antiguas y arraigadas. 

Gracias a la globalización hoy conocemos al Krampus, ese ser peludo y con cornamenta que castiga a los niños que se han portado mal en regiones alemanas y en algunas otras de Europa Central.

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Quizás hemos escuchado o leído sobre la Befana, esa bruja amable que en Italia deja regalos a los niños el 6 de enero.

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O sobre el Padre Invierno ruso.

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Pero escasamente han llegado a nosotros el significado de Yule y de la Cacería Salvaje, que prevalecen desde el sur de Inglaterra hasta Noruega y Dinamarca. 

Antes de que Julio César en el año 46 d. C. creara el calendario juliano, que más tarde se convertiría en el cristiano donde se impuso el nacimiento de Jesús justo en el solsticio de invierno, todas las comunidades paganas celebraban estas fechas de manera parecida. Durante la noche más larga del año, aproximadamente el 21 de diciembre, la Diosa Madre daba a luz al niño Sol que crecería durante el invierno siguiendo los ciclos de la vida. Es la noche dedicada al misterio de la maternidad, dejando presentir esta gran experiencia del renacimiento del Sol saliendo del abismo del mundo, del seno maternal de todo ser. Por este renacer se apagan viejas luces y se encienden otras nuevas, a partir del tronco de Yule que arde desde el atardecer hasta el alba, a partir de la llama del hogar, rodeada por el clan, festejada por los más cercanos a las familias y se encienden también velas por aquellos que están lejos, sabiendo que dondequiera que estén una llama hermana responderá bajo el frío cielo.

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Yule es el nombre del festival pagano que iniciaba en el solsticio de invierno y tenía una duración de 12 días. Proviene del antiguo inglés Geöl, adjudicado a los antiguos anglo-sajones. En la antigua Noruega este festival recibió el nombre de Jöl, y Jul en Dinamarca y Suecia. Yule se celebra en la época más oscura del año, cuando las horas de luz diurna son escasas. Es por eso que las casas se adornaban con muchas velas y también con mucho verdor intentado atraer la sensación de vida con plantas ‘siempre vivas’ como acebo, hiedra y muérdago. Contrario a las creencias celtas, las comunidades nórdicas consideraban Yule como la festividad de fin de año. Oscura y tenebrosa, pero también la más propicia para que el vivos y muertos se reuniesen como uno, seguros en el conocimiento de que así como el Sol surge todos los años de la más grande oscuridad, así también habrá alguna vez renacimiento para los humanos.

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Siendo que Yule se festeja en la época más oscura del año, las fuerzas sobrenaturales tienen la facultad de cruzar hacia el mundo de los vivos y los espíritus de los muertos pueden volver con sus familias. Parte de las tradiciones contenían ofrecer un plato de comida a los espíritus vagabundos. Por ejemplo, el día de Yule se ponía un plato extra en la mesa familiar. Muchos de los muertos eran, de hecho, muy bienvenidos a la fiesta de Yule. Particularmente era importante dar a los fantasmas del hogar (duendes que había que tener contentos para que no cometieran travesuras) su comida, cerveza y, quizá, tabaco. Pero sobre todo, se creía que los muertos regresaban a visitar a su familia y sus viejas casas para ver que todo se estuviese haciendo debidamente. En muchas lugares en Noruega, las camas se reservaban para los espíritus mientras la familia viviente dormía en el suelo.

 

Durante el festival de Yule, cuando los muertos pueden acercarse al mundo de los vivos, se desata la Cacería Salvaje. Hasta principios del siglo XX en algunos lugares se seguía creyendo que el dios Odin comandaba a un grupo de sabuesos y una horda de no-muertos a través del cielo (Odin, acompañado de los fantasmas merodea por los cielos acompañado de viento furioso, truenos y relámpagos). De acuerdo con algunas fuentes, esta horda estaba formada por un grupo de reyes muertos, ladrones y asesinos. En épocas posteriores, por ejemplo en Suecia, Odin va tras la caza de una desnuda skogsra (sirena de los bosques) y una mujer troll a través de los bosques. En otras versiones, a raíz del Cristianismo, la Cacería Salvaje es simplemente el Diablo con una banda de espíritus malignos o almas de pecadores.

 

Sin embargo, hay otras tradiciones nórdicas y alemanas que cuentan que efectivamente el dios Wotan (Odin) cabalga en el cielo a lomos de su caballo de ocho patas Sleipnir, pero sin ninguna compañía. En tiempos antiguos, los niños dejaban sus botas fuera de casa y las llenaban de azúcar para alimentar a Sleipnir durante su trayecto. A cambio, Wotan podría dejarles un obsequio por su amabilidad. Tiempo después, como ya hemos visto, Sleipnir fue cambiado por un reno y el barbudo gris Wotan pasó a convertirse en Santa Claus.

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Esta tradición de los jinetes fantasmales acompañados de sabuesos del infierno y almas atormentadas que remueven el cielo siguiendo al Hombre Cornudo (el líder de la Cacería Salvaje es un hombre que porta cuernos de ciervo o de carnero aunque en otras historias no tiene cabeza) es una historia que se comparte en un pasado colectivo. Los folcloristas lo explican como el miedo que provocaban las tormentas. Las tradiciones varían un poco pero los detalles son casi iguales: el Cazador de la Luna va acompañado de una horda estentórea de hadas, almas perdidas, sabuesos del infierno y cazadores montados en caballos negros con espuelas brillantes y ojos rojos que cruzan el cielo invernal. Quien es atrapado por esta horda jamás vive para contarlo, porque se ve forzado a integrarse a la cacería o de lo contrario se vuelve loco.  Un aspecto de la leyenda de la Cacería Salvaje que se repite en todas las tradiciones es precisamente que contemplarla trae mala suerte o inclusive la muerte. Por eso, se cierran a cal y canto las puertas en las noches en que la Cacería Salvaje cabalga. De lo contrario, aquel que se la encuentre puede ser forzado a integrarse a ella.

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En Gales, al sur de Inglaterra, el Cazador es conocido como Gwynn Ap Nudd, quien sirve como Señor de los Muertos en el reino de las hadas. Como líder de la Cacería Salvaje, él conduce el Cwn Annwn o los Sabuesos del Inframundo (popularmente llamados los Hellhounds). Estos perros son blancos con las orejas rojas y acompañan a Gwynn en la búsqueda de las almas de los recientemente fallecidos. Estos sabuesos espectrales se conocen en el norte como Gabriel Hounds. En Lancanshire son descritos como monstruosos con cabezas humanas y anuncian muerte y mala fortuna. En Devon son conocidos como Yeath, Heath o Sabuesos Wisht. Caballos y perros siempre aparecen en la Cacería. Los animales son generalmente negros, blancos y grises. Los caballos parecen normales aunque con los ojos de fuego y de sus hocicos y narices brota fuego. Algunos tienen una pata de menos o tienen extras, como el caballo de Odin. En Alemania, los caballos, junto con los perros y los jinetes, también pueden aparecer sin cabeza como indicativo de que no son de este mundo. En Norteamérica, la Cacería Salvaje llegó a través de los inmigrantes del norte de Europa en la forma de los Ghost Riders, que se convirtió en una leyenda vaquera: se trata de una banda de vaqueros maldecidos que siempre trata de atrapar al Diablo a través de los cielos sin fin.

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